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24.8.22

Mercader y el último golpe tupamaro

Antes de ser político, Antonio Mercader fue un muy buen periodista. Siendo joven llegó a estar al frente de la redacción del vespertino El Diario, en una época en que cada tarde se vendían 150.000 ejemplares o más, cifra utópica para la prensa uruguaya desde hace ya muchos años.

Mercader, que falleció en 2019, solía decir que el periodismo es una gran profesión para saber dejarla a tiempo.

Él presumía de haberlo hecho. Pronto abandonó la prensa y se dedicó a la publicidad. Luego pasó a la política. Pero en su libro póstumo editado en 2021, El último golpe tupamaro, “Manino” volvió a usar aquellas herramientas de su primer oficio, y lo hizo con una gran calidad y destreza.

El libro tiene como epígrafe una frase de Hannah Arendt: “Ninguna filosofía, análisis o aforismo, por profundo que sea, puede compararse en intensidad y riqueza de significado, con una historia bien narrada”.

Y eso es lo que Mercader logró con esta obra.

El último golpe tupamaro es un libro ágil y muy bien escrito, que se lee muy rápido. Claro, ordenado e inteligente, es un trabajo muy serio, pero con algunos toques de humor irónico que lo enriquecen. Es una obra muy útil como fuente de consulta ya que resume muy bien un hecho importante al que cada tanto vuelve el debate público: la tragedia del Filtro.

La culminación del relato son los violentos sucesos de la noche del 24 de agosto de 1994, cuando una multitud resistió la extradición a España de tres miembros del grupo terrorista vasco ETA, y el joven Fernando Morroni, de 24 años, murió baleado por la policía.

 

País tupper

 “El último golpe tupamaro” es un libro muy documentado. Mercader revisó la prensa uruguaya y la española, los libros ya publicados sobre el tema y los documentos fundamentales, incluyendo las sentencias de la justicia. Sumó alguna entrevista propia, la principal de ellas al hoy también fallecido Eleuterio Fernández Huidobro.

La fortaleza del trabajo no está en nuevas grandes revelaciones. Que el MLN hizo en el Filtro su último ensayo de lucha callejera, de asonada violenta, ya lo ha admitido Jorge Zabalza y lo han documentado académicos como Fito Garcé.

Lo que hizo Mercader en esta obra fue unir todos los puntos dispersos, darles una hilación y un sentido. Vincular lo ocurrido con los antecedentes, con las consecuencias, con el contexto uruguayo, español e internacional, para hacer que todo el episodio adquiera un sentido completo. Narrar la historia como pedía Hannah Arendt.

En el centro de la trama están la ETA y el MLN, la relación entre ambas organizaciones y cómo esas vinculaciones confluyeron en el Filtro. Aquel día de 1994, casi una década después de recuperada la democracia, los tupamaros todavía seguían sin renunciar del todo a la violencia como herramienta política.

Mercader buceó en los archivos de la prensa española para historiar las actividades de ETA en Uruguay, su nexo con el MLN y otras organizaciones. Al respecto el libro documenta mucho y al mismo tiempo deja la sensación de que todavía hay piezas que faltan.

Los etarras en Uruguay intercambiaban mensajes secretos con un código cifrado. En esos crípticos telegramas a Argentina le decían Asia; a Estados Unidos, Estocolmo; a Venezuela, Valencia. Siempre tomaban la primera letra de cada nombre para buscar la palabra alternativa. Sin embargo, a Uruguay, no se sabe por qué, le decían Tupperware. A partir de esa revelación, Mercader -con humor- pasa a llamar Tupperware a Uruguay, el país-tupper, la comarca cerrada donde la información que el mundo tiene por buena no cuenta. No asumimos los hechos a veces porque los desconocemos, y otras porque –a pesar de conocerlos- elegimos ignorarlos para no violentar la corrección política.

Los datos de la realidad indicaban que ETA no era ni nunca había sido la genuina representante del pueblo vasco. Que asesinaba sin piedad. Y que en España, un país con separación de poderes, los etarras tendrían un juicio justo. Pero la propaganda pro ETA de esos días machaba con todo lo contrario. Y en el país tupper algunos prefirieron hacerse los otarios.

