1.9.14

Aclaración sobre cadena de correos

El 15 de mayo escribí lo siguiente en Facebook:

"A propósito de que The Economist eligió a Uruguay "el país del año" y de la crónica sobre Uruguay que escribió Juan José Milás para El País de Madrid ('Uruguay, el país que sorprende al mundo'), una revista extranjera me pide que escriba un artículo respondiendo si hoy Uruguay es todo eso que se dice, una especie de paraíso en la Tierra. Acepto y agradezco opiniones, cuánto más fundamentadas mejor. Y por favor: manteniendo el decoro, la tolerancia y la educación. Gracias".

Mi propósito era recibir opiniones e ideas que aportaran a la nota que tenía que escribir, y así resultó: recibí cientos de colaboraciones, de los puntos de vista más variados, que se pueden leer en esa entrada, en mi muro de Facebook del día 15 de mayo.
Uno de esos aportes fue un largo escrito del señor Oscar Ventura.
Alguien, no sé con qué intención, si fruto de alguna confusión o de la mala fe, está haciendo desde hacía días circular una cadena de mails con lo escrito por Ventura, como si fuera de mi autoría.
La cadena lleva como título la frase "Imperdible, sin desperdicio" y luego dice que se trata de una "Operación destape".
Como prueba la foto que acompaña esta aclaración, y cualquiera puede comprobar en mi muro de Facebook en la entrada del 15 de mayo, el texto que se me adjudica no lo escribí yo, sino el señor Oscar Ventura.

Uruguay paraíso Ventura

15.8.14

Lo que nos tenía podridos

Esta columna la escribí en el suplemento Qué Pasa, del diario El País, en la edición del 1 de noviembre de 2003, en pleno gobierno de Jorge Batlle (Partido Colorado).
La recuerdo para algunos desmemoriados. Y para que quien así lo desee se ejercite y vea si el Uruguay cambió mucho o cambió poco en los casi once años que pasaron desde entonces.

Lo que nos tiene podridos

El título de tapa de esta edición de Qué Pasa choca. Y duele. Su origen está en la expresión del ex ministro y precandidato presidencial del Partido Nacional, Sergio Abreu, que dijo estar "podrido" del hueco debate sobre el plebiscito de Ancap. Su sentido es claro: no es EL Uruguay lo que nos tiene podridos, sino UN Uruguay.

Suplemento Qué Pasa tapa Uruguay
Ilustración de Noelí Seveso.
El Uruguay que nos tiene podridos no es todo el Uruguay, sino el Uruguay de las batallas electorales vacías, el Uruguay que no se puede poner de acuerdo en nada, el de los corporativismos salvajes. Un Uruguay cuya agenda política la fijan las encuestas y un sindicato de empleados públicos.

Nos tiene podridos el Uruguay del doble, del triple discurso. Un Uruguay donde el mismo senador que redacta una ley junta firmas para derogarla. Un Uruguay en el que los mismos que hablan de la eficiencia del Estado lo han llenado, clientelismo político mediante, de miles de empleados que sobran. El Uruguay de los ñoquis. El Uruguay donde hay funcionarios públicos que cobran su sueldo 11 años sin pasar por el trabajo. El Uruguay que tiene presidentes que le ponen la firma a tamañas aberraciones, y después ni siquiera dignan explicarse.

Nos tiene podridos el Uruguay que gasta sus escasos recursos sin prioridades. Un Uruguay que es incapaz de enseñar a leer y escribir correctamente a sus jóvenes. Un Uruguay con partidos políticos gobernados eternamente por los mismos. Un Uruguay donde las empresas del Estado las dirigen los políticos fracasados. Donde los que realizan negocios ruinosos para el Estado siguen tan campantes.

Nos tiene podrido el Uruguay donde a los que vacían un banco les dan otro para que lo intenten de nuevo. Nos tiene podridos un Uruguay donde siempre todo está mal, incluso pretender llevar 30 turistas a la isla de Lobos. Un Uruguay donde los que bloquean cada oportunidad, después se quejan del desempleo.

Nos tiene podridos el Uruguay frivolón de las lágrimas de cocodrilo. El Uruguay de los intelectuales plagiadores que dictan cátedra. El Uruguay donde el mérito nunca es nadar, sino hacer la plancha.

Es un Uruguay que no invierte en ciencia, que no investiga, que se resigna a que su energía sea siempre el petróleo importado. (Eso sí, nos arrancamos los ojos para ver quién es el dueño de la refinería).

En Qué Pasa no nos resignamos a ese Uruguay.

Hay dos notas centrales en esta edición. Una está hecha en Montevideo y la otra en el lejano pueblo de Pepe Núñez, en Salto. A primera vista, los dos artículos pueden parecer distintos. Pero los dos dicen lo mismo.

31.7.14

Un hombre puede cambiar el mundo

Una sola vez fui a una embajada a firmar un libro de condolencias: fue cuando mataron a Isaac Rabín, el primer ministro de Israel.
No recuerdo si escribí algo o solo firmé aquel cuaderno, pero sí tengo presente el dolor que sentía aquel día, el pecho oprimido por la angustia y las ganas de llorar.
No solo se trataba de la muerte injusta de un hombre bueno y valiente. Sabía -porque era fácil darse cuenta- que aquel asesinato tendría consecuencias funestas.
A Rabín, que había tenido la visión y el coraje de negociar la paz con los palestinos, lo asesinó el 4 de noviembre de 1995 un malnacido llamado Igal Amir, un fanático, un fundamentalista, un racista, que veía al primer ministro israelí como si fuera el diablo por haber buscado y trabajado por un entendimiento entre los dos pueblos.
Recuerdo con exactitud que hacía yo el 13 de setiembre de 1993, cuando Rabín y Arafat se dieron la mano.
Trabajaba en el semanario Búsqueda y muchos de mis compañeros se reunieron en una salita que tenía un televisor para ver ese momento en vivo y en directo. Por lo general, las mayores convocatorias de la salita se daban cuando había un partido de fútbol importante. Pero aquel día éramos muchos. Era Historia, con mayúsculas, como cuando el hombre llegó a la Luna, como cuando cayó el Muro de Berlín: historia de la grande, verdadera. La paz.
Tuve que levantarme antes, para que no vieran que se me estaban cayendo las lágrimas.
Hoy frente al televisor las lágrimas no brotan de la emoción sino de rabia y dolor.
Igal Amir, maldito: tu obra está hecha.
Un hombre puede cambiar el mundo. Para bien o para mal.

Isaac (Yitzaak) Rabín, Clinton, Arafat

22.4.14

¿Cómo se financia la política uruguaya?

