3.12.10

Adiós a Ramón Mérica

Hoy falleció Ramón Mérica, un brillante periodista que nació en Salto en fecha imprecisa y que fue un referente para muchos y una influencia muy importante en lo que a mí respecta.
Mi tristeza tiene un único consuelo. En el prólogo de Crónicas de sangre, sudor y lágrimas, el libro que publiqué hace un año, dediqué la introducción a agradecerle todo lo que me inspiró y le debo. 
Vuelvo a publicar ahora ese pasaje de Crónicas en su honor y memoria. 


No recuerdo con exactitud cuántos años tenía. El libro se publicó en 1976, pero quizás lo leí dos o tres años después, siendo un adolescente, una tarde en la casa de la calle Ferrari. Se lo había regalado mi madre a mi padre.
Ramón Mérica, Agonistas y protagonistasLa tapa no decía el título de la obra y solo exhibía una foto en blanco y negro, algo azulada, de un viejo aparato grabador, un modelo gigante propio de los años 70, con un cassette Philips dentro. El título solo se indicaba en el lomo y no decía mucho: Agonistas y protagonistas. Era una recopilación de doce entrevistas realizadas por el periodista Ramón Mérica, todas publicadas en el suplemento de los domingos del diario El País. En ese entonces yo no conocía a Mérica.
Un día, hojeando aquel libro, descubrí que entre los entrevistados estaba la persona a quien más admiraba en el mundo: Fernando Morena, el Nando, el Potrillo, el goleador de Peñarol.
Empecé por la página 95. El impacto que me provocó aquella entrevista fue enorme. A pesar de que acostumbraba a leer el diario, en especial las páginas de deportes, nunca había visto nada igual. Lo que estaba leyendo iba más allá de todas mis anteriores lecturas periodísticas. No se parecía en nada a cualquier entrevista que hubiera conocido: Mérica se introducía en la casa de Morena, en su dormitorio, describía los posters colgados en las paredes, hablaba con su madre, contaba cómo había sido el parto del Potrillo, charlaba con su padre, con los vecinos, lo despertaba, lo subía a un Fitito, lo llevaba a la playa, lo hacía hablar de Peñarol, de Nacional, de política, de mujeres, de su madre, de cine, de sexo, de dinero. Había toneladas de información y todo eso se leía como si fuera un cuento. Era periodismo y literatura juntos, al mismo tiempo.
Había otra cosa muy impactante. Mérica lo explicaba al comienzo del artículo:

De haber salido de mi casa apenas un minuto antes, la mañana en que iba a encontrarme con Fernando Morena, esta nota hubiera sido completamente diferente. Porque fue justo en el momento de salir, y con la mano ya puesta sobre el botón para apagar la radio, que un informativista lamentó: ‘El deporte uruguayo, y particularmente el fútbol, está de duelo: acaba de fallecer el otrora ídolo nacionalófilo Atilio García…’

Ramón Mérica, periodista uruguayoMérica había tomado aquella coincidencia como una clave a seguir en su trabajo. Por eso, además de Morena, también entrevistó a la viuda de Atilio García. Y luego intercaló en el mismo artículo el resultado de las dos conversaciones. Había una proeza técnica: uno pasaba de un relato al otro sin perder nunca el hilo de la historia. Pero no era solo un alarde de virtuosismo; había allí un logro informativo de primer orden: al combinar las entrevistas, Mérica lograba explicarnos cómo había ido cambiando el mundo del fútbol desde los tiempos de Atilio García a los de Morena, el primer futbolista uruguayo que fue tasado en un millón de dólares. Y no solo eso. La combinación de las historias del recién fallecido Atilio García y el esplendor de un jovencísimo Nando Morena era también una reflexión sobre el paso del tiempo (“el Tiempo”, según Mérica lo nombra en el prólogo del libro), sobre lo efímero de la juventud, el inevitable ciclo de la vida y el ocaso de toda gloria. Todo eso gratis junto con la mayor cantidad de información que yo hubiera leído u oído jamás sobre aquel goleador que alegraba cada uno de mis fines de semana.
No sé si todo eso lo racionalicé la primera vez que leí aquella maravillosa entrevista, o luego, con los años, las decenas de veces volví a leer esas páginas memorables y a usarlas para intentar despertar  la imaginación y la pasión de los estudiantes de periodismo.
Pero sí sé que aquella lectura me marcó para siempre. De un modo, supongo que al principio inconsciente, comprendí que el periodismo podía volar alto, mucho más alto que lo habitual.
Por supuesto, luego leí muchos otros reportajes, crónicas, entrevistas que me maravillaron, empezando por la recopilación que realiza el genial cronista estadounidense Tom Wolfe en El nuevo periodismo. Pero la entrevista de Mérica a Morena fue la primera y el descubrimiento de un mundo. En todos estos años he hecho el esfuerzo por tratar de estar a la altura de esas grandes páginas. (...)
En Uruguay ya no abundan los dueños o directores de medios dispuestos a financiar el buen periodismo, las semanas de investigación y las muchas horas de fina artesanía que conlleva un trabajo periodístico realizado en profundidad, con rigor y amor por la palabra escrita. Es un proceso que comenzó hace diez o 15 años y no ha dejado de agravarse día a día. Hoy la norma es llenar los espacios de la manera más económica posible, la calidad del producto que se le ofrece al público no importa. Los resultados están a la vista.
Quienes así conciben a los medios de prensa se justifican señalando que el público no reclama calidad. Es un argumento cínico, una verdad a medias, que oculta la enorme responsabilidad que tienen estos empresarios y muchos comunicadores en el progresivo empobrecimiento de los medios y, a través de ellos, de la sociedad toda. Porque lo que no dicen es que la oferta también condiciona a la demanda. Si al lector solo se le da basura, si en el informativo de televisión solo aparecen rapiñas y choques, si los buenos periodistas son desplazados por algún gracioso y una legión de pseudo graciosos, si la mayor apuesta para conquistar al público es mostrar sangre a las ocho y culos a las diez, si en la radio solo se roban las noticias de los diarios y si en los diarios nunca se investiga nada, la gente termina por acostumbrarse. El público no puede reclamar lo que no conoce. Nadie reclamó nunca la aparición de los Beatles, ni la de Picasso, ni que alguien escribiera A sangre fría. Es imposible pedir lo que jamás se intuyó siquiera. Por eso hoy nadie exige encontrar en la prensa uruguaya un trabajo como aquella entrevista memorable de Mérica. Después de años y años de degradación de la calidad, en Uruguay ya nadie recuerda que la información, la profundidad y la calidad literaria pueden darse la mano en el periodismo. Encontrar hoy en un medio de prensa uruguayo un trabajo como aquel reportaje a Fernando Morena es una rareza extrema, por no decir un imposible.

Parte de la introducción del libro Crónicas de sangre, sudor y lágrimas, reeditado luego, ampliado, como Un mundo sin Gloria.
Vale la pena leer también la crónica De cómo Ramón perdió los nombres, escrita por el periodista Gabriel Sosa, publicada en 2009 en la revista Bla y reproducida hoy en Cursos para/lelos: http://www.cursosparalelos.com/2010/12/de-como-ramon-perdio-los-nombres.html
el.informante.blog@gmail.com

27.11.10

Uruguaysito: el nombre raro que faltaba

Tengo una especialidad: los nombres raros de los uruguayos. En la revista Tres hice varios artículos y uno de ellos forma parte del libro Historias uruguayas. Luego publiqué otro para el suplemento Radar del diario argentino Página 12, que se puede leer en este blog. Y, más recientemente, la revista peruana Etiqueta Negra me encargó una crónica sobre los uruguayos que se llaman Hitler, que también integra el libro Crónicas de sangre, sudor y lágrimas.
Supongo que es por eso que, desde hace años, amigos y también desconocidos me envían recortes, fotos, fotocopias y direcciones de internet que en forma invariable siempre contienen un nuevo nombre disparatado de algún compatriota.
Con el tiempo, esto se ha transformado en algo parecido a una obsesión. Tengo dos enormes carpetas llenas de documentos que atestiguan la existencia de los más improbables orientales. Hay recortes de prensa, fotos de cédulas, fotocopias de partidas de nacimiento, avisos judiciales, fúnebres y listas de goleadores de baby fútbol.
La tarea nunca se agota. Hace dos días Marcel me pasó un link que demuestra la existencia de un compatriota contemporáneo bautizado de forma por demás original.
Lo admito: éste, Uruguaysito, me faltaba:
 




 
 
 
 
 
 
 
 
El artículo sobre nombres raros uruguayos publicado en Página 12 puede leerse aquí

26.11.10

Tarigo: "Alguien tenía que pegar cuatro tiros. Irnos callados, como se fueron en el 73, no"


Tarigo, democracia, UruguayEnrique Tarigo fue un verdadero héroe democrático por su rol decisivo en el triunfo del NO en el plebiscito de 1980. Ya retirado de la vida política, lo entrevisté cuando se cumplieron 20 años de aquel momento histórico. Una década después, lo que sigue es un fragmento de aquella entrevista:



-¿Cómo ve a Uruguay 20 años después del plebiscito de 1980?

-Veinte años después usted ve un país democrático funcionando, con las dificultades y los problemas inherentes a la vida colectiva. No fueron 20 años de maravilla, pero fueron 20 años de absoluta libertad, de democracia. No hay nadie que haya sido preso injustamente, castigado, torturado o destituido arbitrariamente.

-¿Cuál es la principal cosa que todavía no se logró en estos 20 años?

-Falta cultura democrática. Aprender a gobernar no es sencillo, comprender que hay cosas que no se hacen no porque los gobiernos sean malvados, sino porque son difíciles de hacer.

-Usted, al asumir como vicepresidente, dijo que se había comprado un revólver que guardaba en un cajón por si en algún momento tenía que defender la democracia. ¿Existía el riesgo real de un nuevo golpe?

-Había que decirlo. Habíamos conquistado algo y no estábamos dispuestos a perderlo porque sí. Alguien tenía que pararse un poco y decir que si volvían a insistir íbamos a pelear. Que no fuera tan fácil entrar al Parlamento y avasallarlo, que todos los diputados y senadores hagan su discurso y media hora antes de que lleguen los tanques se vayan para la casa. Alguien tenía que quedarse a enfrentarlos si volvía a pasar. Alguien que pegue cuatro tiros, aunque después le peguen 25. Irnos callados, como se fueron en el 73, no. El 1 de marzo de 1985 yo no estaba seguro de si duraríamos cinco años. Cualquier cosa que hiciéramos podía molestar a los militares. E hicimos muchas. La primera fue la Ley de Amnistía, el 8 de marzo. Ocho días después de instalado el gobierno democrático, amnistiar a todos los tupamaros presos era un desafío, una mojada de oreja. No sabíamos cómo podían reaccionar los militares.







Fragmento de una entrevista de Leonardo Habekorn a Enrique Tarigo (1927-2002), publicada en el suplemento Qué Pasa del diario El País, el 25 de noviembre de 2000.