Cuarenta y ocho parlamentarios de todos los partidos firmaron una solicitada que reclamaba el asilo político para los etarras. El senador blanco Alberto Zumarán hizo gestiones por ellos. Hugo Batalla fue a darles apoyo. Seregni y Tabaré Vázquez también.

Ante un episodio clave, la política oriental no supo discernir entre dictadura y democracia. España era una democracia, como lo es hoy, pero muchos políticos uruguayos actuaron como si no lo fuera. Igualaron la voz del Estado español con la de una organización terrorista.  

También la Universidad de la República se sumó a la confusión. El PIT CNT decretó con una huelga general por tiempo indeterminado. Se organizó una marcha que encabezó José D´Elía y que culminó en un acto en el que habló Juan José Bentancor.

No se me ocurren dos sindicalistas con mejores credenciales democráticas que D´Elía y Bentancor, un dirigente al que traté y siempre fue ejemplo de caballerosidad, mesura, tolerancia y pluralismo.

¿Cómo dos personas así pudieron involucrarse en un acto en favor de tres integrantes de un grupo terrorista que ya había asesinado a más de 700 personas?

 

El “otro” muerto

Aunque el foco del libro está puesto sobre el MLN, la policía es otro de sus temas. Aquella noche, ante la violencia organizada, las fuerzas de seguridad abrieron fuego sobre la multitud en forma indiscriminada. Las balas mataron a Morroni, pero pudieron haber matado a muchos más. El homicidio del muchacho permanece impune hasta hoy.

Mercader retrata en el libro a una policía atrasada y con una falta de preparación lindante con lo criminal. No tenía ni carros lanza agua ni munición no letal. Enfrentadas a la asonada, las fuerzas policiales reaccionaron como un malón, disparándole a quemarropa a la multitud.

El libro es también una denuncia sobre el Uruguay de hoy. Cuando Mercader lo terminó de escribir, durante la presidencia de José Mujica, ninguna editorial se animó a publicarlo. Eso dice mucho sobre el país en que vivimos.

Mujica formó parte del accionar planificado por el MLN en apoyo de los etarras, un ingrediente central del cóctel que terminó en tragedia.

Tengo dos historias personales sobre esa noche.

Los sucesos ocurrieron una noche de miércoles. Yo trabajaba en el semanario Búsqueda y ese era el día de cierre. Por eso, aunque ya hubiéramos terminado nuestro trabajo, los miércoles todos los periodistas debíamos permanecer en la redacción hasta la medianoche, cuando la edición entraba en la imprenta. Nos quedábamos llamando a nuestras fuentes, buscando alguna noticia de último momento.

Recuerdo muy claro cuando el cronista judicial regresó del Filtro y contó de los violentos incidentes. Lo habían enviado a cubrir la extradición de los vascos porque aquello era un procedimiento judicial: pedido por la justicia española y ordenado por la uruguaya, no por el gobierno de Uruguay.

A todos los que estábamos en la redacción nos encargaron alguna tarea vinculada a conseguir información sobre lo que había ocurrido. Se decía que había dos muertos, Morroni y Roberto Facal.

Me encomendaron ir al velorio de Facal. Se presumía que podía ocurrir allí algún incidente violento.

Llegué. No había manifestantes. Entré a la sala velatoria. Había poca gente, mucho silencio y un lógico ambiente de pesar. Me senté. Nadie hablaba. Un familiar se me acercó y me preguntó qué hacía allí. Le dije que era periodista. Me manifestó que esa muerte no tenía nada que ver con el Filtro y me pidió que por favor me retirara.

Años después entrevisté a otro allegado a Facal que me dijo lo mismo: su muerte, apuñalado, no tuvo que ver con la represión policial.

Mercader publica en su libro la sentencia judicial del caso Facal, en la que se condenó a dos personas ajenas a los episodios político-policiales.

Pero la insistencia en decir que hubo un segundo muerto persiste.

