21.4.16

La (no) clientela de los diarios

Hoy estuve hablando con el kiosquero que me trae los diarios cada mañana. Me contó lo que ya sabemos: los diarios venden cada vez menos. Pero me dio un dato que no conocía, nuevo y triste. Me dijo que cada vez hay más gente que hace esto: llega al kiosco, compra el diario, toma el coleccionable que trae ese día y devuelve el cuerpo del diario, el diario en sí, porque no le interesa ni siquiera darle una mirada.
En la mañana de hoy le pasó dos veces: dos personas compraron un matutino por un coleccionable infantil, pero el diario no lo quisieron llevar. Lo dejaron ahí. No les interesó ni para leer los títulos, ni para mirar las fotos, ni para vicharlo un poco, ojearlo u hojearlo. Nada de nada. Lo dejaron tirado.
En los años 80 se popularizó el modelo de distribuir diccionarios, enciclopedias, colecciones de lo más variadas junto al diario.
No tiene nada de malo.
Lo malo es que, al menos en Uruguay, se apostó más a ese modelo que a defender el principal producto que debe ofrecer toda publicación: la información de calidad. Se supone que a para eso existe el periodismo.
Punto y aparte, periodismo, prensa, Uruguay
En la edición de junio de 1990 de la revista Punto y aparte me pidieron que escribiera un artículo pronosticando cómo sería la prensa en esa década que comenzaba: "Las probabilidades de leer prensa independiente serán tan escasas como hoy", escribí. "Los diarios subsistirán, de todas maneras, gracias a regalar libritos y pasajes a Buenos Aires".
Y así pasó una década tras otra.
No fue gratis.
El futuro, que luce negro, ha llegado.
Los diarios tienen la (no) clientela que se merecen.
Han trabajado para ello.
Es de esperar que los nuevos medios digitales aprendan la lección. Aquellos que piensan que sobrevivirán generando clicks con informaciones pedorras, tests, videos virales, memes, ilusiones ópticas, títulos engañosos, falsas noticias y fotos de culos y tetas, están equivocados. La información de calidad es el verdadero negocio del periodismo.
Los que nunca lo entendieron hoy están pagando las consecuencias.


2.4.16

La palabra clave es reincidencia

Un uruguayo llamado Víctor Brosque desapareció a fines de diciembre de 2015 y su cadáver su hallado días después en la ciudad de Treinta y Tres.
La trama de este crimen fue descubierta por casualidad. Dos ladrones de Maldonado robaron una casa, uno de ellos se amputó un dedo con un vidrio cuando intentaba ingresar a la vivienda, y los dos fueron al hospital manejando el auto del asesinado.
Siguiendo la pista de cómo el auto había llegado hasta los dos ladrones, se encontró a los asesinos.
Uno de los ladrones se llamaba, se llama, Martín. Como no se trataba de un delincuente primario, las autoridades y la prensa publicaron su nombre completo.
Buscando en internet se encuentran varias referencias a su carrera delictiva.
En enero de 2012 fue detenido y procesado por un robo de joyas en Punta del Este que había ocupado mucho espacio en los medios. Al parecer ya no era un delincuente primario. Un medio de prensa de Maldonado informó que estaba requerido por haberse fugado del hospital psiquiátrico de San Carlos.
No estuvo mucho tiempo preso. En octubre de 2014 fue procesado otra vez con prisión por circular armado por la calle.
No estuvo mucho tiempo preso. En julio de 2015 fue procesado otra vez con prisión como autor de un hurto agravado.
No estuvo mucho tiempo preso. En enero de 2016 ya estaba robando otra vez, usando el auto del recién asesinado Víctor Brosque.
Esta es la calesita infernal de la que nadie se hace cargo y que tanto ha rebajado la calidad de vida de este país. Ayer mismo asesinaron a un almacenero.
El caso de este ladrón no es ni por asomo el más grave. Hay delincuentes más peligrosos y con muchas más entradas y salidas de la cárcel. Algunos superan la decena. Están en la calle con el visto bueno de las autoridades, pero todos saben que volverán a delinquir.
¿No será hora de tratar con más severidad la reincidencia recurrente en el delito?

21.2.16

Qué lo parió, Mendieta

A propósito de mi a esta altura famosa renuncia a dar clase en una universidad, me veo obligado a hacer un par de aclaraciones respecto a ciertas críticas que he oído.
Pensé que era evidente, pero al parecer no lo es: no estoy en contra de internet, ni de Google, ni de Facebook, ni de Twitter ni de Whatsapp.
Los uso todos. Tengo este blog y lo sostengo desde hace muchos años. Trabajo en un portal. Soy muy activo -y me va bastante bien- en Facebook y en Twitter. Tengo cuenta en Instagram y estoy en unos cuantos grupos de Whatsapp.
A todas estas herramientas les saco muy buen provecho como periodista.
También las usaba como profesor. Y enseñaba a usarlas mejor. A obtener temas e información a partir de ellas. Todas son instrumentos que permiten potenciar el trabajo del periodista.
Claro, si se las usa adecuadamente.
Si estás entrevistando al presidente y te distraés mirando el último mensaje de whatsapp de tu grupo de pilates, la entrevista no va a salir muy bien.
Si estás escribiendo una nota, o mirando una película que tendrás que comentar en un obligatorio, y sentís urgencia en ver la penúltima selfie de la novia del hermano del primo del vecino del rancho que alquilaste en Punta del Diablo, algo está mal.
No te va a ir bien en el obligatorio.
Eso es lo que conté, lo que escribí.
Parece que no estaba claro.
Hay algunos mayores de 40 que tienen menos comprensión lectora que los muchachos de 18.
El otro gran argumento con el que me castigan algunos es el de haber osado mostrar a los jóvenes de 2016 la entrevista de Oriana Fallaci a Galtieri, que es de 1982.
Parece que la apatía y la falta de curiosidad -que son peores y más graves que el abuso del celular- son culpa mía y de la italiana.
La entrevista es vieja, dicen las mentes esclarecidas.
Hablan de las Malvinas y de la dictadura en Argentina. Temas viejos.
Los grandes temas de la entrevista son la democracia y los desaparecidos.
No hablemos más de los desaparecidos. Es viejo.
David Frost, Richard Nixon, entrevistas, enseñanza, periodismoCon su mismo modo brillante de razonar, ya andarán por ahí pidiendo que los profesores de literatura la corten con la Divina Comedia (viejísima). Mejor que leer un bajón como el Diario de Ana Frank (viejo) siempre se puede leer el catálogo de Tienda Inglesa (nuevo, el último) o la letra de la canción de El Reja y Julio Ríos (nuevísima, hace calor).
La entrevista a la Fallaci se usa en clases de periodismo como ejemplo de entrevista confrontativa. Es clara la preparación previa de la periodista, su conocimiento a fondo del entrevistado, sus dichos y actos. Conoce y tiene información detallada de las circunstancias que rodean a su entrevistado. Tiene un punto de vista, pero está muy atenta a lo que le responde el dictador. Repregunta. Avanza. No se achica. El resultado es brillante. Se podría decir que es al periodismo lo que una composición de Mozart es la música. ¿A Mozart también hay que dejarlo de lado?
Otra entrevista memorable es la que David Frost le hizo a Richard Nixon en 1977. ¡Si será burro Ron Howard que decidió hacer una película sobre ella en 2008! Seguramente lo hizo apuntando a un público septuagenario. Confieso que también pasé esa película en clase y que si algún día doy un curso o taller, volveré a pasarla. No hay caso. No escarmiento.
Hay tipos que son ingenieros, músicos o burócratas o zapateros. Pero saben cómo enseñar a hacer una buena entrevista.
Como Fontanarrosa hacía que Mendieta le dijera a Inodoro Pereyra:
Qué lo parió.

