30.4.10

El sindicato del abuso

No hay nada más vil que un asesinato. Pero, ¿qué tenemos que ver los que usamos los ómnibus y los taxis para ir a trabajar con un criminal que mata a un taxista?
Si parar el transporte ayudara a encontrar al asesino, yo sería el primero en aceptarlo de buena gana. Pero, ¿en qué afecta a los delincuentes y a los criminales que la ciudad entera, un millón y medio de personas, se quede un día entero sin ómnibus y sin taxis?
¿En qué mejora la seguridad pública un paro total del transporte?
¿Cuántos paros del transporte se han hecho en los últimos años? ¿Han tenido alguna otra consecuencia que perjudicarnos a los usuarios?
¿Los delincuentes han dejado de robar taxis u ómnibus gracias a los paros del transporte?
¿Quién le ha dado a los sindicalistas del transporte el derecho de privarnos de ir a trabajar o a estudiar? ¿Con qué derecho que no sea el de la simple fuerza bruta nos obligan a volver a pie a nuestras casas, nos impiden ir a buscar a nuestros hijos a la escuela?
¿Por qué toleramos este abuso una y otra vez?
Nosotros, los que repudiamos a los delincuentes que acosan a los trabajadores del transporte, somos los que pagamos todo el costo de sus "medidas de lucha". Los delincuentes que los acosan se matan de risa en sus casas. No creo que sea un gran problema para un asesino de taxistas quedarse un día sin hacer nada, limpiando el revólver o contando los billetes.
Los sindicalistas del transporte se aprovechan del poder que tienen de un modo que es a la vez necio, bruto y extralimitado. Si en lugar de ómnibus y taxis tuvieran uniformes verdes y ametralladoras estaríamos frente a un problema mucho más grave.
(Ojalá nunca tengamos una central nuclear, pero si la tenemos: por favor, que ninguno de estos señores trabaje en ella).
Los sindicatos del transporte son un símbolo perfecto de un país que piensa mal, que razona al revés. Un país donde se llama "medidas de lucha" a la violación de los derechos ajenos, donde se presume "solidaridad" donde solo hay atropello. Un país que, por prejuicios ideológicos, ni siquiera puede asumir que tenemos un grave problema de seguridad pública. Si no hay problema, no habrá solución. Por eso se hacen paros del transporte: porque una cosa no tiene nada que ver con la otra.

Artículo de Leonardo Haberkorn
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23.4.10

La conjura del pollo


El asunto mete miedo. Ya lo ha dicho el presidente Evo Morales: comer pollo te vuelve gay. Solo de pensarlo, y recordar cuánto pollo me he comido, se me pone la piel de gallina. ¿Y el huevo, Evo? Si el pollo sale del huevo y el pollo te hace gay, quizás el huevo también pueda tornarte invertido. En el mejor de los casos, seguro que afeminado. Habría que tomar una medida precautoria contra las tortillas, mientras el presidente boliviano no aclare este punto. Y ojalá eso ocurra pronto y de un plumazo, para que todos podamos volver a comer sano y sin temor a las grasas trans (transexuales).
Lo peor de todo es ver lo que ocurre alrededor mientras Evo libra su solitaria batalla contra el pollo homosexualizante. Basta ver: el presidente de Uruguay viajó especialmente a Brasil para entrevistarse con Lula. ¿Qué tema trataron? ¡El pollo!
Los dos presidentes acordaron que Brasil enviará a Uruguay 120 toneladas de pollo al mes. ¿Qué se propone Mujica? Curioso, porque al mismo tiempo, el Pepe y su colega Hugo Chávez acordaron que Venezuela nos enviará petróleo y nosotros le pagaremos con… pollo.
Este trasiego de hormonas oculta algo, y gracias a Evo recién podemos comenzar a entrever qué tan espeso es este caldo.
Tomenos en cuenta que en Irán –país amigo de Evo, Lula, Pepe y Chávez- el ayatola Kazem Sedighi sostuvo hace unos días que el auge del homosexualismo (“la sodomía”) ha causado la ola de terribles terremotos que azota la Tierra.
O sea, el huevo trae el pollo, el pollo trae el homosexualismo, y el homosexualismo trae los terremotos. Esas pechugas al spiedo que usted come, señor, terminan por matar a millones. Y peor todavía, porque este descalabro incluso provoca que los santos varones de la Iglesia católica se vean obligados a vejar niños. Ya lo dijo el obispo de San Cristóbal de las Casas: “ante tanta invasión de erotismo no es fácil mantenerse fiel tanto en el celibato como en el respeto a los niños”.
O sea, si no se comiera tanto pollo, no habría ni gays, ni terremotos, ni curas pedófilos. Haití sería como Miami. Y el Vaticano ya no tendría que preocuparse por aquellos que proponen –no sin argumentos- la castración química de todos los sacerdotes.
El mundo entero clama por la extinción del pollo (lo correcto políticamente es decir los pollos y las pollas). No más gallináceos. Muerto el pollo se acabó la rabia.
Y entonces, ¿a qué viene todo este interés de Mujica y Lula por desparramar toneladas de pollo por todo el continente, embutirnos miles de pechugas a los uruguayos, y canjear el sacrosanto petróleo venezolano por gallináceos trans? ¡Pollo homosexualizante a Venezuela, donde el gran Hugo Chávez se prepara para llevar la Revolución Bolivariana por el mundo!
"Lo que está en juego es la perdurabilidad de la vida humana arriba de la Tierra”, dijo Mujica esta semana. “El grito es salvar al mundo para salvarnos a nosotros mismos”, agregó.
Está visto que Mujica piensa que el Uruguay y el planeta se salvan comiendo pollo.
Como el gran Ignatius J. Reilly, el inolvidable protagonista de La Conjura de los Necios, quizás nuestro presidente piense que solo un gran ejército de sodomitas podrá traer la paz al mundo.
Si andan comerciando tanto pollo, es claro que Lula y Chávez también piensan lo mismo.
Ya lo van a convencer a Evo.


