21.7.24

Los abusos sexuales del cura Antelo

Tercera -y última- entrega de la serie sobre la Comunidad Jerusalén y el sacerdote Adolfo Antelo, a propósito del interés que el podcast del diario El País ha generado sobre el tema.


E
l caso de la Comunidad Jerusalén tuvo un cierre categórico el 2 de octubre de 1996, cuando el juez José Balcaldi determinó que existían elementos de convicción suficientes para procesar y recluir a su líder, el sacerdote Antelo. "Decrétase el procesamiento y prisión de Adolfo Antelo, imputado de un delito continuado de violencia privada y un delito de lesiones graves", decía el auto de procesamiento firmado por el magistrado.

El podcast del diario El País induce a error al señalar que Antelo "nunca estuvo en prisión. Murió de cáncer, sin condena, unos días después de que un tribunal de apelaciones confirmada su procesamiento".

Padre Adolfo Antelo, cura Adolfo Antelo.
Antelo sí estuvo preso, aunque no en una cárcel. El mismo dictamen del juez Balcaldi agregaba que "en virtud del mal estado de salud del procesado" y de que su enfermedad "requiere tratamiento permanente y es de gravedad", se disponía que permaneciera recluido en el lugar que el arzobispo de Montevideo, José Gottardi, entendiera "más adecuado". Algo parecido a la prisión domiciliaria.

Ese lugar donde Antelo pasó el último tramo de su vida, privado de su libertad, fue un hogar religioso salesiano.

Por lo demás, el auto de procesamiento con prisión del juez Balcaldi fue de tal contundencia que a partir de ese momento los defensores del cura violento se llamaron a silencio. 

Además de múltiples pruebas de las brutales golpizas que el líder de la Comunidad Jerusalén propinaba a sus integrantes, el juez reunió gran cantidad de testimonios respecto a sus abusos sexuales. La nota de la revista Tres que había terminado por llevar el caso a la Justicia tenía respecto a ese punto un único y valiente testimonio, el de Ana Coutinho, pero ante el juez las voces se multiplicaron.

Antelo vivía obsesionado con el sexo. La testigo M. S. declaró que "el padre Antelo en todas las charlas decía malas palabras, los ejemplos que ponía eran permanentemente obscenos, de relaciones sexuales, de homosexualismo". "Un día nos gritaba, nos insultaba y al otro día andaba a los abrazos y un poco más, digo, manoseos, caricias, abrazos, besos, todas esas cosas que uno no esperaba en un sacerdote".

L.T. relató que varias de las integrantes del grupo dormían con Antelo. "Había una cama chica, ellas decían que dormían en un colchón en el piso. Entraban dos o tres, pero pasaba la noche una. Siempre se turnaban". 

"Antelo -mientras hablaba- abrazaba a A.y permanentemente le pasaba la mano por debajo de la pollera. A mí me pasó estar sentada y que me tocaba las piernas, las ponía sobre las suyas estando ambos sentados y me las acariciaba levantándome la pollera, adelanta de todos (...) También era habitual que Antelo les tocara los senos a las chicas para sacarles el mal del cuerpo...".

M.G. declaró que oyó como Antelo le dijo a R. "Qué linda estás hoy, qué tetas lindas tenés y ella se reía como halagada. En esta oportunidad también me dijo: 'A ver cómo las tenés vos'. A mí me molestó tanto que me di vuelta y me fui". Varias veces vio como le tocaba los senos a R. y también a I,

A.P. vio como le tocaba los senos a C. "porque así la sanaba con el amor de Dios".

A.C. relató que una vez la integrante Y. estaba con fiebre en la cama. "Yo iba a entrar al cuarto a buscar algo y en el mismo momento salía Antelo y Y. estaba pálida y mal. Le pregunté qué le pasaba y ella me dijo: 'No sé por qué me hace esto'. Le pregunté: '¿Por qué te hace qué?'. Y me dijo que le había empezado a dar besos recorriéndole la cara, el cuello y todo por dentro del camisón. Y. era una de las chicas que dormía asiduamente con él".

La misma testigo agregó que "se cansó de ver actos obscenos, personas del sexo femenino que pasaban la noche en el dormitorio de Antelo, pero no que las hermanas, por lo menos a ella, le manifestaran ninguna reprobación y que fuera contra su voluntad".