Es un tema del que nunca se habla, aunque es central para tener una democracia sana y creíble: ¿de dónde salen los millones de dólares que financian las campañas políticas en Uruguay?
En las últimas semanas dos importantes politólogos han escrito sobre el asunto, ante la indiferencia de los principales actores políticos, que parecen no entender que en ello va la credibilidad de todo el sistema.
Oscar Bottinelli escribió en El Observador, el 30 de marzo:
"Los costos de las campañas electorales son crecientes, asfixian a los actores políticos, los obligan a recurrir a fuentes privadas de financiamiento con el consiguiente condicionamiento, a otros los lleva a abandonar la carrera. ¿Qué ha hecho el sistema político para resolver un problema que lo agobia? Descargar su furia y su impotencia en privado y no hacer nada en los hechos".
Daniel Chasquetti, por su parte, dedicó una de sus columnas en Montevideo.com a este problema. Recordó que parte del dinero lo aporta el Estado, que paga a los partidos 13 unidades indexadas por voto en las elecciones internas, 87 en las nacionales, diez en el balotaje y 13 en las municipales. En 2009, solo por las elecciones de octubre, recordó Chasquetti, el Estado transfirió a los partidos algo más de 18 millones de dólares.
Pero la ley no fija un tope a lo que se puede gastar en cada campaña, y todos gastan más y más y el dinero que pone el Estado nunca alcanza. Entonces, los partidos recurren a los aportes privados, la mayor parte de ellos proveniente de empresas y empresarios.
Recuerda Chasquetti que la legislación vigente fija un máximo de 300.000 UI, algo más de 36.000 dólares, para cada donación privada. Mientras tanto, las empresas concesionarias de servicios públicos no pueden hacer aportes mayores a 10.000 UI (1.200 dólares).
¿Quién controla esto? La Corte Electoral, un organismo que no tiene ninguna capacidad real para comprobar que lo que declaran los partidos políticos sea cierto. Es como pedirle a la intendencia de Artigas que controle el mar territorial uruguayo. O como encomendar al Municipio G de Montevideo la vigilancia de nuestras fronteras con Brasil.
Para Chasquetti los partidos políticos pusieron a la Corte Electoral a controlar sus gastos de campaña "simplemente porque no desean ser controlados".
"O sea, con la legislación actual se creó una pantalla para que los ciudadanos, los medios y los observadores internacionales digan que Uruguay cuenta con normativa moderna sobre el problema del financiamiento. (...) Los informes que se presentan ante la Corte Electoral además de ser poco exhaustivos suelen ocultar buena parte de los ingresos y egresos. O sea, las declaraciones juradas no solo son imprecisas sino que mienten deliberadamente sobre el monto real que cada partido invirtió en la campaña electoral. Bajo estas condiciones, no deberíamos sorprendernos si un día de estos alguien descubre que los fondos de tal o cual partido provienen de fuentes ilegales".
Lo que dicen Bottinelli y Chasquetti es muy grave y no ha merecido ninguna respuesta de los partidos. Deberían responder. Botinelli habló de "condicionamientos". Es decir: el que pone dinero luego condiciona decisiones.
Buquebus - financiamiento de los partidos
La famosa foto de El Observador
¿Cuántas cosas que ocurren en los gobiernos uruguayos podrían explicarse mejor si se supiera la verdad sobre la financiación de las campañas?
¿Estará Aratiri financiando alguna campaña? ¿Quizás todas?
Hace unas semanas, Luis Lacalle Pou declaró en Brecha que su sector invertirá -tan solo en las elecciones internas- la tremenda cifra de 1,7 millones de dólares.
Seguramente no sabremos quién puso ese dinero, ni el de los otros precandidatos, porque la ley que sancionó el sistema político uruguayo ("una pantalla", según Chasquetti) no alcanza a las elecciones internas.
Es mucho dinero que sale de la sociedad uruguaya, que pasa por los partidos y que, en un altísimo porcentaje, termina engrosando las arcas de los canales privados de televisión, los grandes beneficiarios de cada campaña electoral y de este sistema opaco e indigno de una verdadera democracia.
¿Quieren que la gente crea en la política?
Entonces, háganle caso a Bottinelli y a Chasquetti y háganla transparente.

el.informante.blog@gmail.com

15.4.14

Ruleta rusa en la Ciudad de la Costa

Hace unos días el Uruguay entero se conmovió con la muerte de una familia entera, una madre y sus tres hijos chicos, atropellados por un automovilista que perdió el control de su vehículo, en la ruta 8, en Villa García.
La muerte gratuita de tres niños de 1, 3 y 4 años, junto a su madre, una joven de 24, horrorizó a todo el país. Los vecinos luego denunciaron la falta de señalización y de control del lugar, donde los autos circulan a alta velocidad a pesar de ser una zona urbanizada.
A la luz de esta tragedia, vale la pena contar lo que hoy está pasando en la Ciudad de la Costa.
Luego de muchos años de promesas, comenzó a instalarse la red de saneamiento. Las calles que se ven beneficiadas con esta conexión, son también pavimentadas.
¿Qué puede tener esto de malo?
Mucho, porque esta obra tan beneficiosa y tan esperada está siendo llevada adelante con una asombrosa falta de respeto por la vida humana.
Las calles en los balnearios de la costa nunca tuvieron veredas. La gente caminaba por las calles, pero los pozos obligaban a los autos a ir muy despacio. No era una situación ideal, pero tampoco representaba un gran peligro para los peatones.
Ahora, con el saneamiento, cada calle fue dotada a sus costados de dos grandes canales abiertos que recogen el agua de la lluvia. A diferencia de lo que ocurre en el resto de las ciudades del Uruguay, estos canales corren a cielo abierto, no son subterráneos. Las calles se angostaron para colocar estos zanjones. Y se pavimentaron. Pero no se le hicieron veredas.
Canelones Comuna Canaria
Los niños juegan por donde pasan los autos
Ahora los autos pueden ir rápido. Es cierto que se colocaron carteles indicando que la velocidad máxima es 30 kilómetros por hora. Pero nadie fiscaliza y muchos conductores, liberados de la pesadilla de los pozos que los atormentaron durante décadas, obviamente van más rápido. En el medio, entre los autos y las motos, van los niños que van a la escuela, los padres con sus cochecitos de bebé, los adolescentes que andan en skate.
Es INCREÍBLE que los responsables de obras de la Intendencia de Canelones (ampulosamente auto rebautizada Comuna Canaria) no se hayan detenido un segundo a pensar en las vidas de los peatones. ¿Creen acaso normal que la gente deba caminar entre los autos? ¿En qué lugar del mundo se inspiraron para llevar adelante semejante proyecto?
Como era evidente que ocurriría, ya hubo un muerto, una profesora del liceo de Solymar que se dirigía a dar clase. Un muerto por la falta de veredas. Una persona que murió por estar obligada a caminar entre los autos, en calles de lustroso pavimento, con zanjones de desagüe, pero sin veredas.
Las fotos muestran, para los que no frecuentan la zona, las escenas que, como una ruleta rusa, se repiten cientos de veces cada día en la Ciudad de la Costa. ¿Cuántos muertos más tendrá que haber para que la Intendencia de Canelones se dé cuenta que la gente y los autos no puede circular por la misma vía?
Canelones intendencia
Autos, bicicletas, gente, todos mezclados








Ciudad de la Costa- Intendencia de Canelones - Comuna canaria
Un automóvil esquiva a una familia














el.informante.blog@gmail.com

20.3.14

Liberaij. La verdadera historia del caso Plata Quemada. Entrevistas, reseñas, críticas


Liberaij. Plata quemada. Mereles.
Un policía golpea con su zapato lustroso al moribundo Mereles,
cuando lo sacan del Liberaij. La foto la publicó el diario La Razón de Buenos Aires.
En Uruguay nadie la difundió.


Crítica en la revista digital MOOG, a cargo del periodista Luis Melgar:

Crítica en el diario La República, a cargo del periodista Hugo Acevedo:

Entrevista con el periodista Álvaro Carballo, en TNU (ex Canal 5):






Liberaij batalla porteños
Así quedó la cocina del apartamento 9 del Liberaij.
Foto del diario La Razón de Buenos Aires.



Crónica de la presentación de la primera edición del libro, a cargo del periodista Miguel Arregui en El País:

Asalto de San Fernando
Los hijos del agente Francisco Otero, asesinado en el asalto de San Fernando,
donde comenzó todo.
Foto del diario La Razón de Buenos Aires.


Entrevista en el programa Suena Tremendo, en radio El Espectador, con Juanchi Hounie y Diego Zas:

Entrevista con el periodista Jorge Traverso, en el programa Tiempo Presente, en radio Oriental:



Entrevista del periodista Valentín Trujillo en el diario El Observador:


18.3.14

Liberaij. La verdadera historia del caso Plata quemada.



Liberaij, Plata quemada



Ayer presenté mi nuevo libro, Liberaij. La verdadera historia del caso Plata quemada. Fue un momento de mucha satisfacción, después de una investigación trabajosa, que procura reconstruir con la mayor precisión histórica aquel episodio policial que afectó por igual a Argentina y Uruguay en 1965.
Quiero agradecer a todos los que me acompañaron, me hicieron sentir muy feliz y rodeado de cariño. Y hacerlo en forma especial al periodista Jorge Traverso y a la psicóloga Claudia Dorda, hija de uno de los protagonistas de esta violenta historia, que compartieron conmigo la tarea de presentar el libro.
Para los que no pudieron ir, aquí se pueden ver algunos momentos.
El libro puede encargarse por mail desde esta página:



Las primeras palabras estuvieron a cargo de Virginia Sandro, editora y representante de editorial Sudamericana.