16.11.10

Cuarenta años en el desierto celeste

Uruguay versus Ghana en Sudáfrica 2010. Luis SúarezMi primer recuerdo de la selección es la semifinal contra Brasil en México ’70. Cuando Uruguay abrió el tanteador en aquel partido, los vecinos irrumpieron en mi casa a los gritos. Los recuerdo riendo, eufóricos, abrazándose con mis padres. Yo tenía seis años y al parecer Uruguay iba rumbo a ser campeón del mundo. Al final, perdimos 3 a 1.
También tengo en la memoria el partido por el tercer puesto contra Alemania, las diez veces que Uruguay estuvo a punto de hacer un gol y la derrota final por 1 a 0. Esa vez los vecinos no vinieron y no hubo fiesta para celebrar que salimos cuartos. Incluso los jugadores de la selección renegaron de lo conseguido: “Éramos así, si no salíamos campeones no significaba nada”, explicó muchos años después Ildo Maneiro (1). Aquel honroso cuarto lugar fue asumido con una vergonzosa derrota.
Para Alemania 74 la mentalidad del todo o nada seguía vigente. Y yo, que tenía diez años, me ilusioné con el todo. Si la selección tan criticada de México 70 había logrado salir cuarta, no sería tan difícil ser campeón. Ahora, además, teníamos a Fernando Morena.
A esa edad yo desconocía los pormenores. El DT que había clasificado a Uruguay al Mundial, Hugo Bagnulo, había sido cambiado por otro, Roberto Porta, muy promovido por un grupo de periodistas. La selección también había sido modificada en forma radical bajo presión de los mismos cronistas deportivos.
Yo desconocía todos esos tejes y manejes, y me senté ilusionado frente al televisor blanco y negro. El baile que nos dio Holanda fue un golpe terrible. Si no hubiera sido por Mazurkiewicz aquel 2 a 0 hubiera sido una goleada catastrófica.
El segundo partido, contra Bulgaria, lo vi en lo de Igal, un compañero de la escuela, de Peñarol como yo. Alucinábamos esperando un gol de Morena. Lo hizo, pero el juez lo anuló. Empatamos 1 a 1. El tercer partido lo vi otra vez en casa. Suecia nos encajó un terrible 3 a 0 y chau mundial.
La decepción fue grande. Años después leería las siguientes declaraciones de Juan Masnik, integrante de aquella selección: “Faltando un mes para el mundial ese plantel fue destrozado. Al nuevo equipo lo hicieron los periodistas. Entró una confusión total por un lado y por otro un clima de confianza desmedida. Se realizó un operativo repatriación de jugadores sin ton ni son (…) Yo quedé injertado en una defensa fabricada de apuro (…) ¿Cómo podíamos rendir, cómo podíamos entendernos? ¡Si casi ni practicamos juntos! (…) A Morena, jugando arriba, le pasó algo parecido” (2).
El consuelo era saber que tendríamos revancha en la siguiente Copa del Mundo, que se jugaría en Argentina, donde seríamos casi locales. Fue entonces -tenía 14 años-, cuando me tocó descubrir que existía algo peor que quedar eliminado en la primera fase de un mundial. Porque ni siquiera logramos clasificar a pesar de que nos tocó disputar un cupo con Bolivia y Venezuela, que en aquellos años era mucho más débil que hoy. La clave estuvo en el partido en Caracas, que escuché desconsolado en una radio a transistores: nosotros apenas empatamos; en cambio Bolivia ganó. Ante el fracaso, el periodista más escuchado, Víctor Hugo Morales, desató una desmesurada campaña contra mi admirado Morena, responsabilizándolo de todo el fracaso, como si hubiera jugado él solo.
En aquel momento yo era solo un niño y no entendía que aquel ensañamiento de Morales, su crítica furibunda y tan tajante, era funcional a una dictadura que tenía prohibido hablar de todo, menos de eso. Hoy sí. Aquel era el circo que necesitaba el régimen. Meses después Víctor Hugo viajó a Buenos Aires a relatar el mundial ‘78 y se deshizo en elogios a los militares que organizaron esa copa manchada de sangre (3).
De la eliminatoria para España ’82 recuerdo el partido contra Perú en el Centenario. Faltando una hora para que empezara, mi madre me preguntó si quería ir.
Llegamos corriendo y con el partido a punto de comenzar. Las entradas estaban agotadas y las compramos a precio de oro a un revendedor. El estadio estaba repleto y solo conseguimos sentarnos en lo más alto de la Amsterdam. Desde allí vimos muy bien el baile que nos dio aquel equipo de Velásquez, Chumpitaz, Uribe y Oblitas. Tendrían que habernos ganado 2 a 0, pero faltando poco Victorino acomodó una pelota con la mano e hizo el gol uruguayo, que el árbitro tuvo la deferencia de validar. No se puede decir que fuera el gol de la honra. Esta vez no estaba Morena para echarle la culpa. Afuera de otro mundial.
Volvimos a la Copa del Mundo en México ’86 con la conducción de Omar Bienvenido Borrás, el primer director técnico que odié con toda el alma.
Estuve en el Centenario cuando clasificamos, en el partido decisivo contra Chile, cuando Venancio Ramos tomó un limón que alguien había tirado al campo de juego y lo estrelló contra la pelota cuando el chileno Aravena –que le pegaba con un cañón- remataba un tiro libre peligrosísimo en el final del partido. Si era gol, Chile iba a la Copa del Mundo. El limonazo movió la pelota y Aravena falló el remate. Así llegamos a México.
No teníamos mal cuadro –en la selección estaban Francescoli, el Polilla Da Silva, Alzamendi, Ruben Paz, Darío Pereira, Venancio y Zalazar- y otra vez nació la expectativa. El problema era Borrás. En la defensa, contra la opinión del Uruguay entero, se negaba a incluir a Darío Pereira, un crack con mayúsculas que triunfaba a tal punto en Brasil que allí querían nacionalizarlo. En su lugar, Borrás insistía en colocar a Eduardo Acevedo. Su otra infamia era dejar en el banco de suplentes a Ruben Paz, talentoso y goleador como pocos.
A pesar de que la selección ya llevaba más de una década de fracasos, yo seguía hinchando con pasión y no le perdonaba a Borrás su tozudez y negligencia.
El debut contra Alemania lo vi en lo de Felipe. Pusimos el televisor sin voz y a Kesman en la radio. Iban apenas cuatro minutos cuando un defensa alemán se equivocó y pasó mal la pelota. Alzamendi la tomó, pateó y la metió alta, junto al travesaño. Un golazo.
Poco después, Francescoli –que ya era una luminaria súper promocionada- enfiló solo contra el arco alemán, sin obstáculos a la vista, con el gol prácticamente hecho. Felipe y yo nos paramos a festejar. Justo entonces la imagen del televisor quedó congelada: Francescoli con la pelota dominada rumbo al gol. Por suerte estaba prendida la radio. Cuando el vozarrón de Kesman gritó goooool, nos abrazamos. Fueron unos segundos de felicidad. Pero luego volvió la imagen al televisor y el partido seguía 1 a 0, el gol no había sido. Había errado Enzo y había errado Kesman, los dos en forma inexplicable. En el resto del partido, no cruzamos casi la mitad de la cancha, defendiéndonos siempre. Ruben Paz no salió del banco de suplentes. Alemania nos empató faltando cinco minutos para el final.
En el segundo partido descubrí algo importante: había algo peor que no participar de la Copa del Mundo. Peor era estar allí y pasar vergüenza ante todo el planeta. Quedó claro cuando Dinamarca nos encajó un 6 a 1 histórico. En este partido Kesman se dio el gusto de relatar un gol verdadero de Francescoli, gracias a un penal inventado por el juez.
Para el tercer partido contra Escocia, yo no podía creer que Borrás mantuviera a Acevedo e insistiera en no poner a Ruben Paz. De camino al centro, en ómnibus, recuerdo pasar frente a la casa del técnico en Punta Gorda y mirarla con desconsuelo, como buscando en ella una pista que me permitiera entender por qué ese hombre se ensañaba tanto. Tiempo después, en el libro La crónica celeste de Luis Prats, leí que en aquellos días aciagos alguien entró en el hogar del técnico y destruyó su biblioteca. Juro que no fui yo.
El enfrentamiento con los escoceses marcó un nuevo hito celeste: José Batista fue echado a los 38 segundos por el árbitro francés Quiniou, debido a una patada que pegó en el mediocampo. Esa expulsión dio pié para que los periodistas deportivos abonaran su peregrina tesis de que en la FIFA hay un complot contra nosotros, argumento que hasta hoy perdura. Defendiéndonos los 89 minutos y 22 segundos restantes logramos empatar cero a cero y pasar a la segunda fase del mundial como uno de los “mejores terceros”. Sin duda no lo merecíamos, pero allí estábamos, en octavos de final contra la Argentina de Maradona.
Borrás, temeroso ante los rivales y ciego ante todas las evidencias, mantuvo a Acevedo en el equipo y a Ruben Paz en el banco. Yo pasaba en el ómnibus frente a su casa y tenía que contenerme para no bajar y prenderla fuego. (Repito: ¡yo no destruí la biblioteca!).
Fue, sin duda, un verdadero clásico. Recién en el minuto 41 Argentina pudo hacer el primer y único gol gracias a un notable “pase” que Acevedo le hizo al argentino Pasculli en el borde del área. No exagero, pueden verlo en Youtube. Faltando diez minutos para el final, cuando ya era mejor que no lo hiciera, Borrás claudicó: sacó a Acevedo y por primera vez en la Copa hizo entrar a Ruben Paz.
Ver esos últimos diez minutos fue lo peor de todo. Paz apilaba a los argentinos como postes, empequeñeciendo la figura de Maradona. El empate estuvo al caer y no llegó solo por falta de tiempo. Quedamos afuera de otro Mundial, con la terrible sensación de que todo pudo haber sido diferente.
Años después el célebre periodista argentino Juvenal escribió: “en los últimos diez minutos, cuando el técnico Omar Borrás se resolvió a poner a un gran jugador que mantenía hasta entonces escondido, Ruben Paz, casi se nos viene la noche” (4).
A Italia ’90 clasificamos gracias a un Ruben Sosa brillante en las eliminatorias. Teníamos un cuadrazo aún mejor que el de México ’86: Sosita, ahora sí Ruben Paz, otra vez Francescoli, Alzamendi, el Pato Aguilera, Sergio Martínez, Fonseca, todos integrantes del jet set futbolístico mundial. Pablo Bengoechea era suplente. En una gira de preparación empatamos 3 a 3 contra Alemania en Stuttgard, en un partido en el cual Ruben Pereira se mandó una doble pisada girando sobre la pelota que dejó al mundo con la boca abierta, y le ganamos 2 a 1 a Inglaterra en Wembley. Todos confiábamos mucho en nuestro nuevo DT, Oscar Tabárez. Ahora sí jugaban los mejores.
Yo ya era periodista. Trabajaba en la agencia Reuters, como corresponsal suplente en Montevideo. Se me había encomendado ver los partidos en la oficina y luego enviar al mundo un despacho con las repercusiones. Los festejos populares, por ejemplo.
Vi los cuatro juegos de Uruguay en ese Mundial, solo, en un apartamento de la calle Florida, rodeado de teletipos. En el debut actuamos en forma notable y avasallamos a los españoles, pero no pudimos hacer un gol. Tuvimos la gran oportunidad en un penal, pero Ruben Sosa lo tiró muy alto, afuera. No envié ningún cable porque no hubo festejos.
Con la esperanza intacta me senté a ver el segundo partido, contra Bélgica. Pero no jugamos ni la décima parte del encuentro anterior. Hace poco reviví en Youtube una escena de ese partido. Vamos perdiendo 2 a 0, pero los belgas juegan con diez porque ha sido expulsado Gerets. Ataca Uruguay. Medio a los tropezones la pelota llega al borde del área belga y le queda servida a Aguilera, quien en forma inexplicable patea un tirito muy débil e inofensivo. El golero belga ataja con facilidad y, con la mano, la da la pelota a un compañero, en el costado del campo de juego, cerca aún de su portería. El belga corre con el balón y elude al primer uruguayo que sale a marcarlo; luego, a la carrera, esquiva a otro y cruza la mitad de la cancha; un tercer uruguayo va a enfrentarlo, pero el belga lo deja parado como un poste; finalmente cruza la pelota al medio, donde un grandote llamado Ceulemans recibe el balón libre de todo obstáculo, corre unos metros sin oposición, patea y anota el tercero. Perdimos 3 a 1 gracias al gol de la honra que luego hizo Bengoechea. No envié ningún cable, porque no hubo festejos.
Comencé a dudar de esa selección a la que había apoyado tanto. Se publicaron en los diarios fotos que mostraban al contratista Paco Casal sentado en el banco de suplentes de Uruguay. ¿Con qué derecho? ¿Eso era una selección uruguaya o un tinglado montado para vender jugadores? ¿Tenía eso algo que ver con la poca convicción del equipo?
El tercer partido contra Corea del Sur fue terrible y solo se definió en el último segundo, con un gol de Fonseca en offside. Increíblemente, hubo festejos por 18 de Julio porque con ese triunfo Uruguay pasó a octavos de final, y yo tuve que escribir el tan postergado cable de repercusiones. Sentí que era deshonroso celebrar tan poca cosa.
Por desgracia, los octavos de final me dieron la razón: Italia nos venció por 2 a 0 sin que nosotros atacáramos una sola vez en todo el partido, sin que cruzáramos siquiera la mitad de la cancha, una de las exhibiciones más tristes y miedosas de cualquier selección en toda la historia de los mundiales.
Eso sí: cuando terminó el partido, el presidente de Juventus fue al vestuario uruguayo para charlar con Paco (5).
Tiempo después, el corresponsal titular de Reuters participó de una entrevista colectiva con Tabárez y pudo preguntarle qué había pasado con aquella selección de cracks que había empezado prometiendo un gran mundial y lo había terminado dando pena. El técnico respondió que el penal errado contra España había demolido psicológicamente a sus jugadores. Muchos periodistas deportivos, en cambio, tenían otra opinión: la selección de Tabárez había fracasado porque no pegaba patadas, se habían olvidado de la garra charrúa. Había que volver a las raíces, y si te echaban a los 38 segundos mala suerte.
¿Y la presencia de Casal en el banco de suplentes? Se lo pregunté mil veces a Bengoechea cuando escribí su biografía. Eso no tuvo ninguna importancia, me respondió siempre. Pero a partir de allí todo fue barranca abajo.
A Estados Unidos ‘94 no clasificamos, en una eliminatoria signada por el divorcio entre el técnico Cubilla y los “repatriados”, los futbolistas más renombrados, los que jugaban en el extranjero y eran representados por un Casal cada vez más poderoso.
En la Eliminatoria para Francia ’98 tuvimos tres técnicos (Héctor Núñez, Ahuntchain y Roque Máspoli). La selección terminó séptima entre nueve y otra vez quedamos afuera. Atesoro en mi archivo dos joyas de este período. La primera es una foto de Francescoli, el técnico Ahuntchain y otros dos seleccionados posando en una publicidad de un cementerio privado. La otra es la primera plana de un diario donde el Pichón Núñez, sufrido DT oriental, dice cuánto está dispuesto a dar por la Celeste: “Si me tengo que agrandar el esfínter para que la Selección gane, lo hago” (6).
Lamentablemente, no fue suficiente.
Pichón Núñez dispuesto a todo por la selección uruguaya