8.2.16

Lo que no se dice del "ajuste de cuentas"

Hace dos noches, frente a la pizzería más concurrida de Solymar, una adolescente murió aplastada por una camioneta fuera de control, porque su conductor, lo mismo que su esposa, acababa de morir acribillado a balazos disparados desde otro automóvil en marcha.
La chica tenía 16 años y estaba esperando a sus amigas para ir a un baile, según dijo la prensa.
La persecución del auto desde el cual se disparaban armas automáticas contra la camioneta que finalmente terminó matando a la adolescente se prolongó a lo largo de casi un kilómetro, por la súper transitada y comercial avenida Giannattasio. Que no muriera más gente fue una mera casualidad.
Tras la tragedia, en forma casi inmediata, se conocieron declaraciones de Johnny Diego, subjefe de Policía de Canelones, quien declaró a El País "que los primeros indicios muestran que puede tratarse de 'un ajuste de cuentas' por narcotráfico".
Es probable que así haya sido, ya que el hombre acribillado tenía antecedentes judiciales por esa causa. De todos modos, eso no le quita magnitud a la tragedia.
No conozco el tono en que el subjefe Diego se refirió al "ajuste de cuentas". Pero en muchas otras ocasiones he escuchado a otros funcionarios hablar de los asesinatos por "ajustes de cuentas" como si se tratara de un atenuante, como si por ello fueran menos graves y no del todo malos: los criminales se matan entre ellos.
La idea fue resumida a la perfección en 2014 por el subsecretario del Ministerio del Interior, Jorge Vázquez: “La mayoría de los uruguayos, si no están en el mundo del narcotráfico, del crimen organizado, o tienen un problema familiar grave, es muy probable o casi seguro que no sean víctimas de homicidio”.
armas drogas ajuste de cuentas
Armas, drogas y dinero encontrados por la policía en un auto
en Maldonado. Foto: Unicom
Una sentencia que, una vez más, no se cumplió en el caso de la adolescente de 16 años muerta en la avenida Giannattasio.
El error de todos los que esgrimen la teoría del atenuante por "ajuste de cuentas" es no ver que, lejos de ser tranquilizante que las mafias de narcotraficantes pululen y anden a los balazos por la ciudad, es un signo de que algo está muy mal y pronto quizás esté mucho peor.
Basta conocer un poco lo que pasa en otros lugares del mundo.
Con el auge de las mafias del narco no solo se multiplican los "ajustes de cuentas" y los homicidios de criminales por parte de criminales. También se multiplica el uso de la violencia desatada y sin límites, que lleva a atentados salvajes como el que costó la vida a la chica de la avenida Giannattasio. Crece el número de sicarios. Aumenta el poder de fuego de las armas que se emplean. El narco quizás no quiera matarte, pero no tendrá problemas en abrir fuego con una ametralladora en una avenida o en la puerta de un baile.
Pero eso no es lo más grave. Lo peor, y hay que ser muy frívolo o desinformado para no asumirlo, es que el narcotráfico tiene la capacidad de corromper a todas las instituciones de la sociedad, incluyendo gobierno, sistema judicial y policía. Y cuando eso ocurre, el costo en vidas suele ser gigante. Para empezar, porque los que no aceptan la ley de la mafia son asesinados, no importa si es un humilde trabajador, el director de un diario o un juez.
La versión buenita del narco que difunden los funcionarios uruguayos -delincuentes que solo matan delincuentes- no se comparece con la experiencia mundial.
En México la actividad de las bandas narcotraficantes y la guerra en su contra ha costado entre 60.000 y 165.000 personas muertas entre 2007 y 2014, según quien haga la cuenta. Hay más de 26.000 personas desaparecidas por causas relacionadas con el narco. El país se transformó en el peor y más peligroso lugar para ser periodista, solo superado por Siria.
Ese es el verdadero mundo detrás de los "ajustes de cuentas".
No logro entender: ¿de qué son atenuantes?

13.1.16

Víctor Hugo: vivir ocultando el pasado es un infierno grande

En una de sus verborrágicas diatribas contra Relato Oculto, a Víctor Hugo Morales se le escapó decir que había creído que el libro tendría más fotos suyas con militares. Ahora sé por qué lo dijo.
En base a distintas pistas que los lectores me han ido acercando, he podido confirmar dos novedades respecto a Morales. La primera es que sus relaciones de amistad y compañerismo con personal militar durante la dictadura no estuvieron acotadas al batallón Florida. La segunda es que a fines de los años 90 el relator deportivo impidió que se publicara una biografía realizada por uno de los más prestigiosos periodistas uruguayos, para que no se recordaran aspectos de su vida que en ese momento consideraba inconvenientes de rememorar.

Donde calienta el sol

Además de la intensa vida social que desarrolló en el batallón Florida y con sus integrantes en la noche montevideana durante 1975, 76 y 77, tal como lo documenta Relato Oculto con once testimonios de personas que lo atestiguan con nombre y apellido, tres de ellos de civiles, además de fotos y la grabación de un discurso suyo en ese cuartel, Víctor Hugo Morales también frecuentó otras unidades militares durante la dictadura, entre ellas el batallón 13 de Infantería del Ejército.
Su concurrencia a este cuartel se prolongó durante dos o tres años, entre 1976 y 1979, según estimaron las fuentes consultadas. Víctor Hugo, con el equipo de Canal 4 eran infaltables participantes de unos campeonatos de fútbol cuadrangulares que se realizaban en ese cuartel, y que siempre terminaban con un asado de camaradería convocado con el pretexto de entregar los premios. Tales festejos se celebraban en una barbacoa ubicada dentro del predio militar que era conocida como el Rancho 12.
Allí también todos los viernes se celebraba una comida a las que en ocasiones también asistía Víctor Hugo Morales y otras figuras de Canal 4, como el periodista Imazul Fernández.
Según recuerda el hoy general retirado Mario Aguerrondo, jefe del Batallón de Infantería 13 en esos años,  Víctor Hugo “iba a jugar al fútbol y también alguna vez fue al Rancho 12, donde se hacía un almuerzo todos los viernes. Era amigo de los oficiales. Aunque yo no participaba de los campeonatos de fútbol, más de una vez lo vi en el batallón”.
“En una reunión social de la que participó me acuerdo hasta hoy de ver a Víctor Hugo comentando que se iba a casar con una muchacha de 16 años. Me impresionó por la edad de la muchacha, supongo que por eso me quedó grabado”, dijo Aguerrondo.
Víctor Hugo se casó en 1978, según relató su esposa en una entrevista publicada por la revista Para Ti el 3 de julio de 2006. Allí cuenta que conoció y se enamoró de Víctor Hugo en una clase de inglés cuando tenía 14 años.
El segundo jefe de la unidad en aquel entones, el hoy teniente coronel retirado Eduardo Gre, un experto tirador que ha representado a Uruguay en campeonatos mundiales y Juegos Panamericanos, también recuerda al relator. “Aquellos campeonatos de fútbol se hicieron por lo menos durante tres años. Víctor Hugo participaba siempre. En una de las entregas de premios se sacó fotos poniéndose nuestros correajes”.
El correaje es el cinturón del uniforme militar en el cual se colocan el sable y el revólver.
Gre, que en aquellos años tenía el grado de mayor y en 1981 decidió dejar la carrera militar en busca de otros horizontes profesionales, recuerda que, además de Canal 4, otros dos de los participantes en aquellos campeonatos eran la Contaduría General de la Nación y el propio Batallón 13 de Infantería.
La elección de los participantes no era casual. La Contaduría era la oficina que liberaba el dinero para pagar los sueldos y venía bien confraternizar con sus integrantes. Respecto a Canal 4 las implicancias son obvias.
Aguerrondo y Gre señalaron que el nexo de su unidad militar con los equipos invitados a participar de aquellos amistosos torneos cívico- militares era el entonces capitán Mario Frachelle, hoy coronel retirado, quien hizo saber a través de un allegado que prefería no hacer declaraciones.
La presencia de Víctor Hugo Morales en el 13 de Infantería fue confirmada por otros dos oficiales de aquel momento. Fredy de Castro, que revistó en esa unidad como teniente entre 1975 y 77, y luego en 1979, recuerda haber visto varias veces al relator de fútbol.
“Lo conocí allí. Eso lo declaro hasta en el Tribunal de La Haya”, afirmó. “Era un bohemio, un pesado, un hombre de la noche. En aquellos años el sol calentaba para ese lado y se acercaba allí. Hoy el sol calienta para otro lado y se acerca a Cristina”.
También el hoy coronel retirado Mario Cola Silvera confirmó la presencia de Morales en el 13 de Infantería: “Jugaba al fútbol con nosotros, sin ningún titubeo, no había dictadura ni nada. Es un mentiroso. Pero no quiero ni recordarlo. De esto no quiero hablar más nada”.
El Batallón 13 de Infantería, ubicado entonces y hoy sobre avenida de las Instrucciones, ha sido denunciado como un centro importante de detención y torturas durante la dictadura por lo cual se ganó el mote de “Infierno grande”. Se lo vincula a la Operación Morgan, iniciada en 1975 contra el Partido Comunista, en el marco de la cual desaparecieron o fallecieron una veintena de militantes de esa organización política.
Aguerrrondo declaró, tal como ha señalado otras veces, también en la Justicia, que su unidad no participó de la Operación Morgan. Sostuvo que los comunistas apresados fueron encerrados en un predio lindero a su batallón, perteneciente al Servicio de Material y Armamentos del Ejército. “Era otra unidad. Había un coronel a cargo, el coronel May. No tenía que ver con nosotros. Siempre me quedó la espina de saber por qué llaman Infierno al 13”.
Gre dijo que el Batallón 13 se limitaba a brindarle la custodia perimetral a sus vecinos del Servicio de Material y Armamento.