A veces abuso físico y sexual se combinaban. R.G. declaró que vio como a M., antes de someterla a una brutal golpiza, la desnudó.

"Yo me saqué toda la ropa porque tenía miedo", le confirmó M. al juez Balcaldi.

Una vez, Antelo le ordenó a M.G.que se bronceara. "Dejó la orden de que usara un dos piezas para tomar sol, que era prácticamente un tres tiras, o si no que tomara sol desnuda (...) En esta ocasión, por obediencia y presión de las consagradas me dediqué a tomar sol, tanto que tuve quemaduras de segundo grado". Otra vez, Antelo sorprendió a esta integrante regresando de la playa y le ordenó que se quitara la remera y el short. Ante su negativa, le ordenó: "Sacate la ropa que quiero verte la malla". 

 A.V. declaró en el juzgado que "Antelo le tocó a S. la vagina por encima de la pollera y lo hizo para explicar una situación de forma jocosa". También le tocó la vagina a Y. delante de todos, relató D.K.

Antelo era muy consciente de que su conducta era inadmisible. L.T. narró que "nos informaba que eso no debía trascender porque ni en el Vaticano podrían entender (...) la relación que él tenía con las mujeres".

A Antelo también le gustaba tocarle los órganos sexuales a los hombres. 

A.V. y A.P, dos de los hombres del grupo, relataron que Antelo les toqueteó sus genitales.

"En una ocasión Antelo me invitó a que yo tomara sus órganos genitales (con mi mano por arriba de la ropa) y él hizo lo propio conmigo", declaró M.D.L.

A otro de los varones, P.G., lo hizo vivir una situación humillante delante de buena parte de la comunidad, hombres y mujeres. "Antelo me exigió que le mostrara el pene delante de él, en un rincón de la sala donde estaba el resto de las personas observando la espalda del cura. Él me lo exigió una, dos, tres veces. Al final yo le muestro mi pene y luego él mismo saca el suyo y me dice: 'Ves, esto es un macho'. Experiencia por demás humillante y que demuestra el estado de obnubilación en que yo me encontraba entonces, que no le llegué a pegar una trompada".

 



3.7.24

Entrevista a propósito de Caraguatá

El suplemento Sábado Show del diario El País me dedicó el 29 de junio una generosa entrevista a propósito de la publicación del libro Caraguatá. Una tatucera, dos vidas. Reproduzco aquí algunos pasajes. La entrevista completa puede leerse en la web de El País, en este enlace.

Entrevista Leonardo Haberkorn
 (...)