Disputamos la clasificación de la Copa del Mundo 2002 con una selección tercerizada. Gran parte del sueldo del técnico argentino Daniel Passarella lo pagaba la empresa Tenfield. Los jugadores discutían los premios con Paco y no con el presidente de la AUF. Los viáticos los repartía un funcionario de Tenfield que terminó en prisión. Dos de los pocos periodistas deportivos que no trabajaban a sueldo de la empresa fueron obligados a bajarse del charter de la selección. La decadencia era generalizada. Paolo Montero, el capitán, dijo en una entrevista: “En el fútbol robar no es pecado”. Eso explica que se consiguiera llegar al repechaje gracias un empate arreglado con la selección argentina, que fue despedida con aplausos en el aeropuerto (7). En cambio, cuando la selección de Australia llegó para jugar ese partido definitorio fue recibida en Carrasco por una patota que los escupió y les pegó. Yo sentí una infinita vergüenza, pero Darío Silva, integrante de esa selección, felicitó a los mafiosos. “Estuvieron bárbaro”, dijo (8). Cuando la Celeste tercerizada le ganó 1 a 0 a los australianos y por fin clasificó, alguien puso en el tablero electrónico del Centenario: “Gracias Paco”. Del mundial no puedo decir nada. Los partidos eran de madrugada y preferí seguir durmiendo.
En la eliminatoria 2006 fue todo más o menos como la del 2002, solo que esta vez los australianos ya nos conocían y nos dejaron afuera de la Copa. Asumí la noticia como un zombi del fútbol, anestesiado ante tanto espanto acumulado. No se trata de perder, porque todos los hinchas del mundo toleramos bien la derrota. Era mucho más que eso: muchos años de macanas, mentiras, promesas incumplidas, derrumbes psicológicos, operaciones de prensa, campeones de pacotilla, mucho miedo a perder y una corrupción cada día más evidente y escandalosa. Ese cóctel me había dejado insensible. Quería ser hincha como antes, pero ya no podía.
Enfermo de escepticismo agudo –y preguntándome si no sería crónico- comencé a ver a nuestra selección en Sudáfrica 2010. Cuando terminó el partido contra Francia pensé: otra vez, más de lo mismo.
Pero los tres goles contra Sudáfrica y el triunfo contra México aflojaron algo de parálisis emocional celeste. Se había triunfado en dos partidos seguidos, jugado sin miedo, con buenos goles, sin pegar patadas y sin protestarle al juez. Era evidente, además, que los dos cracks de esta selección –Forlán y Suárez- estaban jugando a la altura de sus antecedentes y más todavía. ¡Cuántos años hubo que esperar para eso!
El 2 a 1 contra los coreanos fue especial. Esta vez la victoria también fue dramática y sufrida hasta el último segundo, pero no trucha como la de 1990. El segundo gol de Suárez, además, fue un verdadero golazo. Había que pellizcarse, pero estábamos dando espectáculo. Puse la banderita en el auto.
El partido contra Ghana fue el guión que Hollywood necesitaba para hacer una película épica sobre fútbol. Sufrí cuando los ghaneses dominaban el partido, aplaudí el golazo de Forlán, sentí bronca cuando el juez inventó el último tiro libre, admiración por el esfuerzo desesperado de Suárez por evitar el segundo gol africano y desazón porque íbamos a perder de esa manera, con un penal injusto en el último segundo.
Estaba mirando el partido con mi esposa y mi hija. Mi mujer no quiso ver y se fue, llorando. Mi hija tampoco se quedó. Mientras Asamoah Gyan se preparaba para rematar, ella se encerró en su cuarto.
Quedé solo frente al televisor. La historia había desaparecido. Ya no estaban allí los fantasmas de Borrás, Francescoli, Cubilla, Recoba, Paolo Montero, por suerte no quedaba nada de ellos. Tampoco Paco, por ventura alejado de esta selección (ahora sí: gracias Paco). Solo estaban el ghanés, el golero uruguayo y el mundo entero pendiente del desenlace. Me di cuenta que, en 40 años, nunca había visto una selección uruguaya tan conmovedora, tan consciente de sus limitaciones, pero a la vez tan sacrificada, honesta y valiente. Ninguna otra en ese lapso había honrado así a ese deporte maravilloso que es el fútbol. No merecían perder. Miré fijo la pantalla y cuando la pelota se reventó contra el travesaño, salté, corrí, grité: ¡¡Lo erró!!! ¡¡¡Lo erró!!!
Estaba curado. El hincha había vuelto. Por fin. Forlán, Suárez, Egidio, el Ruso Pérez y los demás, con Tabárez, me habían sacado de encima una carga de 40 años.
Gracias. Muchas gracias.
Lo que vino después, aún con derrotas, jugando grandes partidos contra los mejores equipos del mundo y haciendo golazos, que grité y volvería a gritar, solo hizo más notable la tarea cumplida.
Es mentira lo que han repetido mil veces -y aún repiten- muchos periodistas deportivos: que solo los ganadores dejan su huella en la historia. Ignorantes, no saben de Van Gogh, ni de Wilson ni de Kennedy Toole. No conocen la historia de Artigas. Ni siquiera a la Naranja Mecánica de Cruyff.
La vida nunca es blanco o negro, todo o nada.
Y esa lección, la más importante, también la enseñaron estos muchachos.


(1) El Mundialazo del 70, reportaje de la periodista Magdalena Herrera, en El País, 28 de mayo de 2006.
(2) Juan Masnik, el Chueco de Oro. El Diario, 30 de agosto de 1978, citado en el libro Reyes, príncipes y escuderos, tomo 2, de Franklin Morales (Ediciones de la Plaza, 2006).
(3) Ver: Argentina 78 por VHM
(4) Juvenal, Fútbol en el alma (1997), citado por Franklin Morales en Reyes, príncipes y escuderos.
(5) Lo contó el propio Casal en el programa Verano caliente, en radio Carve, entrevistado por Mario Bardanca en enero de 1992. Citado en el libro Yo, Paco, del propio Bardanca (Editorial Sudamericana, 2007).
(6) La República, 20 de marzo de 1995.
(7) Yo, Paco, de Mario Bardanca (Editorial Sudamericana, 2007). Sobre este libro, ver esta nota.
(8) El Observador, 26 de noviembre de 2001.


Historias uruguayas, Leonardo Haberkorn
Reportaje de Leonardo Haberkorn incluido en el libro Historias uruguayas.
Fue publicado también en la edición de agosto de 2010 de la revista Bla.