Biografía prohibida

 En setiembre de 1998 la revista Guambia publicó una entrevista a Víctor Hugo Morales. El relator deportivo había llegado a Montevideo a presentar su libro Un grito en el desierto. Respecto a futuras obras, en la entrevista Morales dijo:
“No pienso escribir hasta el año que viene, porque no le puedo salir al cruce a un libro que va a sacar César Di Candia sobre mí. Una cosa insólita”.
Sin embargo, han pasado 14 años desde entonces y el libro de Di Candia sobre Víctor Hugo nunca se publicó.
No hay que presentar a César Di Candia, uno de los periodistas más respetados y prestigiosos del Uruguay. Supongo que Víctor Hugo Morales no podrá decir que es derecha ni que está comprado por Clarín. En el escritorio donde trabaja Di Candia, en el fondo de su casa, abundan las fotos de Zelmar Michelini y Líber Seregni.
La relación entre Di Candia y Víctor Hugo Morales comenzó mucho antes de aquel libro que nunca se publicó.
En 1979 Di Candia era el editor de Ediciones de la Plaza, el sello editorial del diario El País. Los dueños del diario le habían dado ese puesto porque temían emplearlo como periodista dadas sus ideas y la censura reinante. “Me dijeron que no podía escribir ni siquiera la leyenda de una foto”, recuerda el reconocido entrevistador, autor de numerosos libros.
Fue Di Candia quien le sugirió a Víctor Hugo que escribiera El Intruso, su primera autobiografía, en la que cuenta su enfrentamiento con los dirigentes de la Asociación Uruguaya de Fútbol, la prohibición que estos le impusieron en 1978 de entrar al estadio a relatar los partidos y la casi inmediata rehabilitación decretada por el gobierno dictatorial.
“La dictadura, en una reunión del gobierno en Rivera, lo salvó de una especie de cese de funciones a la que lo había condenado la AUF”, recordó Di Candia. “Jamás de los jamases la dictadura lo persiguió”.
Veinte años después de aquellos acontecimientos, Di Candia comenzó a escribir una biografía de Víctor Hugo Morales, con su colaboración y aquiescencia. La obra sería publicada por la uno de los sellos de la editorial Santillana.
“Viajé muchas veces a Buenos Aires a entrevistarlo. Estuve varias veces en su hermoso apartamento de Belgrano, en un piso muy alto, desde donde se ve incluso la costa uruguaya. Hablamos mucho y me contó un montón de cosas. También entrevisté a familiares, amigos, a sus maestras de la escuela, conversé con muchísima gente”.
Di Candia además consiguió un material muy valioso: una valija con todas las entrevistas que le habían realizado a Morales desde que había llegado a la Argentina, lo que le permitió organizar el libro en dos partes: la biografía en sí misma y un apéndice con opiniones del relator sobre los temas más variados.
La sorpresa llegó cuando terminó de escribir el libro. Di Candia le entregó el original a Santillana y la editorial se lo mostró a Víctor Hugo Morales.
“A él no le gustó que yo tomara algunos pasajes de El Intruso y los incluyera en la biografía. Eran cosas que él mismo había escrito y contado en su propio libro”, rememoró el reconocido escritor, uno de los mejores entrevistadores que ha dado el Uruguay.
Según recuerda el periodista, los pasajes tomados de El Intruso que molestaban a Morales eran aquellos que narraban que, cuando era joven, se colaba en cines y espectáculos varios, y robaba objetos diversos de los comercios en su pueblo. (Esos avatares están relatados en el capítulo 2 de Relato Oculto, tomando como fuente El Intruso y una entrevista realizada a Morales por el propio Di Candia en Búsqueda, en 1987).
Víctor Hugo Morales dijo que si esos pasajes no eran eliminados del libro, el libro no podría salir a la venta.
“Yo le respondí que no iba a sacar absolutamente nada, porque todo era cierto, tan cierto que él mismo lo había escrito”, recordó Di Candia.
La editorial presionó buscando que se llegara a un acuerdo, pero las posiciones se mantuvieron incambiadas. Víctor Hugo Morales sostenía que no era conveniente para su figura que se recordara lo que él mismo había escrito años atrás. Finalmente el libro nunca se publicó y a Di Candia se le pagaron algo más de 2.000 dólares a modo de compensación por el trabajo realizado.
“Era poco dinero tomando en cuenta que se trataba de un libro que podía haber hecho mucha plata”, relató.
La historia que cuenta Di Candia es valiosa porque retrata a un personaje que siempre está retocando su pasado, ocultando y borrando partes de su vida según su conveniencia presente. Apelando incluso a su poder de censura para frenar la publicación de un libro que solo citaba lo que él mismo había escrito antes.
Borrar el propio pasado e inventarse uno nuevo puede parecer fácil. Pero vivir pendiente de que el invento no se desmorone es una carga muy pesada. Un verdadero infierno grande.

Voces, Víctor Hugo Morales, dictadura
Publicado en el semanario Voces, el 13 de setiembre de 2012.









7.12.15

Algunas aclaraciones y respuestas

Las repercusiones de la entrada anterior de este blog han superado en mucho lo que yo esperaba.
He cancelado cinco entrevistas que ya tenía agendadas en radio y televisión, y rechazado otras tantas porque no quiero ganar popularidad con esto.
Sin embargo, siento que en el debate que se ha generado se está tergiversando lo que escribí.
Trataré entonces de aclarar algunos puntos y responder a algunas preguntas  interesantes que se me hacen.
Si alguno tiene alguna interrogante más, puede hacerla llegar y, en la medida de lo posible, trataré de responder.