 

Las bases del PIT-CNT

El otro episodio personal tiene que ver con la huelga decretada por el PIT-CNT en favor de los vascos. Tras las primeras 24 horas de paro general se convocó a una Mesa Representativa. Se hizo en la sede de la federación del transporte. Yo era el cronista sindical de Búsqueda y ahí estuve. El clima era muy tenso. Se vetó la presencia de periodistas. Pero varias fuentes me contaron lo que ocurrió: muchos sindicalistas relataron que sus bases no entendían por qué el PIT-CNT estaba haciendo esa huelga a favor de tres etarras. Si el paro seguía, se corría el riesgo de que muchos trabajadores lo desacataran. Se votó darlo por concluido.  

A propósito del libro de Mercader, Martín Aguirre escribió en El País que los episodios del Filtro demuestran que “la grieta” en 1994 era mayor que ahora.

Creo que no. La mayoría de la gente, incluyendo a miles de trabajadores afiliados al PIT-CNT, no querían hacer un paro por ETA. Nadie lo entendía. Pero la política había sido ganada por un microclima ajeno a la realidad.

Más allá de la asonada del MLN y su apoyo a la ETA, ese es el gran tema del libro: cómo una eficaz mezcla de desinformación y propaganda, mucha manija bien atizada con sentimientos de justicia y defensa del más débil, puede llevar a un país por caminos insospechados y trágicos.

También pesó el silencio de todos los que callaron para no llevarle la contra a los abanderados de la corrección política.

Mercader cita una frase autocrítica del exdiputado y ministro socialista José Díaz: “Todos los que, como en mi caso, no participamos de las manifestaciones, tenemos nuestra cuota parte de culpa por no habernos explicado con más contundencia y (no) haber generado ámbitos de debate sobre el tema de fondo que consiste en señalar que la causa de los etarras no es la del pueblo vasco”.

Salvando las distancias, hoy pasa algo parecido con los anti vacunas: desinformación, manija, apelaciones a dictaduras que no son tales, líderes de grupos minoritarios azuzando las aguas y mandando a otra gente al muere. Mañana, ¿cuál será el tema?

En ese sentido, el libro de Mercader deja una sensación de angustia. Somos manipulables y también lo son nuestros líderes. Pasó y puede volver a pasar.

La verdad, el debate, la información, el no callarse por miedo a la reacción de la propia tribu, son los mejores antídotos.

 