Argentina '78 por Víctor Hugo Morales

Relato Oculto. Víctor Hugo Morales
I
“Este mundial no me lo saca nadie. Después, si quieren, que me quiten lo bailado. Que no será poco, confundido entre los tangos y las luces de una Buenos Aires más coqueta, más cordial y más del mundo (…) Qué bien que luce Buenos Aires desde arriba… ¿vió?”
Víctor Hugo Morales, Mundocolor, 30 de mayo de 1978.

II
“El Mundial de Argentina fue una experiencia formidable. Se organizó prescindiendo de los dirigentes de los clubes, con la exclusiva conducción de gente que solo pensaba en el deporte del país y no en las minúsculas rencillas que también caracterizaron siempre el panorama futbolístico del vecino país. Desde la soberbia fiesta de inauguración, hasta el último minuto que duró el torneo, estuve asombrado por el despliegue inteligente,

unificado, fervoroso, de los argentinos en torno al evento. Para mí quedaba demostrado una vez más que no existían los imposibles en el fútbol cuando se tiene una conducción capaz y desinteresada”.
Víctor Hugo Morales. El Intruso, noviembre de 1979

III
“Nuestros vecinos hicieron nada menos que un mundial y en el futuro servirá como modelo de organización el esquema, la infraestructura y hasta el espíritu de los argentinos. Como broche de oro a tan destacado proceso, bien respaldados desde arriba, sus jugadores y Menotti pudieron trabajar como quisieron para ganar finalmente el campeonato. Nombres desconocidos hasta ahora como los de (el general Antonio) Merlo y (el vicealmirante Carlos Alberto) Lacoste, sustituyeron a los eternos mandamases de siempre”.
Víctor Hugo Morales, Mundocolor, 4 de julio de 1978.

Yo tenía 14 años y sabía que había una dictadura.

Más citas sobre este tema, incluyendo una donde VHM dice que la dictadura de Videla no mató a nadie para organizar el Mundial, en el libro Relato Oculto.

 

 

 

 

10.11.10

Historia rosa y silencio cómplice

Un par de días atrás tuve una entrevista con un hombre cincuentón, profesional, militante izquierdista desde la adolescencia, hoy integrante del Partido Socialista.
Salvo por un breve encuentro que al parecer habíamos tenido más de 20 años atrás, y que yo no pude recordar, no nos conocíamos. Hablamos de cosas que nada tenían que ver con la política. Cuando terminamos y ya nos íbamos a despedir, me dijo:
-Antes de irme quiero felicitarte por tu libro.
Le pregunté por cuál. Se refería a Historias Tupamaras. Me dijo, palabras más, palabras menos (yo no estaba grabando ni tomando apuntes ya que no se trataba de una charla periodística):
-Yo en aquellos años era “bocamaro”, es decir tupamaro de boca. Y por mi propia experiencia sé que muchas cosas fueron exactamente como se cuentan en el libro. Otras no las viví, pero los testimonios que recogés son categóricos. Es una vergüenza cómo los tupamaros han reescrito la historia, contando un cuento de hadas que nada tiene que ver con lo que pasó en la realidad. Y que los jóvenes de hoy se lo creen todo. Que ellos nacieron para luchar contra la dictadura, por ejemplo. Claro, el cuento de hadas es mucho más lindo que la realidad...
No es la primera vez que me pasa. Muchos frenteamplistas me han dicho lo mismo. Saben que el relato rosa que se ha inventado el MLN es mentira. Agradecen que Historias Tupamaras se atreviera a enfrentar los mitos del MLN.
No me parece raro, ya que el libro no es de izquierda ni de derecha, sino que simplemente intenta aportar testimonios, documentos y una nueva óptica sobre una parte importante de la historia reciente.
El filósofo argentino José Pablo Feinmann, un referente del progresismo, escribió días atrás en Página 12 respecto a cómo debería ser la militancia izquierdista hoy:
“Si quieren admirar al Che como símbolo de la rebelión, perfecto. Si lo toman como el héroe y el mártir de la lucha armada y el foco (teoría que le dio un francesito de esos años: Regis Debray y que Guevara perfeccionó y llevó a la práctica, una práctica desastrosa en la que sin duda tuvo la dignidad impecable de morir, de poner su cuerpo al lado de sus ideas, penosamente equivocadas, de aquí que ese cuerpo terminara acribillado por un pobre y asustado soldadito boliviano) el camino será otra vez el del desastre. Si insistimos tanto en la militancia territorial y no en la violencia, es porque la violencia fue un mal camino”.
Ése, exactamente, es el tema de fondo de Historias Tupamaras.
Por eso cada vez que algún militante o adherente frenteamplista notorio me felicita en privado por el libro, además de la lógica satisfacción, siempre me asalta la misma pregunta: ¿por qué las instituciones de la izquierda frentista que no es pro MLN han ignorado a Historias Tupamaras? ¿Por qué sus partidos, sus dirigentes, sus periodistas y sus intelectuales, salvo un par de notorias excepciones, no han dicho nunca nada sobre el libro?
Llama la atención: seis ediciones consecutivas, casi 6.500 ejemplares vendidos, miles de frenteamplistas agradecidos y, sin embargo, ese profundo silencio.

5.11.10

Mentes que brillan

El diputado colorado Juan Manuel Garino relató esta semana en el Parlamento que llamó por teléfono a todas las comisarías para preguntar cuántos patrulleros tienen. Lo hizo porque días antes persiguió a unos delincuentes y, aunque avisó al 911, la Policía tardó una hora en presentarse.
Gracias a su relevamiento, según publicó el jueves El País, Garino averiguó que tres comisarías no disponen de ningún vehículo para sus tareas. Una de ellas tiene tres patrulleros, pero los tres están rotos. Otra posee dos, también descompuestos. Y otra tiene tres patrulleros en condiciones, ¡pero nadie que sepa manejarlos!
Garino presentó este sorprendente informe en el Parlamento y el diputado frenteamplista Carlos Varela se indignó. Dijo que la situación es “gravísima” y propuso alertar de inmediato al ministro Bonomi. ¿Qué es lo gravísimo? ¿Que la Policía tarde una hora en responder al 911? ¿Que las comisarías no tengan patrulleros? ¿Que los patrulleros rotos no se arreglen? ¿Qué nuestros policías no sepan manejar?
No. Para Varela lo grave, gravísimo, es que Garino haya logrado conseguir esta información. Lo grave no es que el Estado no pueda garantizar nuestra mínima seguridad. Lo grave es que se sepa.
Este tipo de razonamiento no es patrimonio exclusivo de ningún partido político, aunque entre ayer y hoy la prensa consignó otros dos ejemplos del oficialismo.
El País de hoy recoge distintas opiniones sobre la propuesta de colocar una placa de homenaje a Ricardo Zabalza, tupamaro muerto, asesinado según se denuncia, en el asalto del MLN a la ciudad de Pando en 1969.
El diputado oficialista Sebastián Sabini, del MPP, apoyó la propuesta con un profundo argumento: “En lo personal, una persona que murió por defender lo que pensaba siempre me inspira respeto”. Genial. Vayamos preparando los monumentos a Ceacescu, al Mono Jojoy, a Mussolini, a Hitler y a Goebbels, que se merecerá el más especial de los homenajes porque no solo murió por sus ideales, sino que además se llevó consigo a su esposa y a todos sus hijos, envenenados en el altar de la causa. Propongo que cuando se inaugure la placa al ministro de propaganda del Tercer Reich, el diputado Sabini tenga el honor de dirigirnos unas palabras.
El tercer ejemplo de pensamiento extraordinario lo dio la intendenta de Montevideo, Ana Olivera. La frase está en el facebook de la radio La Treinta. Su poder de síntesis es tan abrumador, su lógica es tan implacable, que no tengo nada que agregar. Dijo la intendenta:
“Si no se incendiaba, teníamos Cilindro para rato".
...
Yo digo, esos tres patrulleros que funcionan pero no tienen chofer, ¿no podrían manejarlos Varela, Sabini y Olivera?


Artículo de Leonardo Haberkorn
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2.11.10

Jaime Roos: de música, drogas y marketing

Jaime Roos, entrevista, músicaEn 1997 Jaime Roos anunciaba el comienzo de una nueva vida feliz, sin alcohol y sin drogas. Rechazaba las acusaciones de haberse dejado dominar por el marketing. Definía a Madonna y Michael Jackson como “basura comercial” y vaticinaba su progresivo ostracismo. Le realicé esta entrevista en su apartamento en la Ciudad Vieja cuando celebraba 20 años de carrera, horas antes de que subiera al escenario del teatro Solís para festejarlo con toda la pompa del caso. El extenso diálogo, del cual aquí se reproduce la mayor parte, se publicó el 7 de marzo de 1997 en la revista Tres.



-¿Cómo logró su independencia económica?

-Comencé a trabajar –a tocar- a los 15 años y empecé a ganar mi propio dinero. Ahí me pude comprar una remerita Lacoste trucha, un vaquero Lee trucho, pero que por lo menos se parecían a los originales. Cuando cumplí 21 años y trabajaba en un programa de televisión que se llamaba Coliseo Colifato y en varias obras de teatro, ganaba el equivalente a un salario. A esa edad fue cuando me fui a vivir a Europa.

-Hay quienes dicen que al empezar ya tenía un espíritu muy profesional.

-Tengo el respeto al dinero que tiene el sobreviviente. Siempre tuve la angustia de qué iba a comer la semana próxima, la angustia de quedarme sin techo. De mi viejo recibí la idea del respeto al trabajo y me hizo mucho bien, porque me permitió ir para adelante en ocasiones duras.

Ahora bien, de la misma forma en que yo respetaba el trabajo, siempre me gustó que respetaran el mío. Y me di cuenta que para eso, tenía que mostrar arriba del escenario el motivo por el cual me tenían que respetar. A mí siempre lo que más me interesó fue ser un artista. Y puse toda esa energía para ganar esa guerra. Y traté de hacerlo con todas las armas de que disponía: una de ellas es la disciplina profesional. Pero eso, a pesar de ser importante, es secundario. La brújula que guió siempre mi vida fue intentar producir arte. Sacrifiqué mucho para eso. La música para mí ha sido causa de mucho sufrimiento.

-¿Esos sacrificios incluyeron rupturas con su familia o con sus amigos por cuestiones de su carrera artística?

-No. Pero llevando adelante mis principios de arte tuve muchos enfrentamientos con músicos y gente del medio artístico.

-Ex músicos de sus bandas denuncian una especie de política utilitaria de su parte. Dicen que una vez que cumplieron su misión, se olvidó de ellos.

-Es típico de los divorcios. La mujer o el hombre despechado da su versión de los hechos. Yo nunca toqué con un músico a nivel utilitario, puesto que esta gente siempre estuvo de acuerdo en tocar conmigo. Por otro lado, nunca firmé contrato con un músico de por vida. Siempre quedó claro que el sistema de mis bandas funcionaba así: nos comprometíamos a tocar durante una temporada. Cuando termina, cualquier músico es libre de decir hasta luego. Y yo también.