Luego Jorge Traverso habló del libro:



Traverso le pregunta a Claudia Dorda:



Y me pregunta a mí si conseguí todo lo que buscaba averiguar:



Y luego pregunta mi opinión sobre los libros periodísticos y el periodismo narrativo (yo le explico qué es lo que no me gusta de algunos libros hechos desde el periodismo), y sigue con Claudia Dorda:



Lo que parecía ser la despedida:



Cuando ya parecía que nos íbamos, varias personas del público (vecinas del edificio, la hija de uno de los policías muertos por los pistoleros) pidieron para intervenir. Aquí lo manifestado por una de las habitantes del Liberaij aquel día de 1965:



21.2.14

"La verdad resplandece y resplandecerá"

El 20 de agosto de 1968 tropas soviéticas ingresaron a Checoslovaquia con el fin de terminar con el socialismo democrático y "de rostro humano" que intentaba florecer en la "Primavera de Praga". El Pacto de Varsovia, controlado por la URSS, envió a ese pequeño país 600.000 soldados, 6.300 tanques, 500 aviones de combate y 2.000 cañones y lanzamisiles para aplastar el movimiento democratizador. Checoslovaquia tenía apenas 150.000 soldados. Por orden de su dirigencia política, no opusieron resistencia a los invasores.
La gente, en especial los jóvenes estudiantes, sí resistieron en la calle. El primer día de la ocupación murieron 58 checoslovacos, incluida una niña de ocho años.


El mayor número de muertos y heridos se registró el 21 de agosto de 1968, ante el edificio de la Radiodifusión Checoslovaca. Los habitantes de Praga intentaron defender la radio estatal. Tres cayeron bajo el fuego de los soldados soviéticos, 12 murieron al explotar un carro de municiones de los invasores y dos al saltar por la ventana de una casa incendiada durante el enfrentamiento.
Ese mismo día El Popular, el diario del Partido Comunista del Uruguay, informaba a sus lectores:
"A pedido de la mayoría del Presidium del Comité Central del Partido Comunista de Checoslovaquia y del gobierno checoslovaco, han entrado a dicho país tropas del Tratado de Varsovia, pertenecientes a la URSS, Polonia, Bulgaria y Hungría, para salvar las conquistas socialistas del pueblo checoslovaco y la paz mundial gravemente amenazada por los planes del imperialismo yanqui y de los nazis revisionistas de Bonn que querían transformar a Checoslovaquia en una base imperialista.
Se trata de hechos dolorosos pero que resultan imperativamente insoslayables. Los servicios informativos yanquis y sus peleles de la 'gran prensa' en el Uruguay han lanzado una campaña calumniosa para tergiversar el sentido de los acontecimientos".
Tres días después, el 24 de agosto, El Popular publicó un editorial sobre lo que estaba ocurriendo en Checoslovaquia:
"Otra vez más los comunistas uruguayos, enfrentando la grita de los agentes del imperialismo, al apoyar la acción de los países del Pacto de Varsovia, somos fieles a los principios, sin ceder al chantaje de la gran burguesía internacional (...) La decisión de la URSS y los otros estados socialistas es justa porque se ha hecho para frustrar el golpe reaccionario (...) Algunos de estos dirigentes han llegado a decir que en Checoslovaquia se iba a nuevo socialismo, a un 'socialismo democrático'. Pero bien se sabe que cualquier régimen socialista es un millón de veces más democrático que un régimen burgués; que entre uno y otro hay diferencias radicales de principio (...) Aquí se trata de la ayuda al pueblo checoslovaco para derrotar a la contrarrevolución. También hubo que hacerlo en Hungría en 1956 y si no se hubiera hecho hoy habría un estado burgués reaccionario.
Pero la verdad resplandece y resplandecerá. El socialismo en Checoslovaquia será salvado, para bien de toda la humanidad progresista".

Mucha gente joven ni siquiera oyó hablar de Hungría 1956 y Checoslovaquia 1968, pero quizás les suenen las palabras.
La historia se repite, dijo Marx. La primera vez como tragedia, la segunda como farsa.

Primavera de Praga


8.1.14

Presos que trabajan: feliz regreso a la obra

“Fue una fortuna”, dice el arquitecto colombiano Julio César Durán Parra, de 38 años, al recordar lo que sintió cuando le ofrecieron dirigir la reforma de la Policlínica del Penal de Libertad. Preso desde 2007 junto a su tío y a su hermano por una causa de narcotráfico, comenzar a trabajar en una obra fue como pasar del infierno al cielo. Llevaba seis años encerrado en una celda de la que salía apenas dos veces por semana para pasar dos horas en un patio de tierra apisonada sin colores, sin un solo árbol, sin siquiera una mota de césped.
Lo mismo le pasó al grupo de presos que trabaja en la reforma. Algunos nunca habían pisado una obra en su vida. Aceptaron la oferta de tomar la cuchara de albañil y el fretacho para poder salir de sus celdas todos los días, mover los músculos, sentir que no se están pudriendo en vida, hacer algo útil y, claro, también achicar sus penas.
Durán Parra soñaba con algo más cuando estudiaba en la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá. Se recibió en 2006 con un proyecto urbanístico para el municipio de Cumaribo. Quería llevar adelante planes importantes y no una reforma como esta que hoy dirige, un reciclaje de 300 metros cuadrados, donde comanda a un plantel improvisado de obreros y tiene también que hacer de capataz, porque no hay quien asuma ese puesto.
Sin embargo, está feliz de pasar los días enteros aquí, en esta pequeña obra de una sola planta, una reforma en medio del lugar más temido del Uruguay, el sitio del país donde nadie querría estar nunca jamás.
El desafío consiste en transformar un viejo edificio de la cárcel de peor fama en la nueva policlínica de la Administración de Servicios de Salud del Estado (ASSE). Y no es un edificio cualquiera. Es La Isla, una construcción rectangular a unos cincuenta metros del edificio principal, utilizada primero en la dictadura y luego en democracia para confinar a los reclusos castigados. Por La Isla pasaron desde los rehenes tupamaros hasta los delincuentes más peligrosos de las últimas décadas, como el Rambo.
“Como sabían que yo era arquitecto me invitaron a trabajar en el proyecto. Fue algo muy bueno porque llevaba seis años sin poder ejercer y sin poder trabajar en absolutamente nada… seis años sin hacer nada. Y no solo por ejercer, sino por los beneficios de descuento en la pena. Porque es muy satisfactorio trabajar en lo de uno, pero lo más importante es eso: salir lo antes posible de aquí”.
Por cada día trabajado, se le computan dos días de pena.
Durán Parra primero quiso ser geólogo, para imitar a su hermano mayor, al que considera casi un padre en su vida. Sin embargo, pronto descubrió que esa no era su vocación. “Fue un desliz, por admiración a mi hermano. Pero no funcionó. Desde chico tengo una inclinación muy fuerte por las cosas gráficas”, dice.
Se recibió en agosto de 2006 y en agosto de 2007 ya estaba preso en el penal de Libertad. Se ríe con resignación cuando relata que apenas pudo ejercer un año su profesión en su país, y con nervios cuando uno le pregunta por qué se metió en el narcotráfico.
“Son cosas que en mi país, en Colombia…”, dice y deja la frase inconclusa.
El 18 de agosto de 2007, en un operativo policial en el que participaron agentes especiales e incluso dos helicópteros de la Fuerza Aérea, Durán Parra, su hermano Ángel y su tío Gustavo Durán Bautista, junto a dos pilotos brasileños, fueron detenidos en Salto con 485 kilos de cocaína, el mayor cargamento incautado en Uruguay hasta ese momento.
La droga –dijeron las crónicas policiales– iba a ser llevada a Europa disimulada en cargamentos de naranja. Parte del plan era instalar una planta de envasado de fruta en Montevideo, desde donde se enviarían los embarques futuros. Para eso se necesitaba un arquitecto.