-¿Qué grado de responsabilidad tiene usted en esto? ¿No debió haber una autocrítica en el artículo?
-Escribí: "Puede ser que sea yo, que me haya desgastado demasiado en el combate. O que esté haciendo algo mal". Creo que ambas frases son claras y siempre estuvieron allí, aunque algunos no quisieron ni quieren verlas. Por supuesto, asumo mi cuota parte de responsabilidad.
-¿No será que le faltan conocimientos pedagógicos?
-Seguramente, sí. Soy periodista, esa es mi profesión, mi oficio y mi principal medio de vida. Llegué a dar clases a través del periodismo, sin estudios docentes. Obviamente, no es el ideal. De todos modos, creo que los más indicados para calificarme como docente son los que han sido mis estudiantes.
-¿No podría sencillamente prohibir que usen las computadoras y los teléfonos?
-Las computadoras son imprescindibles en un curso de periodismo, porque se práctica escribiendo en clase, simulando los plazos y tiempos de una redacción, y se leen noticias. También las correcciones las hacemos en la pantalla, de modo que todos puedan aprender de los trabajos de todos. Entonces tenemos la computadora, le sacamos mucho jugo, pero al mismo tiempo está encendida y es una tentación muy grande usarla en otro sentido. Más de una vez pensé en dictar clase en un aula sin computadoras, pero siempre lo descarté por considerarlo un retroceso y un sinsentido.
-¿Y los celulares?
-Los teléfonos no tienen una aplicación concreta en el curso, salvo cuando hacemos ejercicios en la calle, cuando les pido que los usen para grabar y sacar fotos. La regla es que los teléfonos no pueden sonar en la clase, y eso se respeta. Pero, unos más desimuladamente que otros, comienzan a usarlos en el salón para chatear y responder mensajes. Y son un porcentaje alto. Podría echar a quien los usa en clase, es cierto. Pero me resisto a ser docente en esos términos.
-¿No se puede implementar que se los deje en una canasta al ingresar al aula y que los recogieran al salir?
-Sí, se podría. En algunos lugares se hace. A mí me parece una buena idea. Pero considero que no corresponde que la imponga un docente aislado, sino la institución, para todas las clases.
-¿Por qué estudiantes de periodismo están tan desinformados?
-Estos dos cursos eran del ciclo básico de la carrera, donde los estudiantes aun no optaron por la orientación que seguirán: periodismo, publicidad, audiovisual o comunicación corporativa. Es decir, no todos, ni siquiera la mayoría, quiere ser periodista. Eso podría justificar en algo el asunto de la desinformación. De todos modos, no creo que una sociedad democrática sea viable con ciudadanos tan desinformados, sean o no periodistas o futuros periodistas. Y el bache que los muchachos arrastran en este sentido es alarmante.
-¿No generaliza respecto a los estudiantes? ¿No hay algunos con deseos de aprender? ¿No hay algunos por los que vale la pena seguir esforzándose?
-Sí, siempre hay. Los grupos no son homogéneos. También en mis dos grupos de este semestre hubo jóvenes que demostraron mayor compromiso y curiosidad. Lo dramático es verlos tan en minoría.
-¿Es un problema de la ORT?
-Hace muchos años que no doy clase en otro lado. Pero soy periodista y hablo con la gente. Hay cientos de profesores en secundaria y en las universidades lidiando con situaciones similares. Ahora me he trasformado en una antena y tengo, literalmente, cientos de mensajes que me describen situaciones como las que yo relaté y mucho peores, en muchas otras instituciones educativas, fuera de Uruguay también. Querer centrar el problema en ORT es una visión ridícula que evidentemente responde a otros intereses.
-¿Las redes sociales tienen la culpa? ¿Acaso no tienen elementos positivos?
-Claro, son herramientas maravillosas. Yo las uso en mi vida personal y profesional, como periodista y también como docente en las clases. Desde hace muchos años siempre creo un grupo de Facebook del curso, donde compartimos materiales de interés y se cuelgan los trabajos, que luego todos pueden ver en la pantalla y corregir en conjunto. Pero, claro, tener el Facebook abierto refuerza la tentación de prestar atención a otras cosas.
-¿Usted culpa a las maestras?
-No. Es evidente que el problema está en muchos lados al mismo tiempo y eso es lo que lo hace difícil de solucionar. Solo aludí a aquellas maestras que no corrigen las faltas de ortografía, por nombrar a uno de los muchos eslabones de la cadena que no están funcionando. Pero hay maestras que corrigen las faltas y otras que no. Las que yo más conozco, porque han sido las de mi hija, siempre las corrigieron. Y cuando en algún momento tuve dudas, inmediatamente fui a hablar a la escuela. Pero hay otras que no lo hacen: cuando dirigía el suplemento Qué Pasa hicimos un informe sobre este tema, con datos alarmantes. Sobre todo porque hay una corriente intelectual que defiende este tipo de posturas, con la justificación de no estigmatizar a los niños.

Ver también: Qué lo parió, Mendieta.

3.12.15

Con mi música y la Fallaci a otra parte

Después de muchos, muchos años, hoy di clase en la universidad por última vez.
No dictaré clases allí el semestre que viene y no sé si volveré algún día a dictar clases en una licenciatura en comunicación.
Me cansé de pelear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook. Me ganaron. Me rindo. Tiro la toalla.
Me cansé de estar hablando de asuntos que a mí me apasionan ante muchachos que no pueden despegar la vista de un teléfono que no cesa de recibir selfies.
Claro, es cierto, no todos son así.
Pero cada vez son más.
Hasta hace tres o cuatro años la exhortación a dejar el teléfono de lado durante 90 minutos -aunque más no fuera para no ser maleducados- todavía tenía algún efecto. Ya no. Puede ser que sea yo, que me haya desgastado demasiado en el combate. O que esté haciendo algo mal. Pero hay algo cierto: muchos de estos chicos no tienen conciencia de lo ofensivo e hiriente que es lo que hacen.
Además, cada vez es más difícil explicar cómo funciona el periodismo ante gente que no lo consume ni le ve sentido a estar informado.
Esta semana en clase salió el tema Venezuela. Solo una estudiante en 20 pudo decir lo básico del conflicto. Lo muy básico. El resto no tenía ni la más mínima idea. Les pregunté si sabían qué uruguayo estaba en medio de esa tormenta. Obviamente, ninguno sabía. Les pregunté si conocían quién es Almagro. Silencio. A las cansadas, desde el fondo del salón, una única chica balbuceó: ¿no era el canciller?
Así con todo.
¿Qué es lo que pasa en Siria? Silencio.
¿De qué partido tradicionalmente es aliado el PIT-CNT? Silencio.
¿Qué partido es más liberal, o está más a la "izquierda" en Estados Unidos, los demócratas o los republicanos? Silencio.
¿Saben quién es Vargas Llosa? ¡Sí!
¿Alguno leyó alguno de sus libros? No, ninguno.
Conectar a gente tan desinformada con el periodismo es complicado. Es como enseñar botánica a alguien que viene de un planeta donde no existen los vegetales.
En un ejercicio en el que debían salir a buscar una noticia a la calle, una estudiante regresó con esta noticia: todavía existen kioscos que venden diarios y revistas.
En la Naranja Mecánica, al protagonista le mantenían los ojos abiertos con unas pinzas, para que viera una sucesión interminable de imágenes, veloces, rápidas, violentas.
Con la nueva generación no se necesitan las pinzas.
Selfies Facebook Naranja Mecánica