Si alguien tiene la idea de que ha sido utilizado, pues realmente lo lamento mucho, jamás lo sentí así. Y agradezco además a todos los músicos que han tocado conmigo –o a casi todos-, por haber embellecido mis canciones, particularmente en las grabaciones.

-Otros dicen que el marketing mató su creatividad

-Conozco esas críticas y no las comparto. Creo que acá el ambiente artístico nunca entendió mi concepto de marketing. Son malos observadores. Y nunca quisieron aceptar que, si un disco mío se vende, es por porque a la gente le gusta la música que tiene dentro. El marketing es solo un apoyo para la música. Hay ciertos productos musicales que son inventos de marketing, pero no los míos. La gente cuando hoy, en la calle, canta Si me voy antes que vos –y lo digo sin ninguna falsa modestia- es porque le gusta la canción. Si yo no hubiera escrito Colombina o El hombre de la calle o Brindis por Pierrot… ¿de qué marketing me hablás? Como razonan estas personas, cualquier hijo caprichoso del dueño de un canal de televisión vendería miles de discos en Uruguay. Señores, ustedes que critican el marketing: hagan una canción como Si me voy antes que vos. Y después hablamos.

-Usted ha descalificado a otros artistas que también venden muchos discos y cuyas canciones también son cantadas en la calle por la gente: Julio Iglesias, Madonna, Michael Jackson…

-Es diferente. Los he criticado porque no los respeto artísticamente, porque son un producto diseñado por el marketing de la industria discográfica. La diferencia entre una canción buena que vende y una industrial que vende, es que la buena diez años después se va a seguir vendiendo y 20 años después va seguir formando parte del catálogo de la compañía. No creo que nadie en el futuro de la humanidad recuerde un tango cantado por Julio Iglesias. Y si me hablás de artistas de un mayor nivel musical, pero que siguen siendo basura comercial, como Madonna o Michael Jackson, apuesto botellas de vino a que si tenemos la suerte de vivir 20 años más, se va a poder comprobar que no va a haber ningún músico que los tome como referencia. Esa gente vende su carisma. En el caso de Madonna, buena actriz. En el caso de Jackson, buen bailarín. Ahora, musicalmente hablando, olvídalo.

Yo escribí Cometa de la farola hace 20 años y hoy los pibes de 15 y 20 años la canta, saltando, y se siguen comprando discos donde está esa canción. Esa ha sido mi pequeña batalla que por ahora le he ganado al tiempo.

-¿Los límites son tan claros entre los dos tipos de música?

-Hay zonas limítrofes que ponen a prueba el criterio de los mejores críticos musicales. Gloria Estefan hace un producto altamente comercial, pero que llega a momentos de gran arte. O los Bee Gees, que en algunas canciones trascienden esa frontera que les pone el comercio y el arte kitsch que practican, y llegan a puntos notables. Pero la frontera es clara: hay artistas que hacen algo y luego lo quieren vender, otros hacen las cosas pretendiendo venderlas de antemano. Esos son los equipos rivales.

-¿Y dónde se ubican músicos que en su país han conquistado un fervor enorme, como Roberto Carlos en Brasil?

-Me extraña que Chico Buarque y Caetano Veloso respeten tanto a Roberto Carlos. Artistas como él son más que nada mitos, como Sandro en Argentina, o como pudo ser Elvis Presley en Estados Unidos, a pesar de que tenía un nivel musical un poco mayor. Pero musicalmente los últimos años de su carrera son desastrosos. Son ídolos populares, pero esta idolatría no pasa por lo artístico. Y si alguien me quiere poner a mí en esa categoría, aquí en Uruguay, le digo que se equivoca (se ríe).

-Ha dicho que teme a la muerte por no creer en una fe concreta.

-La muerte me angustia no por morir sino por desaparecer. Ese nudo sigue igual, pero tengo una sensación de Dios. Me cuesta imaginarme todo este tinglado sin alguna explicación superior. Pero dudo mucho que exista una vida posterior a la muerte, directamente no creo en la reencarnación y la nueva onda new age me parece una fábula para adultos. Hasta que venga alguien y me demuestre lo contrario.

-¿Hay momentos en que quisiera tener menos obligaciones y más tiempo para lo que le gusta?

-Estoy en plan de cambiar mi vida. Lo necesito, así no puedo seguir. Pensé hacerlo en setiembre, pero me falló el intento. Pero el plan sigue intacto y sé que podré. No me refiero a dejar de hacer músico, sino a racionalizar el tiempo.

-¿Otras veces ha impuesto cambios radicales a su vida?

-Lo hice cuatro o cinco veces. Yo le llamo “prenderle fuego a la carpa”. Cuando me fui de Uruguay a los 21 años, me separé de mi novia, dejé mi casa, la facultad y me fui a Europa fue la primera. Llegué a París con 80 dólares. A las dos semanas estaba robando comida de los supermercados porque no podía comer, pero era el ser más feliz del mundo. Leía Trópico de Cáncer y me sentía el protagonista. Esa fue solo una de las veces.

-¿Cuando dejó el alcohol y la droga fue otra?

-Sí.

-¿Cómo fue?

-Corté de un día para el otro. Me lo marqué en mi agenda para seis meses después: el 3 de abril del 89 tenía que parar. Me daba cuenta de que antes no iba a poder. Consulté a un par de psiquiatras que me quisieron internar en una clínica. Finalmente decidí no hacer ningún tratamiento y arreglármelas solo. Y lo logré. Fue muy duro, pero también le prendí fuego a la carpa.

-¿Y qué pasó?

-Cambió mi vida completamente. Yo estaba desesperado, pero por suerte esa desesperación se tradujo en instinto de conservación. Y me hizo mucho bien. Se me aclaró la mente, el cuerpo, sentí el placer de estar sobrio, recuperé una serie de placeres familiares, vi como los que estaban a mi lado suspiraban aliviados, porque estaban muy preocupados. Mi salud mejoró y desde el punto de vista musical se redoblaron mis fuerzas. Yo no me hago trampas al solitario. Uno puede perder el instinto de conservación para siempre o por un tiempo, en mi caso felizmente fue por un tiempo. Tuve un par de años suicidas. Después me di cuenta de que quería vivir.



Entrevista de Leonardo Haberkorn. Publicada el 7 de marzo de 1997 en la revista Tres. Prohibida su reproducción sin autorización del autor.

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29.10.10

Suerte, Liscano

Sepultada entre las toneladas de artículos sobre la ley de caducidad, nadie parece haber reparado en una entrevista publicada dos viernes atrás en Brecha al director de la Biblioteca Nacional, el escritor Carlos Liscano.
El artículo, del periodista Roberto López Belloso, mueve al asombro primero y al alivio luego. Su origen está en el conflicto sindical que se vive en la Biblioteca con motivo de la decisión de Liscano de negarle a un grupo de funcionarios una compensación en dinero que el resto sí recibió por su “compromiso con la gestión”.
“Los que están más comprometidos con las tareas de la institución reciben una compensación económica, que es muy pequeña (en su mayor parte, inferior a los 2.000 pesos), pero que me parece estimulante, que señala un camino, una política: acá se compensa el compromiso con el trabajo”, explica el director en la entrevista.
El sindicato reclama que ese dinero se reparta en partes iguales entre todos los empleados, más allá de su rendimiento. "O se lo merece todo el mundo, o no lo cobra nadie", declara uno de sus dirigentes. Liscano se aferra a su criterio y sostiene que el gremio pretende (como es norma en el sindicalismo uruguayo), “un cogobierno donde compartiríamos los derechos pero no las responsabilidades”.
El asombro llega cuando Liscano cuenta algunos casos concretos. El sindicato quiere que una funcionaria que se fue seis meses de mochilera tras solicitar una licencia sin goce de sueldo reciba la partida por “compromiso con la gestión”. Liscano no.
El sindicato también quiere que le den la partida a Luis Bazzano, dirigente sindical, quien según el director faltó al trabajo 123 días en siete meses “o sea que faltó 17,15 días por mes. Como el mes tiene 20 días laborables, trabajó poco más de dos días por mes”.
Amparado en que es dirigente gremial y en las generosas leyes laborales, Bazzano trabaja doce horas por mes, lo mismo que muchos uruguayos trabajan en un solo día. Bazzano labora tres horas por semana. Y, claro, además quiere la compensación por compromiso con la institución.
El alivio viene luego, cuando Liscano, analiza esta situación y el reiterado choque de los privilegiados y poderosos sindicatos de empleados públicos con el actual gobierno de José Mujica.
“Creo que la izquierda está recibiendo una parte de su propia medicina. Esto pasó siempre, lo que pasa es que ahora le tocó a la izquierda. Antes la izquierda apoyaba cualquier conflicto, independientemente de la justicia o no de las reivindicaciones, o de si la medida era proporcionada al conflicto. Y los gobiernos blancos y colorados fueron cediendo. Acá tenemos gente trabajando cuatro horas por día, pero que tienen contrato por 40 horas semanales, así que en los hechos ganan el doble. Pero lo que pasó fue que cuando trabajaban ocho les bajaron a seis porque no se les podía aumentar el salario, después con otra reivindicación salarial les bajaron a cuatro horas, y ahora es un derecho adquirido. Todo eso ocurrió antes del año 2005. Ahora estamos recibiendo eso que nosotros mismos apoyamos”.
La "herencia maldita" al revés.
El periodista de Brecha siente el evidente mazazo de las palabras de Liscano y le dice:
-Para el pensamiento tradicional de izquierda, eso que está diciendo es muy duro.
Liscano responde:
-Sí, sí, es muy duro, pero es lo que yo pienso. Cuando yo he criticado a Sanguinetti, a Jorge Batlle, a los militares, no me estaba conteniendo.
Uno siente verdadero alivio de ver a alguien que desde el gobierno habla con honestidad y sin ese cinismo que hoy parece haber ganado a tantos dirigentes del Frente Amplio y a sus voceros, capaces hoy de los más inconcebibles saltos mortales con tal de defender lo indefendible. Hacen acordar a los peores tiempos del Foro Batllista.
“Yo no soy candidato a nada, no estoy haciendo carrera política”, dice Liscano en otro pasaje de la entrevista, que vale la pena leer completa. “A los 61 años no puedo estar jugando a que administro una cosa pero en realidad no la administro yo, sino que se administra sola o es coadministrada o cogestionada, y es algo que yo no puedo aceptar”.
Ojalá tenga mucha suerte.
Le va a hacer falta.