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13.4.10

Víctor Hugo: la historia olvidada

Víctor Hugo Morales acaba de publicar un libro muy entretenido y bien escrito: Víctor Hugo por Víctor Hugo Morales.
Hay muchos puntos interesantes en la obra. Víctor Hugo va mezclando la historia de su propia vida con reflexiones sobre los más diversos tópicos, desde el fútbol a la política, pasando por la música, la historia, internet y los teléfonos celulares (aparatos que no tiene ni quiere tener). Sin embargo, como el reconocido periodista uruguayo ha decidido polemizar en los últimos días en Argentina respecto a la ética periodística, y ha aludido a la actitud que deben tener los periodistas ante un gobierno dictatorial, interesan en especial las páginas que narran sus años de periodista en Uruguay durante la dictadura militar que comenzó en 1973.
En una reciente entrevista en la revista Noticias, Víctor Hugo comparó el comportamiento que deberían tener los periodistas de Clarín con la situación de los comunicadores cuando falta la democracia: “Siempre el periodista tiene formas de decoro. En los tiempos de la dictadura ninguno decía todo lo que pensaba, porque no quería ir preso, porque no estabas dispuesto a dar tu vida, razones lógicas. Lo que no podés es convertirte en un alcahuete, en un promotor de la dictadura”.
En su nuevo libro, Víctor Hugo se presenta a sí mismo como un periodista que transitó por la dictadura militar uruguaya con pesar, sin perder el decoro que hoy exige y colocando algunos aguijones cuando podía, leves y escasos pero recordables:
“Uno repasa esos años y te das cuenta de que solo se luchaba por la superviviencia. Un combate permanente de hasta cuánto podías ceder sin menoscabar tu dignidad personal, cuánto podías callar sin sentirte un gusano, cuánto podías mantenerte al margen…”
“Fueron años de miedo, supervivencia, ingenio y negociación, intentando ver la salida al túnel. Las pequeñas cosas que uno hacía para pelear desde adentro eran apenas travesuras. Hacías una cosita y esperabas a ver qué pasaba. Si no pasaba nada, avanzaban un poco más”.
Luego enumera sus “travesuras”: en el Mundialito de 1980, por ejemplo, usó un jingle distinto al oficial. También padeció “lo que pueden llamarse amonestaciones por cosas que había dicho, por pequeñas jugaditas que hacía en el micrófono que la dictadura más o menos captaba pero no eran demasiado graves”. Una vez un jugador de Defensor de apellido Filipini le hizo dos goles a Nacional y tras el partido Víctor Hugo lo entrevistó. Cuando se despedían, el futbolista dedicó sus goles a su hermano que estaba preso en el penal de Libertad y a los demás detenidos. VHM respondió: “Muy bien recibido, vayan sus saludos”. Lo citaron de una unidad militar, lo tuvieron cuatro horas esperando hasta que por fin lo recibió un coronel que tenía la grabación de aquella entrevista. Víctor Hugo cuenta en su nuevo libro que él le explicó al militar que Filipini lo había sorprendido y que su saludo solo había sido un formulismo. El coronel lo rezongó: le dijo que tenía tarjeta amarilla y lo dejó ir para su casa. Filipini, en cambio, no volvió a jugar en el Centenario.