***

Durán Parra tiene hoy su escritorio en una pequeña casita al lado de la obra, con vistas al edificio principal del penal. A pocos metros, en la vieja Isla, el más singular de los equipos de obreros del Uruguay trabaja a buen ritmo, casi todos con una sonrisa en la cara.
Presos, narcotráfico, trabajo en la cárcel
Son diez o doce hombres de aspecto variable y edades diversas, unidos por una quimera que los encandiló primero y luego los arrojó allí: ganar dinero rápido, conseguir lo inaccesible, saltearse casillas en la dura tarea de prosperar en Uruguay cuando se arranca desde abajo, incluso desde el medio. Al igual que el arquitecto, todos están presos por narcotráfico: uno vendía pasta base, otro marihuana, otro cocaína. La apuesta no le resultó a ninguno.
A diferencia de lo que suele ocurrir en las entrevistas con presos, aquí nadie alega ser inocente, ninguno dice estar pagando las culpas de un error judicial o de la mala suerte. Solo uno reduce su culpa explicando que él tenía pasta base porque era mujeriego y con ella compraba favores femeninos. El resto no rebaja su responsabilidad.
Estos presos convertidos en obreros admiten sus delitos con sinceridad, como si el hecho de estar trabajando, de estar levantando una obra destinada al bien público, redimiera su presente al punto de permitirles hablar con sinceridad de su pasado.
 “Al principio –cuenta Durán Parra– fue un proceso de aprendizaje, había que decirle a muchos: hagan la mezcla así o háganla asá. Porque por más que la gente tenga voluntad, si no sabe levantar un muro… Pero por fortuna en el plantel hay un par de oficiales que tenían experiencia en el trabajo y con su ayuda los demás han ido aprendiendo algunas cositas”.
Uno de los que conoce el oficio y le enseña a los demás es Juan José Arrarte. Trabajó en una larga lista de obras y empresas importantes de la construcción y ahora ayuda a sus compañeros reclusos.
Lleva preso tres años y cinco meses y todavía le quedan unos meses más: si todo sale bien recobrará la libertad en algún momento de 2014. Le pregunto por qué, si tenía un oficio y buen empleo, cayó en el tráfico de drogas. Sonríe y levanta los ojos dando a entender que la respuesta es obvia: lo encandiló la promesa de ganar mucho dinero. Ahora ya sabe que eso no resulta y disfruta de estar de regreso, transpirando la camiseta en una obra. “Es impagable, no se puede comparar con estar en la celda”. Solo le gustaría tener una certeza que no tiene: que el juez de su causa tome nota de su dedicación actual y su esfuerzo.
Los presos que trabajan en la restauración de La Isla tienen una guardia policial permanente entre ellos. Todos son reclusos de buena conducta y se han ganado su derecho a salir del celdario, pero la confianza no llega a tanto. Uno de los policías, de uniforme negro, está parado a mi lado. Arrarte dice que la guardia trata mejor a los presos que trabajan.
El agente –que hasta ese momento había permanecido callado– asiente:
–Yo para ellos, en lo que pueda ayudar, estoy a las órdenes.
Elbio Richard Santos es otro de los que ya sabía levantar paredes. Dice que tiene 23 años en el oficio y que es sanitario y oficial cañista. Cuenta que trabajó en tres o cuatro de las mayores compañías y luego tuvo su mini empresa. “La verdad, yo no necesitaba meterme en la droga. Pero empecé con el porro para fumar yo, y al final terminé teniendo porro como para un ejército”.
Rafael Carlos Ríos se acerca porque quiere dejar planteada su idea. Piensa con angustia en lo que ocurrirá el día en que la policlínica quede lista. No quiere volver al encierro inútil. Argumenta que con la experiencia que han hecho y todo lo que han aprendido, bien podrían llevarlos fuera del penal para ampliar escuelas, arreglar plazas o levantar comedores populares. Pide que por favor su idea quede planteada.
“Sería bueno que abrieran un poco la cosa, que nos dieran un poco de confianza. Quiero laburar, porque laburando estás todo el día suelto, matás el ocio y te hace bien al cuerpo. Terminás el día cansado y eso no es lo mismo que estar todo el día acostado en una celda reducida, hacinado con otros dos presos”.
Está en la cárcel por vender cocaína. Sabía el oficio de pintor, pero ahora le han ensañado nuevas destrezas. Y quiere aprender más, para poder levantarse su propio hogar. “Yo no tengo casa. Quiero hacerme una. Tengo un bebé ahora. Tengo otros cinco hijos y no pude criar a ninguno. A este sí quiero criarlo… quisiera superarme un poco”.
Daniel también tiene cinco hijos. Es el único que prefiere no decir su apellido. Es de Paysandú. Cruzaba el río Uruguay con cocaína.
Detrás de un muro aparece Julio César Rodríguez Pasquini y se presenta: es oficial finalista y nos pide que por favor llamemos a su abogada, una defensora de oficio con la que hace tiempo no puede contactarse. Dice que su causa es “solo suministro” (él es el mujeriego que conquistaba amores con pasta base) y que ya podría estar libre si su defensora presentara un escrito que nunca presenta. Su único pariente afuera es una sobrina que no lo llama, nadie lo visita y la doctora nunca lo atiende al teléfono. “Acá te dan tres minutos para la llamada, nunca logro hablar con ella. A veces me atienden en la central telefónica y yo disco el interno de ella y siempre se me termina el tiempo antes de poder hablar”.