Artículo de Leonardo Haberkorn
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21.10.10

El Vaticano del Pepe

De la galera. De ahí sacó el presidente José Mujica la idea de designar 18 coordinadores de la Presidencia en cada departamento del interior. Mujica no propuso este proyecto en la campaña electoral, a pesar de que micrófonos le sobraron. Solo para el libro Pepe Coloquios, el hoy presidente concedió 14 entrevistas, 28 horas de grabación, todas sobre cómo sería su gobierno. Allí habló de todo y de todos, incluso lanzó su aspiración de dotar a la Fuerza Aérea de kamikazes. Pero en esa maratón de proyectos no hubo ni siquiera una mención al pasar, ni una línea, ni un renglón, a los 18 coordinadores de la Presidencia. Nada. Si el plan es tan bueno como se dice hoy, ¿para qué ocultárselo a la ciudadanía?
La iniciativa de crear un ejército de coordinadores de la Presidencia parte, qué paradoja, de un presidente que ha hecho de la austeridad una bandera de vida. La gente votó a Mujica con la certeza que bajo su Presidencia ni un peso sería malgastado. Mujica ha hablado una y mil veces, durante años, de la necesidad de achicar los gastos políticos del Estado. Él mismo planteó, por ejemplo, pasar a tener un Parlamento unicameral. Ahora que es presidente y tiene mayorías legislativas y puede hacer lo que tanto prometió, ¿ésta es su manera de achicar la burocracia política?
Choca también ver cómo un Mujica que se ha pasado la vida pregonando la necesidad de buscar puntos de encuentro entre todos los uruguayos se despacha ahora con un proyecto que va en sentido opuesto a uno de los muy pocos asuntos, quizás el único, en el cual estamos todos de acuerdo: tenemos demasiada burocracia. Es hora de achicarla –lo dicen todos, desde Fernández
Huidobro a De Posadas- no de agrandarla. Todos dimos por seguro que Mujica no iba a traicionar ese consenso.
Debido a la oposición que generó, el planteo ha sido rebajado en parte. Ahora se habla de que en lugar de 18 coordinadores departamentales serán “solo” seis y regionales. En eso se basa, por ejemplo, el sector de Jorge Larrañaga para apoyarlo.
Sin embargo, que sean 18 o seis no elimina todo lo anterior ni tampoco hace que la propuesta se transforme en buena. Que sean seis, 11 o 18 no cambia lo básico de este proyecto: es innecesario, superfluo, retrógrado, casi decimonónico. La gran idea del presidente Mujica habría sido útil en la época de los chasques. Pero desde la invención del teléfono dejó de tener sentido.
Gracias al poder enorme de la actual tecnología, tengo un amigo que desde Holanda, él solo, coordina equipos de trabajo en la India, Japón, Estados Unidos, Brasil, México y en otros sitios de Europa. Solo una vez por semana va a su oficina. El resto de los días hace el trabajo desde su casa, con su computadora. Eso hace que cada jornada gane dos horas más de productividad. Hace poco tuvo que venir a Uruguay por unos días. No pidió licencia. Continuó haciendo la misma labor de siempre, solo que desde Montevideo. Ése es el mundo de hoy. En cambio, esta onerosa partitura que se nos quiere imponer, música y letra de Mujica y arreglos de Larrañaga, es de la época de las vitrolas. Es un monumento al Uruguay del atraso.
El proyecto todavía se comprende menos cuando se sabe que la mayor parte de los ministerios ya tiene sus coordinadores departamentales. Están todos reunidos en pequeñas ciudades y son incapaces de coordinar entre ellos. ¡Y la gran solución es crear más cargos en lugar de hacer funcionar bien a los
que ya existen!

***

Lo peor es que, visto desde una perspectiva más amplia, el asunto es aún más preocupante.
El presupuesto nacional que se está discutiendo no solo impone a los coordinadores presidenciales, sino que crea decenas de otros nuevos cargos de confianza política, unos 60 en total según informó la prensa. También elimina una reforma concretada en el gobierno de Tabaré Vázquez por la cual se habían creado unos puestos de “alta especialización” en el Estado –cargos de confianza que debían ser ocupados por técnicos y especialistas de capacidad probada. Estos puestos son ahora transformados lisa y llanamente en cargos de confianza política: auditor interno de la Nación, director de la Propiedad Industrial, director del Museo Histórico Nacional, director técnico del Instituto Nacional de Estadística, inspector general de Trabajo, director técnico de Energía, director de Catastro y director de Pequeña y Mediana Empresa.
Quienes asuman en estas tareas ya no tendrán que exhibir ninguna idoneidad en la materia. Es una resolución curiosa en un presidente que ha repetido muchas veces que necesitamos un estado moderno.
Como ya sucedió con los ocho alcaldes de Montevideo, la mayor parte de estos nuevos cargos serán adjudicados a militantes del MPP. Todos ellos, en especial los delegados del presidente, serán agraciados con sueldos altos y beneficios generosos. Los ocho alcaldes de Montevideo recibieron una retribución de 80.000 pesos mensuales (¡uno de ellos se votó su propio salario en la Junta Departamental!). Si eso es lo que gana un simple alcalde barrial derrotado por el voto en blanco, más vale no imaginar cuánto nos costará cada delegado regional del mismísimo presidente de la República.
Pero los nuevos cargos de confianza política no se llevarán a su casa 80.000 ni 120.000 pesos. Agitando nuevamente la bandera de la austeridad, el MPP tiene topeada la cantidad de dinero que pueden cobrar sus integrantes que ocupan cargos de confianza. Sólo pueden quedarse con 37.000 pesos. El resto va para el propio MPP. Así, cada mes que pasa, este sector político recibe una fortuna, miles y miles de dólares, provenientes de los sueldos de sus cada vez más números cuadros de confianza. Si Mujica es el nuevo Jesús de los pobres como pretenden algunos, el MPP es el Vaticano: lleno de poder y dinero.
La voracidad del MPP parece no tener fin. Aunque el sector niega haber tenido parte en esta decisión, es imposible no asociar la reciente remoción de veinte directores de hospitales y su sustitución, en algunos casos, por enfermeros y militantes sindicales. ¿De qué partido serán?
Los aportes partidarios son la pasta base de la política: siempre se necesita más.
Todo esto no es original. Todo esto ya lo hizo antes el PT en Brasil. Es la receta del éxito, la que permite ganar una elección tras otra. Se copa el Estado. Se multiplican los cargos de confianza. Se designa a los correligionarios. Se les topea el sueldo. El partido absorbe la mayor parte de esos ingresos. El partido se enriquece, acumula un tesoro que se maneja a discrecionalidad pensando siempre en cómo ganar la siguiente elección. Y se gana. Dilma Rousseff le lleva millones de dólares de ventaja a José Serra en cuanto a gastos de campaña.
El esquema, además del peso brutal que supone para todos los ciudadanos, disimulado en estos años de bonanza económica, tiene un talón de Aquiles: la corrupción. En Brasil todo el dinero “caja dos” se ha usado para las mayores chanchadas, incluyendo la compra de votos en el Parlamento. Y todos los escándalos de corrupción del gobierno de Lula, que darían para llenar varias páginas, fueron protagonizados por cargos de confianza política, amables donantes de buena parte de su sueldo al partido. (El PT toma de cada uno un porcentaje preestablecido según el monto de su salario).
Nuestra fiesta no tiene nada de original.
Y tampoco es tan nueva o tan rara. A decir verdad, ya habíamos vivido antes cosas parecidas.
Solo que el presidente Mujica se pasó una década pregonando otra cosa.

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Sobre el mismo tema: http://leonardohaberkorn.blogspot.com/2010/09/la-pasta-base-de-la-politica.html

13.10.10

Qué será, qué será

Viendo el rescate de los mineros chilenos es imposible no comparar.
Es admirable ver cómo Chile superó esta crisis. Es el mismo país que hace pocos meses fue asolado por un terrible terremoto, que mató a 521 personas, destruyó una ciudad y dejó sin vivienda a medio millón de familias. Esos temblores existen en México, Perú, Haití, Guatemala, Nicaragua, Irán, Turquía y un largo etcétera. En Uruguay no.
Tampoco tenemos tsunamis, esas olas gigantes que arrasan pueblos enteros. En 2004 un maremoto mató a más de 220.000 personas en una decena de países y provocó daños imposibles de cuantificar. Hay en Indonesia, Sri Lanka, India, Tailandia, Perú. En Uruguay no.
No sufrimos de huracanes, como el Mitch que hizo retroceder 50 años a Honduras en 1998. No tenemos volcanes que exploten y provoquen cataratas de lava y barro. Recuerdo cuando en el 85 la erupción del Nevado del Ruíz, en Colombia, sepultó entera a la ciudad de Armero y mató a 25.000 personas. Nosotros no tenemos aludes de ningún tipo: ni de lava, ni de nieve, ni de barro.
Somos privilegiados: no tenemos esa clase de desastres naturales. Nuestro territorio es una extensa llanura. Nuestras ciudades están construidas sobre planicies y no necesitan decenas de túneles que atraviesan montañas y escaleras que trepan los cerros, como Rio de Janeiro. Nuestras carreteras no deben sortear montañas, cordilleras o precipicios, como en tantos países.
No tenemos una epidemia de sida como Sudáfrica, ni narcoguerrillas y paramilitares como Colombia, ni fanáticos iluminados por Dios que quieren tapar de la cabeza a los pies a las mujeres. No perdimos nuestra salida al mar, como Bolivia. No nos tiraron la bomba atómica, como a Japón. No estamos sometidos a otros países, como los palestinos, los kurdos o los tibetanos. No vivimos amenazados, rodeados por vecinos que quieren borrarnos del mapa, como Israel. No nos odiamos entre nosotros por motivos étnicos, como en la ex Yugoslavia. No somos un país dividido en dos, como Corea o Chipre. No tenemos movimientos separatistas, como España. No fuimos invadidos por tres ejércitos que exterminaron a nuestra población masculina, como le pasó, con nuestra ayuda, a Paraguay.
No hay en nuestro territorio enormes desiertos de arena, ni montañas de nieves eternas, ni selvas impenetrables llenas de mosquitos de la malaria.
No tenemos ni padecemos ninguna de todas esas calamidades. Lo nuestro es todo a favor. Y, sin embargo, no logramos hacer un país decente.
Es evidente que no son las condiciones las que nos frenan.
Entonces, ¿qué será?

5.10.10

Con Luca Prodan en el hotel Carrasco

Luca Prodan, Sumo, Montevideo Rock, Hotel CarrascoLa entrevista estaba fijada a las ocho o nueve de la mañana, una hora impropia para entrevistar a músico de rock. La cita era en el hotel Carrasco, donde estaban alojados muchos de los artistas que habían llegado para actuar en Montevideo Rock 1. Era una soleada mañana de noviembre de 1986 y hacía calor. Recuerdo haber ido a la entrevista sin desayunar y con la sospecha de que Luca Prodan y los otros integrantes de Sumo me dejarían plantado porque estarían durmiendo. Pero no fue así.

Yo no pensaba que aquella cita fuera especial. Conocía algunas canciones de Sumo pero no todas. Todavía no eran famosos. Las radios uruguayas pasaban sólo La rubia tarada y Los viejos vinagres. La rubia tarada me parecía genial, claro. Los viejos vinagres no.