—Usted ha enfrentado el discurso oficial del MLN, ¿es el que triunfó teniendo perspectiva histórica?
—Hay un discurso casi hegemónico que minimiza la violencia previa al golpe de estado. Mucha gente dice que el MLN luchó contra la dictadura lo cual es mentira. (Mauricio) Rosencof dice en un libro que si tenían que desarmar a un policía lo hacían a las piñas, pero la verdad es que mataron a una cantidad de policías. Los que establecieron ese discurso oficial fueron Rosencof y (Eleuterio) Fernández Huidobro en sus libros y (José) Mujica en las entrevistas y libros que le hicieron. Había verdades que estaban escritas en mármol y no se podían discutir. Mi libro Historias tupamaras las discutió. Lo hice apoyándome en entrevistas a otros tupamaros que tenían una visión diferente de los hechos. Nunca nadie los desmintió. Pero es justo decir que también hay otros relatos que “acomodan” la historia. Los políticos minimizan el golpe de febrero, por ejemplo. Siempre hablan de junio, y ese es otro relato muy instalado. Lo que pasa es que en febrero no hicieron nada para enfrentar el golpe y dejaron que los militares se hicieran con el poder. El Partido Comunista lo apoyó. Ese también es un relato exitoso.
—Hay quienes dicen que poner el foco en relativizar el discurso del MLN puede ser funcional al discurso de la dictadura.
—Son comentarios que te aplican para intentar silenciarte. Como el acusarte de promover la teoría de los dos demonios. Son simples extorsiones. Conmigo no corren. Mi primera militancia política fue salir en bicicleta con mis amigos a pegar volantes por el No en las columnas y teléfonos públicos, en el plebiscito de 1980. Toda mi obra periodística es anti dictadura. Hay tres libros muy específicos, que son Gavazzo. Sin Piedad, La Muy Fiel y Reconquistadora y Herencia Maldita, pero también Milicos y tupas es una denuncia muy fuerte contra la tortura. Publiqué las actas del Tribunal de Honor donde Gavazzo admitía haber desaparecido a Roberto Gomensoro, un documento que entre Tabaré Vázquez, Miguel Ángel Toma y Guido Manini Ríos habían ocultado por motivos que aún nadie sabe. Obtuve con un pedido de acceso a la información pública y publiqué en La Diaria un documento clave para aclarar el asesinato de Vladimir Roslik.
—¿Su nuevo libro Caraguatá: una tatucera, dos vidas puede leerse como una continuación de toda esa saga?
—Sí. Pero no es una continuación de Historias Tupamaras, como se planteó en una reseña en La Diaria. En Historias tupamaras yo discuto, en base a testimonios de exintegrantes, los grandes postulados de la historia oficial del MLN. En este libro no me interesó recorrer ese camino. Por el contrario, reconstruyo la vida de dos tupamaros importantes como Ismael Bassini, fundador del MLN, y de Enrique Osano, con sus claroscuros. Recojo sus puntos de vista sobre hechos importantes y graves. Y, en este libro, nunca discuto ni doy mi punto de vista. No juzgo. Todo el juicio lo dejo en manos del lector. Son dos libros muy distintos. En Caraguatá, además, dediqué mucho esfuerzo y espacio a investigar y contar cómo el Ejército mató al tupamaro Walter Sanzó, también en la misma tatucera. Fue una muerte que también pudo evitarse. Y se incluye un testimonio que yo entiendo muy relevante de un militar, el capitán Dyver Núñez, un oficial del Ejército que habla de la tortura y de qué ocurría cuando un militar se negaba a practicarla. Todo eso se ignora y se escatima. Ocurre que diciendo que es una continuación de Historias tupamaras se busca que el público de izquierda no lo lea. Ya estoy acostumbrado a ese tipo de mezquindades.
—El libro habla del asesinato de Pascasio Báez y de Walter Sanzó, del cual no se conocía mucho. ¿Qué le llamó la atención de ese episodio en particular?
—En mis trabajos anteriores varios entrevistados me habían hablado de Bassini, como un militante especialmente bueno, sensible, incluso ante sus enemigos. Y esa persona especialmente buena termina matando a Pascasio Báez. Ese dilema, ese misterio, siempre me había hecho querer entrevistarlo, llegar al fondo, entender qué paso. Cuando aceptó recibirme y empezamos a charlar me di cuenta de que su cosmovisión era interesante y excedía lo de Pascasio Báez. Leyendo sobre el Caraguatá, supe que el Ejército había matado a una persona, que era Sanzó. Descubrí que cuando lo mataron el tema llegó al Parlamento de la mano de Zelmar Michelini y Juan Pablo Terra en el 72. Advirtieron que estaban matando gente, que el Ejército actuaba sin control pero no pasaba nada. Me pareció una historia digna de ser investigada y contada, y no me defraudó.
-En el libro se cuenta la vida de Bassini, pero también de otro tupamaro: Enrique Osano.
-Cuando Bassini llegó al tema de Pascasio Báez me dijo que Osano había tenido un rol importante en ese desenlace trágico. Y decidí entonces ir a buscar su punto de vista. Resultó que su versión era distinta a la de Bassini. Entonces Caraguatá es la historia de Bassini, Osano, y de Pascasio Báez y Sanzó.

(...)