Una sucesión interminable de imágenes de amigos sonrientes les bombardea el cerebro. El tiempo se les va en eso. Una clase se dispersaba por un video que uno le iba mostrando a otro. Pregunté de qué se trataba, con la esperanza de que sirviera como aporte o disparador de algo. Era un video en Facebook de un cachorrito de león que jugaba.
El resultado de producir así, al menos en los trabajos que yo recibo, es muy pobre. La atención tiene que estar muy dispersa para que escriban mal hasta su propio nombre, como pasa.
Llega un momento en que ser periodista te juega en contra. Porque uno está entrenado en ponerse en los zapatos del otro, cultiva la empatía como herramienta básica de trabajo. Y entonces ve que a estos muchachos -que siguen teniendo la inteligencia, la simpatía y la calidez de siempre- los estafaron, que la culpa no es solo de ellos. Que la incultura, el desinterés y la ajenidad no les nacieron solos. Que les fueron matando la curiosidad y que, con cada maestra que dejó de corregirles las faltas de ortografía, les enseñaron que todo da más o menos lo mismo.
Entonces, cuando uno comprende que ellos también son víctimas, casi sin darse cuenta va bajando la guardia.
Y lo malo termina siendo aprobado como mediocre; lo mediocre pasa por bueno; y lo bueno, las pocas veces que llega, se celebra como si fuera brillante.
No quiero ser parte de ese círculo perverso.
Nunca fui así y no lo seré.
Lo que hago, siempre me gustó hacerlo bien. Lo mejor posible.
Justamente, porque creo en la excelencia, todos los años llevo a clase grandes ejemplos del periodismo, esos que le encienden el alma incluso a un témpano. Este año, proyectando la película El Informante, sobre dos héroes del periodismo y de la vida, vi a gente dormirse en el salón y a otros chateando en WhatsApp o Facebook.
¡Yo la vi más de 200 veces y todavía hay escenas donde tengo que aguantarme las lágrimas!
También les llevé la entrevista de Oriana Fallaci a Galtieri. Toda la vida resultó. Ahora se te va una clase entera en preparar el ambiente: primero tenés que contarles quién era Galtieri, qué fue la guerra de las Malvinas, en qué momento histórico la corajuda periodista italiana se sentó frente al dictador.
Les expliqué todo. Les pasé el video de la Plaza de Mayo repleta de una multitud enloquecida vivando a Galtieri, cuando dijo: "¡Si quieren venir, que vengan! ¡Les presentaremos batalla!".
Normalmente, a esta altura, todos los años ya había conseguido que la mayor parte de la clase siguiera el asunto con fascinación.
Este año no. Caras absortas. Desinterés. Un pibe despatarrado mirando su Facebook. Todo el año estuvo igual.
Llegamos a la entrevista. Leímos los fragmentos más duros e inolvidables.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
Ellos querían que terminara la clase.
Yo también.

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Ver también: algunas aclaraciones y respuestas.
Ver también: Qué lo parió, Mendieta.
Ver también: La enfermedad del peridismo

 

With my music and the Fallaci somewhere else


After many, many years, today I taught my last university class.
I won’t be teaching there next semester, and I don’t know if I’ll ever return to teach in a communications degree program.
I’m tired of fighting against cell phones, against WhatsApp and Facebook. They’ve beaten me. I give up. I throw in the towel.  
I’m exhausted from talking about topics that I’m passionate about in front of students who can’t tear their eyes away from a phone incessantly receiving selfies.
Of course, it’s true, not all of them are like that.
But there are more and more of them.  
Until three or four years ago, asking them to put their phones aside for 90 minutes—if only out of politeness—still had some effect. Not anymore. Maybe it’s me, maybe I’ve worn myself out too much in this battle. Or maybe I’m doing something wrong. But one thing is certain: many of these kids have no awareness of how offensive and hurtful their behavior is.  
On top of that, it’s increasingly difficult to explain how journalism works to people who neither consume it nor see any point in being informed.
This week in class, the topic of Venezuela came up. Only one student out of 20 could explain the basics of the conflict. The very basics. The rest had no clue whatsoever. I asked if they knew which Uruguayan was caught up in that storm. Obviously, none of them knew. I asked if they knew who Almagro is. Silence. Reluctantly, from the back of the room, one girl mumbled: “Wasn’t he the foreign minister?”  
And so it goes with everything.
What’s happening in Syria? Silence.
Which party is traditionally allied with the PIT-CNT? Silence.
Which party in the United States is more liberal or “left-leaning,” the Democrats or the Republicans? Silence.
Do you know who Vargas Llosa is? Yes!
Has anyone read any of his books? No, none of them.  
Connecting such uninformed people with journalism is complicated. It’s like teaching botany to someone from a planet where plants don’t exist.
In an exercise where they had to go out and find a news story on the street, one student came back with this: there are still kiosks that sell newspapers and magazines.  
In A Clockwork Orange, the protagonist’s eyes were held open with clips, forcing him to watch an endless stream of fast, violent images.
With this new generation, no clips are needed.
An endless stream of images of smiling friends bombards their brains. That’s where their time goes. One class was distracted by a video one student was showing another. I asked what it was about, hoping it might contribute or spark something. It was a Facebook video of a lion cub playing.  
The result of this, at least in the assignments I receive, is very poor. Their attention must be so scattered that they even misspell their own names, as I’ve seen.  
There comes a point where being a journalist works against you. Because you’re trained to put yourself in others’ shoes, you cultivate empathy as a basic tool of the trade. And then you see that these kids—who still have the intelligence, charm, and warmth they’ve always had—have been cheated. The fault isn’t entirely theirs. Their ignorance, disinterest, and detachment didn’t just happen. Their curiosity was stifled, and with every teacher who stopped correcting their spelling mistakes, they were taught that everything is more or less the same.  
So, when you realize they’re victims too, you almost unconsciously lower your guard.
And what’s bad gets passed as mediocre; the mediocre is seen as good; and the good, the rare times it appears, is celebrated as if it were brilliant.  
I don’t want to be part of that perverse cycle.
I’ve never been like that, and I won’t be.
What I do, I’ve always liked doing well. As well as possible.  
Precisely because I believe in excellence, every year I bring great examples of journalism to class, the kind that ignite the soul even of an iceberg. This year, while showing the movie The Insider, about two heroes of journalism and life, I saw people fall asleep in class and others chatting on WhatsApp or Facebook.
I’ve watched that movie over 200 times, and there are still scenes where I have to hold back tears!  
I also brought them Oriana Fallaci’s interview with Galtieri. It’s always worked. But now, an entire class is spent setting the stage: first, you have to explain who Galtieri was, what the Falklands War was, and the historical moment when the courageous Italian journalist sat down with the dictator.
I explained everything. I showed them the video of Plaza de Mayo filled with a frenzied crowd cheering Galtieri when he said: “If they want to come, let them come! We’ll give them a fight!”
Normally, by this point, in previous years, I’d have managed to get most of the class hooked on the topic with fascination.
Not this year. Blank faces. Disinterest. A guy slouched, scrolling through his Facebook. It’s been like that all year.  
We got to the interview. We read the toughest, most unforgettable parts.
Silence.
Silence.
Silence.  
They wanted the class to end.
So did I.

 

24.11.15

VHM: eterno maquillador de su pasado

El método de Víctor Hugo Morales siempre es el mismo: de a poco va torciendo los hechos de su pasado, dándole giros, acentuando ciertos detalles, omitiendo otros, torciendo un poco más lo que antes ya había torcido un poco, así hasta que la mentira se transforma en verdad y viceversa.
En una entrevista que se publicó el fin de semana en el Sábado Show del diario El País, al relator le preguntaron por qué no se presentó en el juzgado el día que debía dirimirse la demanda penal que él mismo había presentado contra Luciano Álvarez y contra mí.
El diálogo fue así:

—Hace tres años, el libro Relato Oculto señalaba algunos vínculos suyos con militares en tiempos de la dictadura uruguaya. Usted entabló una demanda contra los autores pero no se presentó, ¿por qué?
—Porque entendí que lo único que hacía era fomentar la promoción del tema. Yo había pedido que fuera una cosa absolutamente sin participación periodística. No quería una situación escandalosa porque de ese río revuelto siempre se sale mal. Para colmo tenía un cólico nefrítico. Había gente que me decía "¿para qué vas a ir?"  Yo estaba en la duda. Estaba enfermo y tenía miedo a la exposición...