A la entrevista bajaron Luca Prodan y el bajista Diego Arnedo. Nos sentamos en el bar del hotel. No recuerdo cómo estaba vestido Arnedo, pero Prodan llevaba una larga túnica blanca de algodón, y calzaba suecos. Parecía más un monje budista que un rockero.

Comenzamos hablando del hotel Carrasco, porque varios de músicos argentinos allí alojados estaban molestos con lo vetusto de sus instalaciones y pretendían cambiar de alojamiento.

“Las camas hacen ruido, es medio dark, pero a mí me gusta”, me dijo Luca Prodan. “Y no es por no estar acostumbrado a estos lugares. Mis padres tenían guita, cuando íbamos a algún lugar nos quedábamos en hoteles así. Es más lindo mirar al techo y ver esos vitrales en vez de una lamparita de última. Los de GIT se quieren cambiar de cuarto, pero ¿quiénes son? ¡¿Quiénes son?!”

Esa fue una constante en la entrevista. Luca Prodan no tenía pudor de referirse a sus colegas.

Le pregunté por qué Sumo había tenido tanto éxito ese año y respondió con un discurso anti-hippie lleno de alusiones personales.

“Porque la propuesta de Sumo es distinta”, me dijo. “Acá todos quieren ser muy afinados, pero ¿dónde está el corazón? ¿dónde lo tienen? Fito Páez es más o menos un melódico todavía, no es un aguerrido… nosotros hacemos un show que páááh y sin ser heavy metal, sin ser punk ni nada, solo con nuestra fuerza. Y eso pega porque la gente cambió. Antes les gustaba perderse en los ‘espacios siderales del amooooor’ y ser buuuenos tipos y en general era todo mentira. Nosotros no le damos nada de bola a todo eso, somos buenos tipos y listo. Y después hacemos la música que queremos”.

Y agregó: “Los chicos de ahora ya no escuchan a Nito Mestre y Serú Girán. Esos tipos ya no tocan, no los contratan. ¿Nito Mestre dónde toca?”.

Arnedo interrumpió para contar que todo había surgido de casualidad. Que Luca había llegado de Europa, que había reunido a músicos que no tocaban en público, que ni siquiera pretendía grabar un disco. Insistía en que habían trabajado mucho para llegar a ser reconocidos.

Prodan volvió a tomar la palabra. “Me parece que también tiene que ver con la edad. Yo empecé a cantar a los 27 años, no a los 19. Fito, que tiene 22, es un imberbe. A esa edad se la creen, piensan que son estrellas porque no saben, no vivieron. Yo estuve en la cárcel tres veces, aunque nunca le hice mal a nadie. También viajé en un yate por el Mediterráneo cada verano desde que era chico. Hice de todo. Estuve en todos lados. Yo viví, viví. Ahora no voy a creer que soy una ‘estrella de rock’”.

La calidez de la voz con acento italiano de Luca Prodan todavía se escucha en el cassette Silver Shadow, lo que no deja de ser un pequeño milagro. Varias veces en la entrevista se refirió a su historia personal, a su infancia y juventud en el seno de una familia millonaria y aristocrática en Europa, tal como ahora cuenta la película Luca, un documental sobre su vida. Pero en aquella mañana de 1986 Luca todavía no era una celebridad, su biografía no era conocida y sus cuentos me provocaban inquietud: ¿sería verdad todo lo que ese pelado me estaba diciendo?

“Yo fui al mejor colegio de Europa con el príncipe Carlos de Inglaterra. Ahí me di cuenta la mierda que es todo, me escapé y me puse más rebelde que un rebelde. Dejé todo. Si yo quería ahora estaba en Roma, en mi súper departamento, con el yate de mi padre y todo eso. Pero no quiero, no me gusta esa gente. Me gusta mucho más el barrio del mercado del Abasto y estar ahí con cualquiera. Yo soy amigo del almacenero, de gente más de verdad, no de estos que hacen windsurf oh oh oh, ¿qué cazzo me importa a mí el windsurf?”

El personaje parecía ser demasiado interesante para ser verdadero pero, sin embargo, no creía que ese pelado de túnica me estuviera mintiendo. En un momento Luca Prodan interrumpió la cantinela de Arnedo acerca del sacrificio que habían hecho para salir adelante y me dijo que Los viejos vinagres la habían compuesto con la mente puesta en lograr un éxito radial: “Nosotros vivimos de esto, así que necesitás adecuarte un poco a la situación comercial. Confieso que esa canción fue hecha con un poco de mentalidad comercial. Pero La rubia tarada no, esa la hicimos así, sin pensar”. Nunca había oído a un músico referirse con tal sinceridad a uno de sus éxitos.

“Nosotros –siguió Luca- no somos el conjunto-de-rock-reloco-reinteligente-y-con-todas-las-minas. Hay muchos músicos que no son músicos, que solo quieren levantar minas, ser famosos y salir en el diario. El rock está lleno de boludos. Y hablando de boludos, mirá quién viene…”

En el bar del hotel apareció un ser extraño, muy alto y con una barba larguísima dividida en dos mitades que se prolongaban casi hasta su abdomen. Era un desconocido llamado Roberto Petinatto, saxofonista de Sumo. Luca lo presentó: “Él es el más inteligente y el más idiota de Sumo. Es el más arrogante, pero también es el que tiene más sentido del humor, muy irónico y sarcástico”.

Petinatto se sentó al piano del bar del hotel Carrasco y comenzó a improvisar. El resto de la entrevista quedó registrada en el Silver Shadow con la música de Petinatto de fondo.

Prodan miró a Arnedo y dijo: “Él es el mejor músico de Sumo. Se toca todo”. “Gracias”, respondió con timidez el bajista.

Le pregunté si quería volver a Europa. “Yo viví toda una época muy buena allá. Los jóvenes decíamos ‘vamos a cambiar todo’, pero después nos dimos cuenta que no íbamos a cambiar nada ni con la política, el rock, ni las drogas. Hace dos años y medio volví a Italia e Inglaterra y estaban todos haciendo guita y comprando un televisor más grande. Me puso bastante mal. Después está el otro lado de la moneda: los otros, los ex rebeldes, los que se desilusionaron con la propuesta del 68 cayeron en la heroína. Y se mueren como moscas”.

Me dijo que su hermana había muerto por ser heroinómana. “Yo llegué acá escapando de la heroína. No quiero volver. Si vuelvo es para tocar y para estar un rato en un lugar lindo y comer un buena comida. Y hablando de comida…”

Luca dio por terminada la entrevista y preguntó dónde podía comer mariscos. Todavía no era mediodía, pero quería que le indicara algún restaurante. Salimos a la calle. En la entrevista Luca me había dicho que se vestía con su look tan extraño para “hacerle entender a esos boludos que podés ser distinto y ser una buena persona”. No sé si la gente que lo miró con ojos desorbitados aquella mañana en Carrasco habrá captado el mensaje.

Cuando pasamos por la puerta del café Arocena, Prodan quiso entrar. Le dije que allí no se había servido ni se serviría jamás un plato de mariscos, pero él entró igual y se paró frente al mostrador, ante la mirada curiosa de los presentes. “Dos ginebras”, pidió. Las sirvieron y él bebió la suya de un sorbo. Tuve que hacer lo mismo.

Nunca en mi vida repetí ese tipo de desayuno. Él seguro que sí. Apenas viviría un año más.

Dejé a Luca Prodan en la puerta del restaurante García. Esa noche Sumo actuó en Montevideo Rock 1 y comprobé que el pelado de túnica no me había mentido. Cuando la actuación terminó, sentí qué había sido afortunado esa mañana. Y guardé el Silver Shadow como si fuera un tesoro.

Entrevista de Leonardo Haberkorn.

Esta crónica se publicó en la revista Freeway en mayo de 2007. La entrevista original con Luca Prodan, en formato pregunta y respuesta, se publicó en el semanario Aquí el 12 de enero de 1988.

Prohibida su reproducción sin autorización del autor.

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Audio original:

1.10.10

Roberto Canessa: la vida sin anestesia

Roberto Canessa, Milagro de los Andes, Tragedia de los AndesPolíticamente incorrecto, Canessa sostiene que mucha gente pobre no se esfuerza, que el confort anestesia y que haber comido a los muertos no fue lo que lo salvó en los Andes. La entrevista se publicó en la revista chilena Veinte Mundos.

El mundo entero conoce la historia. Un avión se estrelló en los Andes el 13 de octubre de 1972. El vuelo había sido fletado por un equipo de rugby de Uruguay que viajaba a Chile para jugar un partido. A bordo iban 45 personas, pero no todas murieron en el choque. Perdidos en medio de la cordillera helada, a miles de metros de altura y a 30 grados bajo cero, los sobrevivientes resistieron. Cuando se terminó la poca comida que tenían, para no morir debieron comer la carne de los que ya habían muerto. Dos meses después del accidente, perdida toda esperanza de ser rescatados, dos de ellos -Fernando Parrado y Roberto Canessa- emprendieron la imposible tarea de cruzar los Andes a pie, sin saber nada de montañismo y sin ningún equipo para escalar. Treparon, caminaron, escalaron, cayeron y se levantaron durante diez días. Al fin, contra toda lógica, lo lograron. Gracias a Canessa y Parrado, 16 jóvenes fueron rescatados con vida de aquella odisea.

Roberto Canessa es hoy un cardiólogo infantil que ganó tres veces el Premio Nacional de Medicina de Uruguay. Lleva una vida intensa que no desmiente el coraje exhibido en la montaña.

-¿De dónde sacó fuerzas para atravesar la cordillera?

-De mi compromiso de no causarle a mi madre el dolor de tener que llorar un hijo muerto. No se lo merecía.

-¿Y de dónde saca fuerzas la gente cuando debe enfrentar una situación que la supera?

-Lo más habitual es el temor a la muerte. Pero a veces son tan insoportables las condiciones de la vida, que el temor a la muerte se ve sobrepasado. Entonces tenés que buscar algo por encima tuyo que te lleve a seguir luchando. Eso lo estudió Viktor Frankl, el psicólogo que sobrevivió a los campos de concentración nazis.

-¿Nunca pensó que era mejor morir en la cordillera?

- No. Morir allí era fácil, bastaba solo con aflojar los brazos. Pero nunca lo pensé así. En todo caso, pensé en morir caminando, en la demanda. No me gusta salir de la cancha antes de que termine el partido.

-Fue el primero que propuso comer la carne de los muertos. ¿Alguien se lo reprochó alguna vez?

-No. Mucha gente decía que ellos no lo habrían podido hacer, y me parece bien, porque si no estás ahí no lo podés entender. Es increíble que eso sea lo que le llama más la atención a la gente. Dicen que nos salvamos porque nos comimos a los muertos. Pero cuando los comimos quedamos en el mismo lugar, no nos acercamos ni un centímetro a la civilización. Nosotros nos salvamos porque tuvimos la suerte, la alegría, la osadía, la valentía, como quieras llamarlo, de lograr salir. En mi caso, sentí la ayuda de Dios, creía mucho en él, y estuve rodeado de un grupo que me dio la confianza para salir adelante.