La política del fútbol

Víctor Hugo irrumpió con fuerza en los medios uruguayos entre 1974 y 1975, cuando murió Carlos Solé. Su ascenso desplazó a un segundo plano a Héber Pinto, el otro gran relator de entonces.
Uruguay vivía bajo una dictadura militar desde 1973. La libertad de prensa había sido sustituida por un duro régimen de censura. No se podía escribir nada que hiciera sombra al gobierno. Por supuesto: estaba prohibido hacer cualquier mención al golpe de Estado, la falta de libertades, los presos políticos, la tortura en cárceles y cuarteles, la proscripción de partidos y dirigentes. Pero también estaban vedados cientos de otros tópicos: cualquier noticia internacional que pudiera asociarse a lo que aquí ocurría, todo aquello sospechoso de izquierdismo, manifestaciones artísticas “foráneas”, toda mención a una larga lista de personalidades proscriptas...
Con ese panorama, los medios de comunicación se tornaron fríos y aburridos. En los noticieros de televisión se leían los comunicados oficiales del gobierno o de las Fuerzas Armadas. La opinión prácticamente desapareció del mapa. ¿Quién iba a opinar si no se permitía hablar de nada? No se podía criticar al gobierno, claro, pero tampoco a las intendencias, los entes, los servicios públicos, la educación, los hospitales, la programación de Canal 5…
Ése era el panorama cuando Víctor Hugo revolucionó el periodismo deportivo. Aunque Héber Pinto (“el relator que televisa con la palabra”) era excelente y muchas de sus imágenes todavía son recordadas por los que pasamos los 40 (“voló como un Caravelle”), Víctor Hugo lo desplazó rápido. Tenía una voz clara y potente, velocidad, inteligencia, imaginación. Sus trasmisiones y su programa nocturno Hora 25 eran dinámicos en extremo gracias a un equipo de producción muy numeroso, una novedad en la radio deportiva uruguaya. “Tenían toda la trasmisión del fútbol del fin de semana guionada y libretada, como nunca antes se había hecho. Se buscaba una sincronización y una prolijidad que no eran características de las emisiones deportivas”, recuerda el periodista Joel Rosenberg en el libro Un grito de gol, la historia de relato de fútbol en la radio uruguaya.
Pero, más importante aún, Víctor Hugo encontró una mina de oro: en un país donde informar era leer comunicados militares, descubrió que no había nada que impidiera informar y opinar sobre los avatares internos de la Asociación Uruguaya de Fútbol, sobre lo que hacían, decían y votaban los dirigentes de sus clubes. A ellos se los podía criticar, incluso con la mayor dureza: nadie lo había prohibido.
Esa apuesta le deparó un éxito demoledor. Uno miraba Telenoche 4 yendo de bostezo en bostezo, escuchando como se leían los comunicados oficiales (“adelante Asadur desde Casa de Gobierno”), hasta que aparecía Víctor Hugo: con su rico lenguaje y su voz potente denunciaba el horroroso manejo de la AUF, acusaba a dirigentes por ineptos y corruptos, exigía responsabilidades. Aquello no era política, claro. Pero, en aquel país anestesiado, se parecía. La gente lo escuchaba porque era el único ámbito en todo Uruguay donde había información, opiniones tajantes, graves acusaciones y un aire de libertad.
“En poco tiempo Víctor Hugo Morales cambió el estilo del periodismo deportivo, confiriéndole un tono editorialista, asertivo, más gritón que razonable, que ganaría no pocos adeptos desde entonces”, dice Luciano Álvarez en su Historia de Peñarol. Y continúa: “Creyéndose más periodista que relator, intuitivamente descubrió que, en aquellos años de dictadura y silencios, la opinión era una mercadería escasa y necesaria. Si se manejaba bien y se aplicaba solo al fútbol, además era inocua para el régimen, y hasta lo ayudaba”.