La ausencia del relator de fútbol en el juzgado de la calle Bartolomé Mitre para comparecer en su propia demanda ya fue explicada otras veces por él mismo de un modo distinto. Primero le dijo al diario El País que no vino a Montevideo debido a "un alto nivel de contractura y de estrés". Solo después la contractura y el estrés se tornaron "cólico nefrítico" y aparecieron los consejos de sus "políticos amigos".
Como siempre, el relator reescribe los hechos.
Hace unos días en una entrevista radial que me hizo el programa Segunda Pelota conté como fueron las horas previas al juicio. Lo repetiré ahora para que los lectores puedan comprender mejor por qué Morales no vino a impulsar la demanda penal que él mismo había iniciado.
Un par de días después de ponernos la denuncia, el relator nos hizo llegar a Luciano y a mí, a través de sus abogados y del nuestro, una propuesta de conciliación.
Era un documento de tres puntos que él y nosotros firmaríamos y entonces él desistiría de querer enviarnos a la cárcel.
¿Qué decía esa fórmula de paz?
Básicamente, afirmaba que nuestro libro era una "investigación histórica seria y objetiva" y admitía la participación del relator en "algunas reuniones sociales" celebradas en el batallón Florida entre 1975 y 1977. Pero también agregaba que de los hechos narrados en el libro no se podían sacar conclusiones generales sobre la personalidad de Morales ni dudar de su fe democrática ni concluir que fue "complaciente o condescendiente con la dictadura militar".
Cuando uno tiene que presentarse en un juzgado penal con la eventual posibilidad de ir preso, uno tiende a buscar una salida. La declaración, por otra parte, reconocía que el libro que algunos habían denostado con tanta virulencia es serio y solo cuenta hechos reales.
Pero cuando uno analizaba el asunto con un poco más de calma surgían las dudas. ¿Luciano y yo teníamos que firmar un documento avalando las credenciales democráticas de Víctor Hugo Morales? ¿Por qué?
Visto en perspectiva, la respuesta era: No.
Nosotros habíamos hecho un trabajo serio y documentado, que -por otra parte- no solo trataba sobre los famosos episodios del batallón Florida. A pesar de todo el escandalete montado, nadie le había podido rebatir ni una línea (hasta hoy). Si Morales es un demócrata o no, si el haber vivido de fiesta con los militares en los años más duros de la dictadura, si haberse olvidado luego de esos amigos justo cuando el viento cambió, si mentir sobre su pasado, si decir que lo prohibió la dictadura cuando en verdad lo prohibió la AUF y la dictadura fue corriendo a rescatarlo, etc., etc. si todo eso lo hacen un demócrata, un buen o mal tipo, un embustero, el Che Guevara o un acomodaticio, eso no lo teníamos que decir ni Luciano Álvarez ni yo. Eso lo tenía que decidir el público.
Entonces dijimos que no firmábamos nada.
Que íbamos a juicio.
Que Morales demostrara en el juzgado que nos habíamos equivocado.
Que dijera y demostrara dónde y cómo.
Que probara que había difamación e injurias ante un juez del Uruguay, no ante la tribuna de alcahuetes.
Entonces fue en ese momento, en ese preciso momento, justo ahí, lo que son las cosas, no se puede creer, en un periquete aparecieron la contractura, el estrés, el cólico nefrítico, las ganas de no hacer bulla y el consejo de los "amigos políticos".
Que cada uno saque sus conclusiones.

Víctor Hugo Morales denuncia relato ocuto
Walkover. Todos en el juzgado menos el denunciante.
Foto: Nicolás Garrido

20.11.15

La vida por una pizza

El martes casi mato a un repartidor en moto, un delivery.
Yo manejaba, era de noche y su moto no tenía luces, ni atrás ni adelante. En una calle oscura de la Ciudad de la Costa, no lo vi. Por suerte, ambos pudimos esquivarnos. Él no murió, yo no maté a nadie.
Con el corazón todavía en la boca, lo seguí. Frenó apenas una cuadra más adelante, en la casa de un vecino. Venía a entregar un pedido de una pizzería muy exitosa en la zona, siempre merecidamente llena de clientes, la pizzería Portugalia. La moto llevaba el nombre y el logo del restaurante.
Ya he vivido varias situaciones similares. Las motos que circulan sin luces de noche por esta zona de Canelones son legión. Salir a la calle es una ruleta rusa. En el colmo de la hipocresía en la que vivimos sumergidos, es obligación llevar las luces prendidas DE DÍA, pero la Intendencia de Canelones permite circular con las luces apagadas DE NOCHE.
Hace unos meses ya me había pasado lo mismo con otro repartidor de Portugalia. Aquella vez llamé por teléfono a la pizzería y el encargado me pidió disculpas y me dijo que no volvería a ocurrir.
Pero ocurrió.
A pesar de que ya empezaba el partido Uruguay-Chile, al volver a mi casa llamé por teléfono otra vez.
Me atendió una joven.
-Yo soy solo una empleada, le voy a pasar con el encargado.
El encargado se puso al teléfono.
La vez anterior yo había sido amable y considerado. Esta vez no lo fui.
-Recién casi atropello a uno de tus deliverys. Es una vergüenza que una pizzería que factura lo que factura Portugalia no pueda poner 100 o 200 pesos para comprarle una bombita de luz a una moto.
-Lo que pasa es que la moto es del repartidor -me respondió.
-¡Pero comprale una bombita, regalásela! -me indigné-.
Cada vez más enojado, le pregunté al encargado si esas son condiciones de trabajo para alguien, si acaso piensa que seguíamos viviendo en la época de la esclavitud.
Me dijo que no era una pregunta pertinente, que en todo caso debía preguntarle al repartidor. Nunca admitió ninguna responsabilidad en el asunto, que es de vida o muerte.
Ya había empezado el partido Uruguay y Chile. Le dije que ya era suficiente, que siguiera así, que estaba bien, que lo felicitaba: una pizzería que todos los días vende miles de veces el valor de una mísera lamparita de moto manda cada noche a arriesgar su vida a un empleado o servidor tercerizado, arriesgando también arruinarle la vida a cualquier vecino (seguramente un cliente, como yo) que tenga la desgracia de no ver la moto criminal.
Accidentes motos motociclistas
Foto: Unasev
Hay una epidemia de muertes por accidentes de tránsito en Uruguay. En el primer semestre de 2015 260 personas murieron en estas circunstancias. A este ritmo, a fin de año serán más de 500. La mayoría de los muertos son jóvenes. El 54,2% son motociclistas. El porcentaje llega al 59,1% cuando se analizan los accidentes que ocurren en ciudades.
Son cientos de familias arruinadas cada año. Heridas que no cicatrizan jamás.
También en el primer semestre del año hubo 15.594 heridos por accidentes de tránsito, muchos de los cuales quedarán con secuelas por meses, años e incluso por el resto de sus vidas.
La situación en Canelones es tan grave que, con una población mucho menor a la de Montevideo, la cantidad de muertos es muy similar: 75 muertos en Montevideo, 60 en Canelones.
Con excepción de Cerro Largo, Canelones es el departamento donde es menor el porcentaje de motociclistas accidentados que llevaba casco. Solo el 53%. En Montevideo el porcentaje es 79%. En Rivera, 97%
Las cifras son claras: la Intendencia de Canelones debería explicar por qué permite que vehículos y conductores circulen en condiciones tan peligrosas. La Intendencia de Canelones es cómplice de este desastre.
Se me ocurren pocas maneras más extremas de arriesgar la vida de alguien que hacerlo circular sin luces, de noche, por calles estrechas, con suerte mal iluminadas y con la obligación de ir y volver lo más rápido posible. Una y otra vez cada noche. ¿Cuánto tiempo se puede desafiar a la suerte? ¿Se lo preguntará cada noche el encargado de la pizzería?
La vida por una pizza.
En esa miseria estamos.