—¿Militares y tupamaros desterraron el terrorismo como opción?
—Pienso que hoy no es una opción para nadie. Pero el Ejército debería hacer un reconocimiento explícito de cosas que ocurrieron y que no ha hecho, como que se uso la tortura de manera generalizada. La Fuerza Aérea admitió que trajo un avión lleno de detenidos desde Buenos Aires, que están desaparecidos. Y ese sigue siendo el gran tabú: ¿hubo un ajusticiamiento masivo de esos detenidos? ¿Dónde están los cuerpos? Del lado de los tupamaros puede haber alguno suelto en la casa que piense que hay que volver a la lucha armada, pero hoy no es una alternativa. Mujica hoy es un demócrata convencido pero no ha sido explícito en asumir que se equivocó.
—¿Por qué?
—Yo he tratado de hablar de este tema con Mujica y no lo he conseguido. En la película de Kusturica él dice que todo lo que sufrió por estar preso en condiciones espantosas valió la pena y que lo hizo mejor persona. En Desayunos Informales le pregunté que aunque para él hubiera sido mejor, qué pasaba con la gente que lo seguió, la que fue víctima del MLN y para el Uruguay todo. La respuesta fue evasiva. Él sabe la respuesta y su accionar político lo demuestra, porque se alineó a la democracia, pero no lo explicita. Ocurre que la verdad va en contra del discurso que cree Kusturica y que cree el mundo. Es difícil ir contra eso, aunque le haría un gran favor al Uruguay si lo dijera con todas las letras.
—¿Qué lectura hace del reclamo de María Topolansky, que dijo que su hermana Lucía y su cuñado José Mujica no fueron “hasta el hueso” en la búsqueda de desaparecidos?
—Salvo algunas excepciones que han servido para ubicar algunos de los cuerpos que se han hallado, quienes tienen los datos de los enterramientos no los han compartido. Siguen guardando el secreto. Son sordos a las apelaciones a contribuir a sanar esta herida y llevarle paz a esas familias y al país. Eso ha dificultado la tarea a todos los presidentes que buscaron a los desaparecidos, desde Tabaré Vázquez hasta Lacalle Pou. Quizás Mujica tuvo un resorte adicional al cual apelar: los nexos establecidos entre el MLN-T y los Tenientes de Artigas. Quizás Topolansky cree que, con esa relación o con otros resortes, Mujica pudo haber hecho más. Pero es ella la que puede aclararlo.
—Hace dos meses protagonizó un fuerte cruce con Manini Ríos en Desayunos Informales cuando él lo acusó de haber puesto el tema de Gavazzo sobre la mesa en 2019 para opacar el surgimiento de Cabildo Abierto, ¿cómo le cae ese señalamiento?
—Manini tuvo la oportunidad en el Tribunal de Honor de Gavazzo de establecer que la tortura y que matar a un prisionero indefenso era condenable para el Ejército. Sin embargo fue por un camino de castigar a Gavazzo por una cosa infinitamente menos grave que es haber permitido que un militar estuviera preso por un asesinato que no había cometido. Gavazzo en el Tribunal de Honor dijo que él había tirado a Gomensoro en el río Negro, pero Manini no presentó el caso en la Justicia y después le llevó las actas a Tabaré Vázquez sin destacar esto, adosándole un documento de críticas a la justicia. Eso estuvo un año dando vueltas y ni Manini ni Vázquez ni Toma llevaron el caso a la Justicia ni lo hicieron público. Todo el paquete estaba escondido. Y a todos los que esperaban que eso quedara así para siempre les dio bronca que yo lo destapara. Desde que salió eso el semanario de Cabildo Abierto, La Mañana, y Manini en persona me han atacado de todas las maneras posibles. Todo lo que publiqué era verdad y merecía saberse. Nunca recibí tantas felicitaciones por una nota como el día que publiqué lo que decía en ese Tribunal de Honor: desde Pedro Bordaberry hasta Daniel Martínez, que entonces era el referente del Frente Amplio, me escribieron. Manini sigue sangrando por la herida, lo lamento por él. 

(...)

20.6.24

Un teniente Duarte, dos tenientes Duarte, cien tenientes Duarte

Desde que en diciembre de 2021 publiqué el caso de un suboficial de la Armada enviado a prestar servicios a una tapera en la mitad de la nada como castigo por haber denunciado a sus jefes corruptos ante la justicia, comencé a recibir decenas de denuncias de casos similares en las fuerzas armadas.

El del teniente Nelson Duarte fue uno de ellos. 

Hoy en Desayunos Informales hablé largo y tendido del tema. Vaya como disculpas para todos aquellos que no he podido atender todavía.


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