-Lo que ustedes consiguieron es inspiración para miles de personas en todo el mundo. ¿Qué historias o figuras públicas lo inspiran a usted?

-Los músicos. Esa capacidad de los artistas de ver más allá me fascina, me transporta, me saca de los estados de ánimo, me lleva de lo mediocre a lo sublime. También los deportistas. Y la nobleza y generosidad de la gente humilde. Creo que el confort te anestesia.

-Pero usted nació en una familia acomodada, vive en un barrio rico. ¿El confort no lo anestesió?

-Mi mujer dice que yo me flagelo cuando hago deporte, cuando voy al campo y me pongo a hacer un pozo bajo el sol. Me gusta vivir intensamente. Yo busco la esencia de la vida, y el confort te la oculta. Es cierto, me pesa un poco haber nacido con recursos. Por eso creo que tengo la obligación de dar mucho más que la gente normal. Y eso lo logro a través de la medicina. Me doy cuenta de que le doy más a la sociedad de lo que puede dar una persona muy humilde, muy pobre. Por eso me siento mejor que ellas a veces, porque veo que esas personas no se esfuerzan.

-Siendo tan joven y considerado un héroe mundial, ¿cómo no se perdió?

-Porque entré a la Facultad de Medicina. Si yo había luchado por salir de la montaña y volver a mi casa, ¿por qué iba a cambiar mi sueño de ser médico? El súper hombre que me atribuía mucha gente, y que les quedaba cómodo porque les servía de inspiración, yo sabía que no era verdad. En la facultad al principio casi pierdo los exámenes, y eso me centró. Lo traté de aplicar a todo en mi vida: saber dónde está mi límite y saber que es un límite normal. Porque lo que sirve es el esfuerzo. Verlaine decía “la gloire c´est la merde”. Y tiene toda la razón. Quedarse en la posición de “soy un héroe” me parece lamentable, deprimente, muy triste. La vanidad es algo terrible.

- ¿Por qué eligió la cardiología infantil dentro de la medicina?

-Mi padre era cardiólogo. Al principio traté de tener una identidad propia como médico, pero luego sentí que si hacía cardiología con mi padre tenía la oportunidad de hacer cosas muy buenas. Después vi que se comenzaba a estudiar el corazón de los niños, era una ciencia nueva. Y fui creciendo con esa disciplina. Cuando me invitaban a España a dar una conferencia sobre los Andes, yo iba a los hospitales para ver cómo trabajaban en cardiología infantil. Así fui aprendiendo y conociendo muchos profesores. No faltó quien me dijera: vos sos muy famoso por lo de los Andes, pero en la medicina no te conoce nadie. Era un nuevo desafío. Yo pensaba, si fui capaz de salir adelante en los Andes, saldré adelante en esto también.

-En el libro Milagro en los Andes, Parrado cuenta como usted se fue sin recursos a Nueva York para traer a Uruguay un costoso equipo de cardiología infantil.

-El profesor Itzhak Kronson de Nueva York donó un aparato que era un gran avance para Uruguay. Yo fui, pero no tenía dinero para traerlo. De todos modos, decidí tomar el equipo y acercarlo hasta donde pudiera. Me cobraban 2.000 dólares solo por llevarlo al aeropuerto. En la calle vi un camión que decía “Pitón Argentina”. Lo paré y era un ex boxeador mendocino. Le dije que tenía que llevar al aeropuerto un aparato de cardiología para niños donado a Uruguay. Me dijo que me cobraba 300 dólares. Le dije que sí. Fuimos al aeropuerto diez horas antes de la salida del vuelo y les dije a los de Pan American que tenía que traer ese equipo, que era muy importante. Lo llevamos por unos ascensores, el mendocino Pitón hacía una fuerza brutal. Y cuando llegamos a Uruguay le pedí al director de Aduanas que me ayudara, que dejara pasar el equipo. Después dormí tres días seguidos, estaba totalmente agotado. Pero lo genial fue cuando lo enchufé y anduvo.

-¿Qué lo llevó a ser candidato a presidente en 1994?

-La gente decía que no había nadie a quien votar, y me pareció bueno usar la fama de los Andes al servicio de un movimiento nuevo. Pero descubrí que hay una relación perversa entre los políticos y la gente: los mismos que los critican son los que después les piden favores. Son ellos los que los corrompen. Y si uno no acepta esos códigos, no progresa en política.

-Su discurso también chocaba a mucha gente. Usted decía que los uruguayos se quejan pero que acá nadie pasa hambre de verdad.

-Así es. Hambre es cuando no hay nada para comer. Pero a veces la gente no está pronta para que les digas ciertas cosas. Todo tiene que ser políticamente correcto. Yo también decía que no me importa que los ranchos sean de barro mientras tengan computadora: quería apostar a la inteligencia. La gente se detiene en el consumo, el zapato de marca, se deslumbran con la burguesía. Persiguen lo que no es importante. Lo importante es el progreso de la mente, la inteligencia, los principios y los valores. Nadie es más que nadie si no hace más que nadie. Son las acciones las que cuentan.

-Usted dice que la cordillera le dejó algunas certidumbres respecto a cuáles son los principales valores. ¿Cuáles son?

-La honestidad, el coraje, la tenacidad, la inteligencia.

-¿La fe?

-La confianza. Son las cualidades al servicio de los valores y los principios éticos. Y una gran dosis de alegría de vivir. Lo importante es que cada noche puedas acostarte en paz.



Entrevista de Leonardo Haberkorn. Publicada en la revista digital chilena Veinte Mundos, en mayo de 2010




El aeropuerto ya tiene el nombre de un valiente

Cesáreo Berisso, pionero de la aviación, aeropuerto de Carrasco
Algunos quieren que se llame Carlos Gardel. Otros Mario Benedetti. Otros Wilson. Todos pretenden cambiarle el nombre al aeropuerto de Carrasco, que se llama Cesáreo Berisso.
La más entusiasta es la opción Benedetti. Incluso hay un proyecto en el Parlamento para que el aeropuerto lleve el nombre del best seller. Lo presentó la diputada oficialista Daniela Payssé y cuenta con el apoyo de muchos legisladores del Frente Amplio: “(Benedetti) fue una especie de embajador de Uruguay en el mundo, difusor de nuestra literatura. Le escribió al amor, al exilio, a la patria, al dolor y la solidaridad", dijo Payssé a la agencia Reuters. Miles de personas apoyan la iniciativa en un grupo creado con ese fin en Facebook.
Sin entrar a considerar los merecimientos de Gardel, Wilson y Benedetti, llama la atención la ligereza con la que todos parecen olvidar que el aeropuerto ya tiene nombre.
Quizás no sea para extrañarse: si los legisladores votaron la ley que liberó de toda culpa a los Peirano sin tener la menor idea de lo que estaban haciendo, qué se puede esperar del debate acerca del nombre de un aeropuerto.
Cesáreo Berisso fue un pionero. Sin embargo, las crónicas que hablan de esta noticia a veces ni siquiera lo nombran. En otros casos, apenas se lo define como “el primer hombre que sobrevoló el Uruguay”. No queda claro si es por ignorancia o para allanar el aterrizaje de Súper Mario en la pista de Carrasco.
Decir que Berisso fue “el primero en sobrevolar el Uruguay” no es falso, pero es injusto porque deja de lado los hechos principales.
El famoso primer vuelo sobre el Uruguay, Berisso lo realizó el 22 de junio de 1913, desde Los Cerrillos a la playa Malvín, a bordo de un biplano que más parecía “una gran cometa de tela y madera cruzada por todos lados con alambres, arriostramientos, cuerdas y palancas”, según lo describe Juan Maruri en el libro 75 aniversario de la Fuerza Aérea Uruguaya. Estuvo una hora y 15 minutos en el aire, a bordo de aquella cometa.
En 1916 ganó un raid entre Buenos Aires y Mendoza piloteando un avioncito que hoy se exhibe en la nueva terminal del aeropuerto. Vale la pena detenerse cinco minutos frente a aquella nave para captar en toda su dimensión la valentía de Berisso y la de todos los pioneros que, en diversos lugares del mundo, forjaron el nacimiento de la aviación.
Pero, aún siendo mucho, esa tampoco fue su principal hazaña.
Cuenta Maruri que Berisso, que formó a una generación entera de nuevos pilotos, tenía una “fantástica capacidad de hacer”, un entusiasmo inagotable y una salud que lo ayudaba en cada desafío que decidía enfrentar.
En 1929 se impuso unir en un vuelo Montevideo y Nueva York. “Hubiera sido una empresa loca y absurda para cualquiera que no fuera Berisso”, dice Maruri. Para llevar a cabo esa quimera, Berisso diseñó un avión y lo construyó enteramente en Uruguay. Todas las piezas, salvo el motor, fueron diseñadas por Berisso y fabricadas en el país. Al terminar la tarea bautizó al avión “Montevideo”. Cuando se subió para partir rumbo a Nueva York marcó un nuevo hito histórico: fue la primera vez en toda América Latina que alguien se atrevió a iniciar un gran raid aéreo a bordo de un avión de fabricación artesanal.
El Montevideo despegó y voló como cualquier avión europeo o norteamericano. Fue atravesando fronteras y, cuando volaban sobre Colombia y se había cumplido medio viaje, el motor falló. Berisso debió realizar un aterrizaje de emergencia en la selva. Uno de los tripulantes se partió el fémur y todos los demás resultaron ilesos. El Montevideo se incendió.
De regreso a Uruguay, Berisso no se rindió y fabricó otros dos aviones uruguayos con el mismo modelo que había volado hasta Colombia: el Montevideo 1 y el Montevideo 2. Nunca más nadie repitió la hazaña de inventar, diseñar y fabricar un avión en Uruguay y tripularlo hasta Colombia. Y eso fue en 1929.
Supongo que es suficiente, aunque queda todavía una historia más. En 1935 cuando se celebraron los 400 años de Lima, Berisso se subió a bordo de una pequeña nave de los años 20 y tras atravesar la cordillera de los Andes llegó a Lima y la bombardeó con millones de volantes que llevaban una poesía dedicada al Perú. Luego volvió a sortear la cordillera y regresó sano y salvo al Uruguay.
Seguro que Gardel, Wilson y Benedetti tienen sus méritos. Pero Berisso representa como pocos a un Uruguay que no era un “paisito”. Berisso encarna a un país que se pensaba grande y se atrevía a diseñar, fabricar y volar sus propios aviones, a lanzarse a conquistar Nueva York, la cordillera o lo que fuera, sin miedo a los aterrizajes de emergencia.
No sé si ese Uruguay llegó a existir, pero lo que sé es que Berisso no se detuvo a pensarlo, ni a quejarse.
Hoy no contamos con muchos ejemplos de aquel coraje.
No creo que sea buena idea borrar lo poco que va quedando.

Publicado en la edición de noviembre de 2010 de la revista Freeway.
el.informante.blog@gmail.com

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