10.10.15

Corrección a Jorge Zabalza

Jorge Zabalza fue entrevistado por el periodista Gerardo Tagliaferro, en su ya tradicional espacio en Montevideo.com llamado "Las 40". Allí el periodista le hace 40 preguntas a su entrevistado y en este caso la pregunta 18 fue:
-En el marco de la llamada "tregua" del año 72 estuvieron los trabajos conjuntos de militares y tupamaros en el Florida contra los "ilícitos económicos", por los cuales se llegó a detener gente. ¿Tenés constancia de que tupamaros hayan participado en torturas a detenidos por este motivo?
Zabalza respondió:
-No tengo testimonio directo de eso. Hubo gente que participó en el levantamiento y análisis de las declaraciones. Eso sí lo tengo claro. El que dice eso es el coronel Agosto (en el libro Milicos y tupas, de Leonardo Haberkorn). No he oído a ninguno de los compañeros que estuvo detenido en esos lugares -que fueron el Batallón Florida, el cuartel de La Paloma, el 9.º de Caballería y el Ingenieros I- hablar de que hayan participado en la tortura.
Milicos y tupas, de Leonardo HaberkornLa respuesta de Zabalza es equivocada, lo que dice no es cierto, y eso me obliga a escribir esta aclaración.
Milicos y tupas no fue escrito para denunciar que hubo tupamaros torturadores, que los hubo.
El libro ha tenido lectores atentos y críticos que han captado bien su espíritu general. Invito a los que tengan curiosidad a leer aquí las críticas de Guillermo Zapiola en El País y de Salvador Neves en Brecha, por ejemplo. O la presentación que hizo del libro el historiador Gerardo Caetano.
Pero el tema de los tupamaros torturados-torturadores vuelve una y otra vez.
Y entonces Zabalza dice lo que dice. Y lo que dice no es verdad.
Lo que el hoy coronel retirado Luis Agosto, que en 1972 era capitán, afirma en el libro respecto a la colaboración de tupamaros a la hora de interrogar a los detenidos por supuestos "ilícitos económicos" está en la página 156 del libro.


Cito en forma textual:
"Según el coronel Agosto varios tupamaros ayudaron en la tarea de teatralizar la tortura:
-Los tupas se prestaban para estar en celdas cercanas y gritar en esos momentos. Desde la pieza de al lado a la que usábamos para interrogar a los ilícitos, los tupas gritaban: '¡No, no me mates!, ¡no me mates!', y los tipos se asustaban y declaraban sin que les hiciéramos nada. Los tupas gritaban y los tipos se cagaban y pedían para confesar".
Es decir, lo que Agosto recordó en el libro es que hubo tupamaros que colaboraron para interrogar a los supuestos delincuentes económicos, pero él no dijo que hayan torturado junto con los militares.
Los que sí dijeron eso, y no puedo entender cómo Zabalza lo olvidó, fueron otros tupamaros, asqueados por los recuerdos de aquella situación.
En Milicos y tupas se recoge el testimonio del contador Carlos Koncke, preso en aquel entonces por tupamaro. Su testimonio está en la página 157:

"A mí los militares quisieron llevarme a interrogar, pero yo les dije que de ninguna manera, que eso era cosa de ellos. Pero recuerdo a un tupa que sí aceptó interrogar a los ilícitos, y fue. Yo lo vi. ¡Lo vi yo mismo! Era un tipo muy especial, un verdadero rico tipo. Y cuando volvió se ufanaba: '¡Yo le metí la cabeza en el tacho, sí!'. Estaba orgulloso de lo que había hecho".

También en el libro se incluye el testimonio de una tupamara que no quiso presentarse con su nombre verdadero, el único caso en el libro. Yo acepté su anonimato porque conozco los problemas que le sobrevendrían si se presentara en público con su nombre, Ojalá se hubiera atrevido a hacerlo, pero no se animó.
La llamé "Mónica" en el libro y su testimonio coincide con el de Koncke. Sus dichos refieren al trato que recibió en el cuartel de La Paloma el contador León Buka, uno de los detenidos durante la tregua entre militares y tupamaros.
El testimonio de "Mónica" está en la página 158:

"Buka fue torturado por gente del MLN. La idea era mostrarle al resto de los compañeros que la cosa iba en serio, que eso era una nueva revolución que se estaba llevando adelante. 'A estos hijos de puta les va a pasar esto de ahora en más'. Ese era el mensaje. Cuando lo devolvían de la tortura, una compañera que sacaba medicamentos de la enfermería le daba analgésicos y Valiums a Buka. '¿Qué estás haciendo?', le decían. 'Estoy ayudando a un pobre tipo' -respondía ella; la tortura nunca es admisible'".

En Milicos y tupas se recoge también el testimonio del tupamaro Pedro Montero, incluido en el libro Ecos revolucionarios (2003), de Rodrigo Vescovi.
Montero coincide con Koncke y con Mónica.
La cita está en la página 158 de Milicos y tupas. Le dijo Montero a Vescovi:

"Después se torturó a toda la gente de Jorge Batlle y participamos nosotros en la tortura. Recuerdo que dentro del batallón Artillería 2 viví la tortura de civiles de derecha y a eso me opuse. El contador de Peirano fue defenido por mí dentro de Artillería 2 (...) Y lo que no puede ser es que hubiese compañeros nuestros haciendo, digamos, de soporte asistencial a los torturadores y preguntando. Y eso para mí, que me disculpen, no lo paso ni lo dejo pasar, lo denuncio. (...) Era infame".

Espero que la memoria de Zabalza se haya refrescado.
No es el coronel Agosto quien dice en mi libro que hubo tupamaros torturadores.
Son otros tupamaros quienes lo cuentan.

15.9.15

Cuando tupamaros torturaron con militares

Milicos y tupas, tregua, ejército, MLNEn Milicos y tupas cuento la vida de dos tupamaros y un militar que coincidieron en 1972 en Artillería N°1, el cuartel conocido como "La Paloma".
Esa fue una de las unidades donde prendió fuerte la tregua alcanzada entre el Ejército y el Movimiento de Liberación-Tupamaros, que en aquel año trabajaron juntos, se prepararon para un eventual gobierno que los tendría como aliados y emprendieron una campaña de captura de supuestos delincuentes económicos, los famosos "ilícitos".
Los tupamaros que en el cuartel de Artillería N°1 trabajaron codo a codo con los militares lo hicieron siguiendo una orden de la dirección tupamara. Como en todos los puntos que trata el libro, hay testimonios con nombre y apellido que lo relatan.
Es una historia incómoda, que a ninguna de las dos partes le gusta reconocer. Pero que es tan sorprendente como verdadera.