Nota publicada en diario El Este, 13 de noviembre de 2021 


MLN ETA FILTRO
Tapa del libro


21.5.12

Cuatro testimonios sobre los cuatro soldados

Dediqué varias páginas del libro Milicos y tupas al atentado del MLN-T que le costó la vida a cuatro soldados el 18 de mayo de 1972.
Lo hice porque uno de sus protagonistas, el hoy coronel retirado Luis Agosto, cuenta en el libro que él había mirado con simpatía al MLN hasta ese día, y que lo mismo le había pasado a muchos de sus camaradas de armas. Por eso, si el episodio había enterrado en forma definitiva las pretendidas esperanzas tupamaras de captar para su causa a una parte de las Fuerzas Armadas, me pareció importante llegar al fondo de la verdad de cómo habían muerto los cuatro soldados: Saúl Correa, Ramón Ferreira y Osiris y Gaudencio Núñez.
Me costó, pero logré entrevistar a un protagonista del atentado y a tres testigos directos. Nada de fuentes anónimas: los cuatro dieron la cara y hablaron con nombre y apellido.
Todos coincidieron: no hubo ningún enfrentamiento ese día. Lo que hubo fue un vulgar asesinato: los soldados estaban adentro de un jeep tomando mate y fueron acribillados por un comando tupamaro.
Uno de los testigos es el hoy coronel retirado Washington Bertrand, que vivía a poco más de media cuadra de lugar del atentado, y apenas escuchó los disparos bajó corriendo con su ropa de cama y un arma de fuego para intentar repeler el ataque.
Los otros dos testigos son aún más directos. Gerardo Ruiz vivía en la calle Abacú, enfrente mismo a la casa del comandante del Ejército, general Florencio Gravina, que los cuatro soldados custodiaban. Su padre vio pasar la camioneta del MLN y ametrallar el jeep. Gerardo estaba en el baño, el estruendo de la balacera lo hizo tirarse al suelo. Luego, inmediatamente, salió a la calle.
La otra testigo es todavía más directa. La señora María Santo, que vivía en la casa contigua al comandante del Ejército, estaba en la vereda cuando la camioneta del MLN pasó por allí. Ella vio con sus propios ojos asomar los caños de las ametralladoras, y su propia casa recibió decenas de impactos de bala. Algunas de las huellas de esos impactos todavía eran visibles cuando yo visité la casa.
El protagonista que accedió a hablar del episodio es el hoy director de la Biblioteca Nacional, el escritor Carlos Liscano, viceministro de Educación y Cultura en el gobierno del primer presidente frenteamplista Tabaré Vázquez,
Liscano preparó y llevó las armas con las que se realizó el atentado. En una entrevista que le hizo La Diaria declaró: "Cuento cosas en el libro de Haberkorn que el 99% de los tupamaros no sabían o no querían saber. Porque yo sé cómo fueron, y creo que debo tener una actitud de lealtad con la verdad".
¿Qué es lo que cuenta Liscano en Milicos y tupas?
Lo mismo que vieron o escucharon los tres testigos directos entrevistados.
Dice Liscano en el libro:
Tupamaros, Ejército, 18 de mayo de 1972
Saúl Correa
"Había un milico en el balcón y le iban a dar al milico. Pero como el auto se demoró, llegaron casi una hora tarde. Y a esa hora los milicos estaban en el jeep tomando mate. El MLN tiene otra versión y desmiente que estuvieran tomando mate. Pero es cierto. Estaban tomando mate. Los milicos estaban tomando mate adentro de jeep. Entonces cuando llegaron y vieron esa situación dijeron ¿y ahora qué hacemos? Y el jefe del operativo dijo: dale. Y les dieron. Y el del balcón apenas tiró un tiro al aire. No hubo enfrentamiento. No hubo nada".
Una coincidencia exacta con los testigos. Y por otra parte: ¿por qué mentirían los vecinos? Alguien podría dudar de Bertrand por ser militar. Pero ¿y los otros dos? ¿Por qué mentiría una anciana vecina como la señora Santo? ¿Y Ruiz? 
Todo esto está en el capítulo 6 de Milicos y tupas, entre las páginas 79 y 94, donde hay más información y detalles y el jefe tupamaro Henry Engler explica por qué se decidió esta operación. 
Tal parece que el periodista Roger Rodríguez, a quien valoro y aprecio mucho, y que tanto ha hecho en la búsqueda de información sobre los horrores ocurridos en la dictadura, no lo leyó. En la nota que escribe en el último número de la revista Caras y Caretas dice que el caso es polémico y que hay dos versiones: una del Ejército y otra tupamara. Ni una mención a los testimonios de Liscano, Betrand, Santo y Ruiz.
Y más ignora a estos testigos un artículo publicado en la última edición del semanario Brecha. Allí el periodista Samuel Blixen escribe que los cuatro soldados "murieron en un combate con tupamaros".
Blixen, que integró el MLN, suscribe así la versión tradicional de la guerrilla, muchas veces repetida y que también sostiene que la famosa y dramática foto de los cuatro solados fue preparada por los militares.
El problema es que hoy entre la versión tradicional tupamara y la realidad se interponen cuatro personas llamadas Bertrand, Santo, Ruiz y Liscano.
Milicos y tupas - 18 de mayo de 1972 - atentado jeep cuatro soldados¿Piensa Blixen que yo inventé sus testimonios? ¿Piensa que los cuatro entrevistados mienten? ¿Y por qué lo harían? ¿Por qué mentiría la señora Santo? ¿Y Ruiz, que es tan o más izquierdista que el propio Blixen? ¿Y Liscano? El escritor comprometido, preso, torturado, funcionario leal del primer y del segundo gobierno del Frente Amplio, ¿también miente? ¿O quizás piensa Blixen que los cuatro testigos no mienten, pero se equivocan? Pero, ¿cómo podrían equivocarse si estaban allí cuando todo ocurrió?



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