***

Cada rincón de la obra encierra historias que darían para un libro, pero no hay demasiado tiempo para quedarse a escucharlas. La visita a la obra de autoridades de ASSE, un periodista y una fotógrafa de la revista Construcción ha hecho que la vigilancia sea reforzada. Nos acompañan integrantes del grupo GEO y no podemos ocuparlos el día entero. La recorrida tiene que seguir.
Antes de irnos, Durán Parra se apresura a relatarnos todo lo que la obra implica. Se hizo un camino con vereda para llegar a La Isla que incluye un pequeño puente sobre una especie de cañadón. La Isla no tenía ventanas, y ahora se están agregando. Los pequeños ambientes de las celdas de aislamiento se ampliaron para los nuevos fines del edificio. La vieja instalación eléctrica tuvo que ser toda reemplazada. La sanitaria se renovó en un 50% y las viejas cañerías se cambiaron por otras de PVC. La hidráulica se hizo a nuevo. Se agregaron cañerías y canillas para agua caliente porque antes el edificio solo tenía agua fría. Se incorporó un generador eléctrico. También tendido telefónico y los ductos y conexiones necesarios para colocar aparatos de aire acondicionado. La Isla, en sus viejos tiempos de mini cárcel de aislamiento y castigo, obviamente no tenía calefacción ni sistema de refrigeración.
En términos sanitarios, la nueva policlínica supondrá grandes avances, explica Enrique Soto, vicepresidente de ASSE. Tendrá un área de internación, un lugar donde poder compensar a quien llegue en medio de una crisis. También contará con un espacio para mantener aislado a quien pueda contagiar un mal peligroso. Todo eso hoy no existe. La policlínica actual de ASSE en el penal de Libertad es mucho más pequeña, tiene apenas 70 metros y está ubicada dentro mismo del edificio central de la cárcel.
Hacia allí vamos ahora. Para llegar hay dos recorridos posibles: se puede caminar por el costado del edificio principal de la prisión o ir por debajo de él, porque el penal de Libertad está sostenido en el aire, construido sobre gruesos pilotes de concreto, con seguridad para evitar las fugas subterráneas a través de túneles.
Presos. Trabajo en la cárcel. Penal de Libertad
La vista que ofrece el edificio principal de la cárcel parece salida de una escena de una película apocalíptica sobre el futuro, al estilo Mad Max. Un edifico enorme, de ladrillos, rodeado de alambradas y torres de vigilancia y cientos de ventanas demasiado chicas para ser “normales”. Desde cada una de esas míseras aberturas, trapos de colores, raídos y gastados por años de uso sufrido, flamean al viento atados a los gruesos barrotes. Son toallas, sábanas y frazadas que así se secan luego de ser lavadas: el pampero no las acaricia, las sacude y las extiende, como si ellas también quisieran escaparse de allí.
Anudadas a las ventanas también hay prendas de vestir de todo tipo y color, y banderas de cuadros de fútbol. La mayor es una de Cerro cuyos cuatro ángulos fueron atados cada uno a una ventana distinta, de modo que luce extendida por completo. “También cuelgan de las ventanas el escabio, para que fermente”, dice uno de los guardias que nos acompaña. El escabio son las bebidas alcohólicas artesanales clandestinas que los presos fabrican en sus celdas. Cada vez que hay una inspección de celdas, el escabio es requisado.
–¡¡FLAAAACO!! ¿¿QUIÉNES SON USTEDES?? –grita un preso desde una de las ventanas.
-¡¡¡ESTAMOS TODOS ATRAPADOS EN ESTE PENAAAAAL!!! –grita otro. Y lo repite dos veces, como si el panorama de las caras asomándose detrás de los barrotes no fuera ya muy claro y explícito.
Los que gritan son los que no tienen la suerte de estar trabajando y también, según dicen los guardias, algunos que no quieren hacerlo.
La mayoría de los que nos miran a través de los barrotes elige comentar la presencia de la fotógrafa con frases más bien irreproducibles. Un preso con cierta cuota de estilo y sentido del humor le hace saber:
–¡¡FLAAACA!! ¡¡¡EN CINCO MINUTOS TE ARMASTE UN CLUB DE FAAAANS!!
La guardia aconseja que más vale caminar por debajo del edificio, por entre los gruesos pilares que lo sostienen en el aire, donde los presos no pueden verte. Algunos presos no solo gritan a través de los barrotes, sino que arrojan cosas. Vamos entonces por entre los pilares que sostienen esa mole desangelada y así llegamos a la actual policlínica de ASSE, la que pronto será sustituida por la ex Isla, cuando la reforma se termine.
Médicos y enfermeros tienen cara de pocos amigos. “Esto es una cárcel”, anota una doctora, dejando en claro que preferiría trabajar en otro lado. También tienen dudas sobre la reforma en curso. Se quejan de que La Isla no tiene puerta de emergencia, de que en caso de motín está muy alejada del mundo exterior y de que para llegar hasta ella con una ambulancia o con cualquier otro vehículo hay que bordear necesariamente el edificio principal de la cárcel. No les parece segura.
Las autoridades de ASSE dicen que estudiarán sus reclamos.
La recorrida sigue. Dejamos el edificio principal a nuestras espaldas. Nos acompañan dos efectivos del grupo GEO, Javier Epifanio y Federico Falla, armados a guerra. Los dos son de Rivera, como la mayoría de la guardia carcelaria. Los dos querrían trabajar en otro lado.
–Hablar de afuera es fácil. Estar acá es difícil –dice uno de ellos.
–Todo el tiempo los presos te están midiendo. Todo el tiempo –agrega el otro.
Recorremos otras zonas del penal. Otros equipos de reclusos que trabajan han arreglado otro edificio que será destinado a policlínica para los policías. También un local para recibir visitas, decorado por los propios presos con dibujos animados y motivos cuasi infantiles, quizás pensando en los niños que vienen a ver a sus padres, o simplemente en que los visitantes se lleven una imagen alegre de la cárcel.
El comisario William Ávila, subdirector administrativo del penal, explica que desde hace un año el número de presos que trabaja se ha incrementado mucho, como parte de una nueva política carcelaria impulsada desde el Ministerio del Interior. Doce meses atrás, apenas 100 estudiaban o trabajaban. Hoy la cifra llega a 800, 350 que trabajan y 450 que estudian. “Es un gran logro”, dice Ávila. En total hay 1.300 reclusos en Libertad.
También están los que trabajan en la huerta. Ahora mismo están laborando a pleno sol del mediodía y les indican a los policías que nos acompañan en la recorrida dónde están las mejores cebollas para cosechar. Aquí no todos están presos por narcotráfico, sino que sus motivos de reclusión son diversos.
Leonardo, José Uno y José Dos dejan los instrumentos de labranza y conversan. Un funcionario de ASSE les dice que con lo que aprendieron pueden ir a pedir trabajo a las quintas de las afueras de Montevideo.
José Uno, los brazos de fuertes músculos y con decenas de cicatrices de cortes, anota:
–Pero vas y muchas veces no te pagan lo que tienen que pagar.
Leonardo dice que él no tendrá problemas para conseguir empleo cuando salga. En realidad, nunca los tuvo, porque su padre es dueño de un conocido comercio del centro de Montevideo. Yo mismo he comprado muchas veces allí, le digo. Luego le pregunto cómo terminó en la cárcel, cuando tenía todo a favor en la vida. Responde:
–Y… las malas juntas…
Luego se queda callado. Prefiere no dar más detalles.
Les pregunto a los tres si están contentos con trabajar en la huerta.
–Claro. Acá estás todo el día suelto –dice uno.
–Y cuando te vienen a visitar, le podés hacer un asado a tu familia –agrega otro y señala unos parrilleros cercanos, que pueden usar cuando los necesitan.
José Dos está preso desde hace cinco años y cuatro meses, por rapiña, según relata. Recién hace una semana, cuando apenas le quedan tres meses de condena, lo dejaron salir a trabajar. Se lo nota pálido, como si recién hubiera despertado de un mal sueño muy largo. No puede creer estar al aire libre, bajo los rayos del sol, rodeado de verde. Le cuesta encontrar las palabras para expresarlo.
“Acá estás todo el día suelto”, repite, en voz baja, casi maravillado.
El trabajo –esa carga que tantas veces nos agobia– es una bendición. Quizás no sea demasiado tarde para que estos jóvenes lo descubran.
En cuanto a la nueva policlínica, será inaugurada en diciembre si todo sale bien.
“Forma parte de las políticas sociales de ASSE. Más del 10% de nuestro presupuesto está destinado a fines sociales: atender a presos, adictos a las drogas, enfermos psiquiátricos y adultos mayores”, dice Soto, vicepresidente de los servicios de salud del Estado.
Al despedirnos de los obreros-reclusos que trabajan en la construcción de la policlínica, todos posaron sonrientes para una foto, todo un equipo orgulloso de su obra.
Algún día todos ellos cruzarán las mil alambradas que separan la cárcel del mundo libre. Pasarán por donde ahora familiares con caras tristes hacen cola para entrar a la visita con sus bolsos llenos de provisiones. Dejarán a sus espaldas el cartel que anuncia que quien tira un papel al suelo en la entrada del penal se hace “pasible del correctivo correspondiente”. Ese día, cuando salgan del lugar donde nadie quiere estar, la reforma de la policlínica quizás sea uno de los pocos buenos recuerdos que se lleven de los años pasados allí dentro.
Habrán dejado algo útil para los demás.
No es poco.

Historias uruguayas, crónicas y reportajes de Leonardo Haberkorn
Publicado en la edición noviembre/diciembre 2013 y enero 2014 de la revista Construcción, de la Cámara de la Construcción del Uruguay.
Incluido en el libro Historias uruguayas.
Fotografías: Magdalena Gutiérrez.
el.informante.blog@gmail.com

20.12.13

Más nombres raros (en el Ejército)

Como parte de un trabajo que estoy realizando, tomé contacto con una lista que reúne los nombres de todos los egresados de la Escuela Militar entre 1885 y 1985.
Como no podía ser de otra manera, la nómina incluye nuevos aportes al acervo de nombres raros orientales. A algunos la voluntad de sus padres parece haberles determinado la vocación, ya que llevaron o llevan el nombre de grandes batallas, como Verdún o Marne. Otros, como es habitual en Uruguay, portan como nombre el apellido de grandes políticos, militares u hombres de las artes o de las ciencias: los hay Artigas, Rivera, Oribe, Bolívar, Batlle, Beethoveen y Huxley, entre tantos otros.
Algunos de los nombres que se destacan:

Epigmenio Bachini
Bervano Bianchi
Doddy Nieto
Inaudi López
Naurelino Rozas
Dulcineano Castromán
Togo Hasdovas
Danubio Moreira
Oriobaldo Nieves
Faborín Belén
Juancito Urquhart
Crispín González
Cloto Masciardi
Darling Colina
Dystor Pérez
Eliocadio Martínez
Spikerman Rodríguez
Marciano Fontes
Florbelito De Moraes
Gulliver Sanguinetti
Hoberg Piñeiro


nombres raros
Circula por internet: al parecer en República Dominicana también hay nombres que se las traen.