Cuando los supuestos delincuentes económicos comenzaron a llegar al cuartel fueron interrogados con los mismos métodos que se habían empleado contra los tupamaros. Fueron torturados. Se les aplicó el "submarino", un tormento que consiste en sumergir la cabeza al interrogado en un tanque de agua hasta que siente que se ahoga.
En la aplicación del submarino a los supuestos delincuentes económicos participaron algunos tupamaros detenidos. Hay testimonios con nombres y apellidos en Milicos y tupas. Gente que lo vio con sus propios ojos.
La denuncia de que tupamaros torturaron junto con los militares ya la había hecho antes otro tupamaro, Juan Pedro Montero en el libro Ecos Revolucionarios (2003), escrito por Rodrigo Vescovi.
"Después se torturó a toda la gente de Jorge Batlle y participamos nosotros en la tortura", dice en ese libro Montero, que estuvo preso en otra unidad militar.
Montero cuenta que se indignó y denunció la situación. Luego de la publicación de Milicos y tupas, agregó que los tupamaros que él vio torturar donde él estuvo preso fueron "menos de cinco".
En el libro de Vescovi también el hoy ministro de Defensa y líder histórico tupamaro, Eleuterio Fernández Huidobro, cuenta como él mismo presenció una sesión de tortura a la que fue sometido un "ilícito". "Nosotros -relata- vimos torturar horriblemente al contador de varias empresas".
Vale la pena recordar todo a raíz de la polémica generada por el procesamiento de Amodio Pérez.

 



9.9.15

Información, información, información

Soy periodista y, a pesar de todos sus problemas y defectos, creo en el periodismo. Creo que la información, cuando circula amplia y libre, ayuda a que la gente tome decisiones más acertadas y así mejora la sociedad. Y que cuánta más información hay disponible, más posibilidades hay de que los problemas se solucionen.
Pero hay mucha gente que no piensa así. A veces están impulsados por motivos mezquinos: ellos manejan información, la aprovechan y no quieren que otros gocen del mismo privilegio. Otros, en cambio, rechazan la circulación de información por motivos altruistas: quieren hacer el bien sin interferencias, y nos ven a los periodistas como un estorbo.
En este último apartado están algunos de los que se dedican en el mundo a recibir refugiados.
Defensores a ultranza de la "privacidad" de los emigrantes, nos ven a los periodistas como una molestia.
Viene a mi mente una ONG que trabaja con refugiados. En las décadas que llevo trabajando en este oficio no recuerdo ningún otro lugar donde me hayan hecho sentir tan indeseable. Te dicen que no te dirán nada incluso antes de que hayas preguntado algo. Ese es su dogma. Para ellos, el trabajo de un periodista que quiera ir más allá de sus comunicados de prensa es malo por definición. Ponemos en riesgo la privacidad de los refugiados.
Seguramente -no lo dudo- tienen muchos ejemplos de mal periodismo que respaldan su convicción.
Hace unos meses comencé a interiorizarme de cómo marchaba la situación de los sirios que el gobierno a instancias del entonces presidente José Mujica trajo a Uruguay. Hablé con varios de ellos y me contaron muchas cosas. Tenían ilusiones y quejas, alegrías y angustias, situaciones que los hacían felices y otras que no comprendían.
Pensé que contar todo eso sería bueno.
Por ejemplo, la mayoría de ellos trabajaba. Los uruguayos, sin embargo y quizás por asociación con los refugiados de Guantánamo, creía y cree que no.
Algunos, por ejemplo, estaban llevando adelante emprendimientos muy empeñosos, pero de un modo precario. La publicidad los hubiera acercado a gente que podría haberlos ayudado a mejorar.
Y así con otras situaciones que un poco de información hubiera ventilado y descomprimido.
Lamentablemente, ninguno de ellos aceptó hablar en público y contar su caso.
Tenían miedo, desconfianza.
Pregunté por qué y algunos se quejaron de que ciertos periodistas habían publicado informaciones falsas sobre ellos. Otros me dijeron que les habían pedido que no hablaran con la prensa.
¿Quién?
No sé.
Intenté sacar adelante una nota contando la marcha de uno de esos empredimientos empeñosos y precarios, en base a testimonios de uruguayos que lo conocían. Tampoco fue posible. Encontré gente deseosa de contar. Pero cuando pidieron permiso para hablar (en Uruguay siempre hay que pedir permiso para hablar) se lo negaron.
Hoy la situación que yo quise contar ya no existe.
Los emprendimientos laboriosos se han caído.
Las molestias se han agrandado.
La frustración ha crecido.
La falta de comunicación y el silencio informativo hicieron su trágica obra: para un público ignorante de todos los hechos, detalles y circunstancias, gente que creía que todo marchaba color de rosas, el tema apareció de golpe y con la magnitud de una bomba: "¡Los sirios están acampando frente a la Presidencia!". "¡Dicen que quieren irse!". "¡Qué gente desagradecida!"
Esas son las noticias en cuanto a la marcha de su inserción en Uruguay.
En cuanto a la defensa de la Privacidad, la cosa está así: la gente pasa por la plaza Independencia y les saca fotos. Algunos insultan y les gritan: "vayan a laburar". Llueve y los sirios están durmiendo a la intemperie, en la calle, a la vista de todos.
Malos periodistas hay muchos, como también hay malos médicos.
Pero combatir la información es como combatir la medicina.
Sabelo.

Sirios en Uruguay, familias sirias

Sirios en Uruguay, familias sirias



31.8.15

No saber, qué gracioso

El domingo mientras unos cientos de uruguayos -gente interesada en la política y la educación- discutían en Twitter el anuncio de que el gobierno derogaría el decreto de esencialidad en la enseñanza, un número mucho mayor de uruguayos miraba la televisión.
En la pantalla repetían la grabación de un programa en el cual se le hizo una prueba a una notera de la TV. Le mostraron fotos de gente conocida, personajes muy populares. La notera no pudo identificar a casi nadie. Ni siquiera supo reconocer una icónica imagen de Obdulio Varela. "Un Negro que es Jefe", le sopló alguien. No hubo caso.
Obdulio Varela
¿Y este quién es?
Lo peor no fue el desconocimiento de la joven, sino el modo en que quedó en evidencia que hoy en Uruguay no importa exhibirse como ignorante. La notera no parecía muy abochornada por la situación. Quienes estaban con ella en el estudio celebraban su ignorancia, que era motivo de risas y festejos. Y la nota volvió a ser emitida, porque eso sí que es gracioso.
Ese es el mensaje que hoy transmite la televisión uruguaya, buena parte de cuyos espacios centrales -con honrosas excepciones- han sido entregados a gente que no se conforma con no saber, sino que cree que es necesario, provocador y/o divertido hacer alarde de ello.
No hace mucho tiempo otra importante figura de la televisión declaraba en público y con orgullo que nunca había ido al teatro.
Podemos discutir mucho sobre educación, sueldos docentes, planes de estudio, huelgas y responsabilidad sindical, ¿pero por qué un liceal querría estudiar, leer, aprender, estar informado e involucrarse en los problemas de la sociedad, si todos los días ve en la televisión como el no saber es un camino mucho más corto y sencillo hacia la popularidad y el éxito?
¿Para qué gastarse? Alcanza con ser simpático, canchero, entrador, un poco cara rota, decir malas palabras, manejar bien el doble sentido y, en el caso de las chicas, tener tetas grandes, naturales o postizas.
Cada vez es más complicado -me pasa en las clases que doy- explicarle a un joven por qué tiene que estar informado, leer libros, ir al cine y al teatro, visitar exposiciones y escuchar buena música.
Yo mismo comienzo a dudar cada vez que lo digo.
En la radio repiten una publicidad de la empresa Schneck en la cual se ridiculiza a la madre orgullosa de su hijo abanderado y al empleado eficiente que entrega un trabajo en fecha.
No sepas.
No seas abanderado.
No entregues en fecha.
Ese es el mensaje. Esos son nuestros nuevos valores.
En un informativo de televisión vi a una maestra decir que hacía huelga porque "la educación se va al carajo".
Como cantaban los Redondos, el futuro ya llegó.


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