23.11.13

El Fantasma de 1950 nos persigue a nosotros

Por favor, que no se tomen estas líneas como falta de admiración por la hazaña de los campeones de 1950. No seré yo quien minimice en un blog la gloria que ganaron en la cancha. Tampoco quisiera que fueran tomadas como una falta de reconocimiento y cariño a la selección que en forma tan meritoria obtuvo el cuarto puesto en Sudáfrica 2010. De mi parte, todo lo contrario.
Sin embargo, y después de tanta celebración al Fantasma del 50, no puedo dejar de decir dos frases al respecto:

a) Después de Maracaná, Brasil ganó cinco Copas del Mundo. Uruguay ninguna.

b) El Fantasma de 1950 ya no persigue a Brasil. Nos persigue a nosotros.

Brasil sacó, es evidente, las lecciones correctas de aquella dolorosa derrota. Hoy sus equipos son temidos en todas las canchas del mundo, en el campeonato que sea. Aunque su liga no pueda mover el dinero de la española o la italiana, los brasileños son la principal potencia del mundo del fútbol. Se han aburrido de ganar Copas del Mundo. Han compensado con creces Maracaná.
Nosotros, en cambio, nunca más ganamos. Desde hace 63 años vivimos recordando aquel día. Como dijo Pablo Da Silveira cuando comenté esto mismo en Twitter:


Maracaná


Tiene razón Da Silveira. Maracaná -la culpa no la tienen los campeones- nos paralizó. Nos paralizamos, y no solo en fútbol. Llevamos décadas intentando que se repita, que vuelva Maracaná, que regrese el paraíso batllista (¿existió?), que otra vez seamos los campeones del mundo, sin entender siquiera por qué aquello tan maravilloso ocurrió.
Sacamos la lección incorrecta. Mientras las selecciones brasileñas cada vez jugaban mejor, nosotros creímos que la clave de aquella hazaña fue la pelota abajo del brazo del Negro Jefe. Apostamos a la "garra charrúa" mientras se repetía que el exquisito Juan Alberto Schiaffino era un pecho frío.
Soñando con nuevos Maracaná, creímos que ganar era así de fácil y caímos cuesta abajo en la rodada. Mientras los demás daban vueltas olímpicas, mientras otros países que no sabían jugar al fútbol aprendieron, la televisión mostraba en vivo al Tano Gutiérrez apretándole el cogote a un belga y al Pato Sosa despeinando a Cristino Ronaldo.
Aunque muchos se enojaron, entendí por qué Diego Lugano mandó al diablo al Fantasma de 1950. Porque esta última selección fue la primera en mucho tiempo que quiso sacarse de encima las cadenas de todos los fantasmas que el fútbol uruguayo viene arrastrando desde hace décadas. Estos futbolistas en Sudáfrica salieron a la cancha sabiendo que ganar no es así de fácil. Que no basta con apretarle el cogote a uno, despeinar a otro, meter un planchazo y meterse la pelota abajo del brazo. Con sacrificio, fueron a hacer lo mejor posible, a ganar o perder jugando al fútbol. Y no les fue mal. Lo que lograron en África y reafirmaron en la Copa América -y que pareció replicarse en algunas selecciones juveniles-, fue una gran alegría para todos y también la esperanza de un ciclo nuevo, no atado a los errores del pasado. Babosear, festejar nuestra supuesta viveza, ganar antes de salir a la cancha, creer que los demás nos tienen miedo, pensar que estamos destinados a la gloria por destino manifiesto, todo eso es parte del viejo repertorio. Es el tango que nos hizo mal. El pozo. El fantasma que nos persigue y no nos quiere soltar.


Pato Sosa Cristiano Ronaldo




4.11.13

"En términos de la cultura: ¿qué importa si uno de mis 32 choznos fue charrúa?"

"Ser indio en el Uruguay". Ese era el título de una mesa redonda en la Facultad de Humanidades, en el marco de las Primeras Jornadas "Pueblos Originarios: nuevas miradas y debates en torno al pasado indígena". Fue en octubre de 2011. Para dar una idea del tenor de la actividad, una de las ponencias que presentaron ese día se titulaba: "Mujeres Charrúas rearmando el gran quillapí de la memoria".
Fue la última vez que vi al profesor Renzo Pi Hugarte. La sala donde se desarrollaron las conferencias era un aula común y corriente, no muy grande, totalmente repleta de gente. El público era "charruísta". Muchos estaban vestidos de indios: llevaban coloridas prendas del Altiplano, vinchas, camisetas estampadas con el rostro de caciques siux o piel roja.
Entre los expositores estaban los dos maestros de la antropología en Uruguay: Pi y Daniel Vidart.
Ya lo conté en una entrada anterior: Pi habló sentado en una mesita frente a todo aquel auditorio. Todo lo que dijo era todo lo que aquella gente no quería oír. Les dijo que no por vestirse de indios revivirían a la desaparecida etnia. Y que no alcanzaba con proclamarse "indio en el Uruguay" para serlo. Luego Vidart lo reafirmó a su turno con una conferencia titulada como una piña en el estómago: "No hay indios en el Uruguay contemporáneo".
Vuelvo sobre este tema porque, mientras buscaba otra cosa, encontré la grabación de aquella intervención de Pi, que creía haber perdido.
Vale la pena transcribirla. Es un ejercicio de honestidad intelectual y coraje totalmente fuera de lo común para un país que tiene demasiados intelectuales campeones de lo políticamente correcto, especialistas en cosechar aplausos de la tribuna, acomodaticios a más no poder.
La ponencia de Vidart de aquel día, de idéntica valentía, puede leerse aquí. La de Pi, que falleció el 15 de agosto de 2012, no estaba disponible hasta hoy. La reproduzco hoy aquí, gracias a la grabación encontrada.
Dijo Pi Hugarte:

"Lo que yo puedo decir todos ustedes lo saben porque lo he dicho muchas veces y lo he escrito. No siempre ha caído bien, sobre todo a aquellos que se sienten indígenas por una cuestión de corazón.
Lo que un individuo es desde el punto de vista étnico no depende exclusivamente de lo que él pueda decir que es, o creer que es. Depende también de cómo lo ven los otros. Porque sin estas dos cosas, no hay identificación étnica.
Yo he vivido tantos años en Ecuador y soy ciudadano ecuatoriano inclusive. Es un país multiétnico, multicultural, algo que la nueva Constitución ahora reconoce. Yo recuerdo una discusión que tenía con mis amigos en ese país, que me decían "somos todos ecuatorianos". Sí, es cierto, hasta yo que no nací aquí soy ecuatoriano, les respondía, pero hay salasacas, hay saraguros, hay cofanes, hay achuar. Sí, son todos ecuatorianos, pero no como ustedes, autodefinidamente blancos de clase media, universitaria. Es otra cosa.
indios, uruguay, Pi HugarteYo me enfrentaba con un saraguro o un salasaca y tanto yo como él sabíamos que era un saraguro o un salasaca. Porque tienen su lengua, sus tradiciones y hasta su manera de vestir distinta.
El asunto de la naturaleza étnica es una cuestión cultural. No interesa para nada en el orden de la cultura los genes que uno pueda tener, los genes no determinan nada. Esto puede ser incluso una carga lamentable del siglo XIX, cuando se pensaba que la cultura era una consecuencia de la raza, lo que llenó los museos europeos de colecciones de cráneos del mundo, porque se pensaba que dada la forma del cráneo se iba a poder determinar el tipo de cultura que esos individuos habrían generado. Hoy hemos dejado de lado todo eso, entre otras cosas porque el concepto de raza ha sido completamente devaluado científicamente y en términos de cultura nada significa.
Los países europeos ahora están sufriendo, por la gran inmigración que están teniendo, un proceso similar al que sufrieron algunos otros lugares del mundo, entre otros el Río la Plata, donde confluyeron individuos de todas partes. Realmente de todas partes y de culturas y aspectos físicos muy diversos.
Los del aspecto físico creo que es una cuestión muy menor. Siempre recuerdo a los que fueron los hermanos que no tuve en mi infancia y adolescencia ya lejanas, los García Gómez, que eran hijos de un exiliado republicano español y de la lavandera del pueblo, él perfectamente blanco y rubio y ella una mulata oscura. Los hijos de los mismos padres pueden salir con tintes diversos. Entre estos queridos amigos míos -que yo he tenido no sé si la suerte de vivir más que ellos-, la mayor, la Ñata, si uno le preguntaba qué era racialmente, ella respondía que era blanca, a pesar de que era la más oscura de los hermanos. Claro, se llamaba Blanca de nombre, porque su madre había querido "blanquearla" de esa manera. (Y ella se "blanqueó" después casándose con un italiano y tuvo hijos rubios). En cambio el hermano que era de mi edad, el más amigo mío, Fernando, era blanco como yo de piel, pero con la nariz platirrina y con motitas. Y si uno le preguntaba: Miope, ¿qué sos vos racialmente?, él decía: negro.
Entonces, la apreciación subjetiva puede ser muy variada y no da lugar a una certeza. No es por ese lado que vamos a llegar a nada. No es por ese lado. Por eso me llaman la atención algunas cosas que están en el programa de estas jornadas. Para que haya un grupo étnico tiene que haber un grupo. No tiene que haber un individuo aislado, que tenga un lejano antepasado cuya comprobación puede ser en gran medida mítica porque se basa en conversaciones de fogón y de cocina. En tanto que se borran los otros (antepasados), que sí tienen una historia concreta, un nombre concreto y una historia que se puede reconstruir perfectamente.
Todos tenemos dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, 16 tatarabuelos, 32 choznos. ¿Qué importa que yo haya tenido un chozno, uno de esos 32 que haya sido charrúa o minuán?  ¿Importa algo en los términos de la cultura? Ni siquiera importa lo más cercano. Yo tuve un abuelo catalán. ¿Qué tengo de catalán?  ¡Nada! Absolutamente nada. Y en esto desafío a cualquiera de ustedes que vaya a Cataluña, como a mí me pasó: fui a Cataluña y sentí que lo único que tenía era un apellido que me identificaba como tal:  no hablo la lengua, ni tengo la visión, ni los sentimientos ni las apreciaciones que un catalán crecido en Cataluña puede tener. Entonces yo insisto como he insistido siempre en el hecho de la cultura.
Suecia recogió gente perseguida de todo el mundo. No sólo había uruguayos en Suecia. Había malayos, indonesios, que físicamente son muy distintos a los suecos pero cuyos hijos aprendieron a hablar esa lengua, es la vida que han hecho. Si volvieran a Camboya o al lugar de donde salieron sus padres o sus abuelos, se sentirían totalmente perdidos, totalmente ajenos porque lo propio de ellos es el mundo y la cultura sueca que absorbieron.
Recuerdo que una guía en Versalles era descendiente de vietnamitas, con todo el aspecto físico oriental: el pelo negro chuzo, los ojos almendrados, el color atezado, la baja estatura. Y ella hablaba de la época de Luis XIV, del Rey Sol, de la época en que se había construido el palacio que se visitaba y hablaba de "nosotros".  Eso para ella era "nosotros": ella se identificaba con esa historia porque, claro, había crecido ahí. De vietnamita no tenía más que el aspecto y esto en términos de la cultura no importa absolutamente nada.
Esto yo lo he dicho muchas veces. Ha generado malestar en muchos. Recuerdo un charlista qué bombardeaba al rector de la época con notas descomunales. Una llegó a tener 45 páginas exigiéndole al rector de entonces -que era Brovetto- que me licenciara porque yo hablaba mal de los charrúas. ¡Y éste que decía eso era un criollo falsificado, un gringo chacarero de afuera recién llegado! ¡Qué me venía con cosas! Pero no, él se consideraba charrúa. Se creía charrúa no sé por qué razón, por qué historias de fogón y cocina de alguna lejana abuela. Tenía un apellido que lo identificaba perfectamente como lucano, el apellido es el nombre de un pueblo que está cerca de Potenza, y puedo hablar con todo conocimiento del hecho porque estuve allí, un pueblito bastante lindo que tiene una iglesia del siglo XIII que vale la pena verla. Si me hubiera dicho que era descendiente de italianos y qué entre sus dieciséis bisabuelos había una que era indígena, era un dato curioso y nada más. En todo lo demás, física y culturalmente, no tenía nada que ver. La última vez que lo vi se había pintado el pelo todo de rojo. No de un rojo natural, sino de un rojo forzado. Me quedé pensando si no sería una antigua cultura de guerra.
Insisto: la identificación étnica del individuo no depende sólo del individuo que dice ser esto o lo otro. depende también de cómo lo ven los otros.
Ahora, ¿qué diablos es una etnia? En la tradición cultural francesa se considera que lo definitorio de la etnia es la lengua. En la tradición intelectual alemana lo definitorio es la historia y la tradición. Ambas posiciones no son desde luego contradictorias. Es más, uno podría decir que si no se dan las dos cosas no tenemos una etnia.
Hay algo que los europeos del siglo XIX no pudieron ni siquiera sospechar. Acá en el Río de la Plata nuestra etnia es la rioplatense. Cuando yo me encontraba con mi amigo el Miope, hijo de un español y la mulata lavandera del pueblo, teníamos la misma etnia, no teníamos la misma raza tal vez. Cuando me encuentro con mi amigo Olivera Chirimini me pasa lo mismo, o con Romero Rodríguez: no tenemos la misma raza, ellos tienen un mestizaje africano. Pero sí tenemos la misma etnia: hablamos la misma lengua y tenemos las mismas tradiciones rioplatenses, nos gustan las mismas cosas: el candombe, el tango, tenemos ciertos principios éticos que se llevan nuestra conducta en la acción. Esto es lo que los europeos del siglo XIX no pudieron imaginar: se puede ser de razas distintas -si es que validamos el concepto de raza- y de etnia idéntica.
Claro que en un país como Ecuador, como les contaba, las cosas no son tan así. Porque ahí si se da una identidad entre la forma de la subraza americana y la cultura y la lengua que tiene. Un shuar no es lo mismo que un cofán: hablan lenguas tan distintas como puede ser el sánscrito del castellano, aunque tal vez tengan un origen lejano común y tengan un aspecto físico qué pueda hacerlos parecidos al menos a nuestros ojos, que tendemos a verlos más parecidos de lo que son.
No sé qué más decirles mis amigos. Tengo el temor de que estas cosas puedan llevar a una visión racista, no tenemos por qué explicar lo peligroso que es todo esto. Se ha hablado de Estados Unidos. ¿Vamos a caer en el mismo extremo, que si uno tiene uno de los cuatro abuelos de ascendencia africana necesariamente es negro? ¡Es un absurdo!"

28.10.13

Hugo Batalla: "Brilló en la oscuridad"

A partir del miércoles 30 de octubre estará en las librerías Hugo Batalla. Las luchas más duras, un gran libro del periodista Leonel García. Tuve el honor de que se me pidiera escribir el prólogo. Éste fue el resultado:


Conocí a Hugo Batalla a mediados de los años 80, cuando él ya era uno de los hombres más prestigiosos y más queridos en todo Uruguay y yo apenas un muchacho que empezaba en el periodismo.
No recuerdo con precisión cuándo fue la primera vez que lo vi en persona, pero pienso que debe haber sido en la redacción de la revista Zeta, la publicación oficial de la lista 99.
Yo buscaba hacerme un lugar el mundo del periodismo, era colaborador del semanario Aquí y, en el afán por publicar también en Zeta, había presentado a los responsables de la revista la idea de escribir una sección de humor. Proponía hacer una especie de “frases de la semana” pero con frases falsas, que provocaran la risa. Se trataba de parodiar refranes, discursos políticos, eslóganes partidarios y avisos comerciales. Todavía no sé cómo aceptaron mi idea, pero la sección comenzó a publicarse. A falta de un nombre mejor, alguien le puso “Las frases de Leonardo”.
Hugo Batalla. Biografìa. Leonel García.Nunca nada de lo que hice en el periodismo me provocó tanta angustia. Pasaba las semanas pensando oraciones y me costaba encontrar alguna que de verdad hiciera reír. Hoy recuerdo aquella sección como muy mala y espero que a nadie se le ocurra rescatarla del olvido.
Lo bueno fue que allí, en la redacción de Zeta, entregando mis frases y algunas notas serias que también escribí, comencé a ver a Hugo Batalla.
Yo sentía cierta desconfianza de la aureola que lo rodeaba: el tal Hugo no podía ser tan fenómeno, tan crack, tan buen tipo como todo el mundo decía.
Pero me llevé una sorpresa. Es cierto que, conforme me fui formando como periodista, comencé a conocer más la historia reciente y con ella todo lo que Batalla había hecho en la dictadura. Pero lo que me hizo cambiar mi primer prejuicio de desconfianza no fue aquello, sino el modo en que Batalla me trataba cuando me veía en la revista. ¡Leonardo!, decía y yo casi que no podía créelo. Yo era el último orejón del tarro en aquella redacción pero Batalla siempre me saludaba por mi nombre, ¡y hasta me felicitaba por mi sección! Y no era falso: me constaba porque me comentaba las frases, las repetía, se reía a carcajadas y me preguntaba qué tenía para la próxima entrega.
Ni que decir tengo que empecé a sentirme halagado. Pero lo que más me sorprendía era que ese hombre con miles y miles de votos fuera de tan fácil acceso, tan sencillo, tan llano, tan poco agrandado y tan distinto a todos los políticos que yo ya había comenzado a conocer.
Una cosa me llamaba mucho la atención: Batalla no tenía idea de si yo lo votaba o no. Nunca jamás me lo preguntó, ni se interesó por saberlo, lo que no lo influía para nada en el trato que me dispensaba.
Me salteo unos años. Estamos en enero de 1989. El Frente Amplio está en crisis y a punto de quebrarse. La 99 -el Partido por el Gobierno del Pueblo- se apresta a abandonar la coalición junto con el Partido Demócrata Cristiano. Yo ya logré ingresar a la plantilla fija del semanario Aquí y me encargan que entreviste a Batalla, sobre este tema, el asunto político del momento. Es difícil concretar la entrevista, porque la mitad de los periodistas del país están detrás suyo y porque las reuniones políticas que lo tienen como protagonista se suceden día tras día.
No existía el teléfono móvil en 1989. Lo llamo a Batalla a su despacho, a su casa, y siempre acepta ponerse al teléfono. Nunca dice que no está. Sin embargo, no tiene un espacio libre en su agenda y es verdad.
Al fin me dice que vaya al Parlamento a las cinco menos diez, conversaremos antes del comienzo de la sesión del Senado. Pero llega tarde y la sesión ya comenzó. Lo acompaño a su despacho. A cada dos pasos alguien lo detiene. Hay periodistas que le preguntan qué novedades hay de la crisis del Frente. Batalla responde. Un movilero de un informativo de televisión (en aquellos años esa palabra no se usaba) le pide que le explique qué se está decidiendo en el Senado, porque no sabe qué va a decir cuando salga al aire. El senador Batalla, el político del momento, le explica como si fuera un maestro de escuela. Una secretaria la avisa que una organización social lo invita a un almuerzo. Batalla le dice que no tiene tiempo y pide si el almuerzo se puede cambiar por un café, porque no quiere fallarle a esa gente.
La entrevista la hice así, acompañándolo por los pasillos del Palacio y hasta en el baño, siendo interrumpido decenas de veces por decenas de personas con decenas de motivos diferentes, y Batalla siempre atendiéndolos a todos. Sonriendo, a pesar de que aquellos días no eran sencillos.
Días atrás, en una conferencia de prensa, alguien le había preguntado si era agente de la CIA. Conforme se hacía evidente que la 99 se iría del Frente Amplio (¡las cosas que decía entonces Batalla se parecen tanto a las que dice hoy Asamblea Uruguay!) habían comenzado a aparecer los carteles de “traidor”. “Tengo toda una vida detrás, y quiero que se me juzgue por toda una vida. No quiero que se me juzgue por solo un acto”, pidió Batalla en aquella entrevista. Le dije que muchos decían que era un buen tipo, honesto, macanudo, pero que no servía para líder político. Respondió: “Un hombre inteligente es siempre importante. Un hombre bueno es siempre mucho más importante”.
Salto otra vez en el tiempo. Vamos al 3 de octubre de 1998, el día de la muerte de Hugo Batalla. A la tristeza que me provoca su fallecimiento, se suma el dolor de notar demasiadas ausencias en su entierro.
Qué país de mierda.
Este libro de Leonel García salda parte de la deuda que Uruguay tiene con ese gran hombre que fue Hugo Batalla. Se trata de una obra completa, documentada y escrita con las mejores características del buen lenguaje periodístico. Leyendo estas páginas, volví a ver al Batalla que veía en Zeta. Disfruté de la lectura y reí a carcajadas con las ocurrencias del Hugo, sus chistes y su humor absurdo y volví a sentir aquella felicidad que sentía cuando me comentaba “las frases de Leonardo”.
Recordé al Batalla político, al hombre que prefería tender puentes que dinamitarlos. Cómo no sentir indignación, al leer el libro, ante aquellos que impulsados por la nefasta lógica del todo o nada boicotearon el proyecto Zumarán-Batalla para castigar las violaciones más graves a los derechos humanos durante la dictadura. Ellos también son corresponsables de la espantosa ley de Caducidad, aunque no lo admitan.
El libro entero vale la pena ser leído. Pero me gustaría destacar una frase. El capítulo que cuenta la vida de Batalla durante la dictadura militar lleva un gran título. Son apenas cuatro palabras que lo dicen todo: “Brilló en la oscuridad”. Porque Hugo Batalla alumbró con su coraje nuestra noche más oscura. Eso es algo que nunca debió ser olvidado, más allá de los vaivenes de la política. Los testimonios que recoge al respecto Leonel García mueven a conmoverse ante la generosidad y la valentía de un gran hombre que nunca posó de tal.
Porque Leonel García es un buen periodista también fue a buscar la otra campana. Y allí aparece otra vez, todavía, irracional, desagradecida, tan vacía de cariño como de argumentos, la helada mezquindad que terminó por expulsar a Batalla de su querido barrio de La Teja. Los hechos, relatados con precisión y detalle en el libro, hablan por sí solos y ponen la historia en su justo lugar.
En aquella entrevista que le realicé yendo de aquí para allá por el Palacio Legislativo, Batalla respondió a los que ya comenzaban a negarlo:
“Muchos confunden blandura con tolerancia. Yo soy un hombre tolerante, y me honro y enorgullezco de serlo. ¿Blando? ¡La puta! Acá hay que ver si todos pusieron lo que tiene que poner un hombre sobre la mesa en la dictadura. Ahora es facilísimo ser revolucionario. Y yo estuve en la primera línea de lucha. Y a nadie le pedía clemencia. Nunca. Acá me jugué las cartas, porque entendí que era mi obligación de hombre, más que como ciudadano o como abogado. ¿Te das cuenta? Por eso estoy en paz con mi conciencia. De noche me acuesto y duermo”.

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