Los malos de la película

Desde 1973, Peñarol dominaba el fútbol ganando un Campeonato Uruguayo detrás de otro, gracias a su goleador Fernando Morena. A nivel internacional, en cambio, Uruguay había comenzado un serio declive tras el fracaso en la Copa del Mundo de Alemania 74.
El periodismo editorializante de Víctor Hugo Morales necesitaba culpables. Y los encontró en Morena y el presidente de Peñarol, Washington Cataldi.
Víctor Hugo trabajaba en un grupo económico poderoso, tanto como el Clarín de hoy. Relataba en radio Oriental, aparecía en Telenoche 4, el noticiero más visto del país, y a medianoche conducía Hora 25 otra vez en Oriental. Canal 4 y radio Oriental eran de la familia dueña de radio Montecarlo, la más escuchada. A su vez comenzó a escribir en Mundocolor, un vespertino de los mismos propietarios que el diario El País y Canal 12. Tenía un pie en cada uno de los dos mayores conglomerados de medios del Uruguay.
Los ataques de aquel periodista omnipresente eran tremendos. Sus críticas eran de una virulencia extrema, lo que retroalimentaba su popularidad. Al golero de Peñarol, Walter Corbo, otra de sus víctimas favoritas, le decía cosas terribles. Según el propio Víctor Hugo consigna en El Intruso, un libro autobiográfico que escribió en 1979 (¡tenía 31 años!) le dedicaba frases como:
- No, Corbo, eso es para goleros inteligentes.
Los ataques a Morena eran más duros todavía y se prolongaron durante cuatro años de sistemático acoso. Azuzaba a los defensas de los otros clubes para que lo marcaran a “cara de perro”, es decir que lo golpearan. Lo señaló como único culpable de que Uruguay no clasificara al Mundial de Argentina 78. “Lo mató la responsabilidad. Se asustó”, escribió en Mundocolor el 3 de marzo de 1977 cuando la selección perdió en Bolivia y quedó fuera de la Copa del Mundo. Agregó de Morena: “No existió. No luchó. No goleó. No vivió. Se… puso lívido”.
Así escribía aquel VHM.
(Luego se arrepintió. En su libro El Intruso dice respecto a sus críticas a Morena y Corbo: “No había tenido toda la razón. Para muchos, ninguna. Había exagerado, por lo menos”. Y en su nuevo libro anota: "Me parece aborrecible en general el rol de la prensa cuando hostiga. No me gusta asediar ni siquiera a alguien que no me cae bien").
Cataldi, mientras tanto, era su mayor enemigo entre los dirigentes. Aunque los enjuiciaba a todos, Cataldi –el inventor de la Copa Libertadores de América- representaba según Víctor Hugo toda la corrupción del fútbol uruguayo. Yo, que era un adolescente, seguía cada noche el culebrón de Víctor Hugo con esquizofrenia. No toleraba sus injustos ataques a Morena, que era mi ídolo. En cambio, llegué a creer que Cataldi era una especie de monstruo que debía ser eliminado a toda costa para bien del Uruguay.
Esa era la trampa de la propuesta de Víctor Hugo, tan funcional a los intereses de la dictadura. Mientras en el Uruguay pasaban cosas terribles, él construyó un mundo paralelo, donde habitaban unos tipos siniestros y mafiosos, que no tenían nada que ver con el régimen. Eso era exactamente lo que la dictadura necesitaba. Mientras Uruguay se sumergía en una agobiante realidad, la popularidad de Víctor Hugo aumentaba y todos los que crecimos escuchándolo creíamos que el Mal se llamaba Cataldi.
Según lo que cuenta en su nuevo libro, Víctor Hugo siempre tuvo muy presente lo que implicaba la dictadura. No lo creo. Cataldi era uno de los diputados del Parlamento que los militares disolvieron cuando consumaron el golpe en 1973. Lincoln Maiztegui -en el tomo 4 de Orientales, una historia política del Uruguay- recuerda que Cataldi estuvo entre las personalidades que en setiembre del 73 firmaron una carta pública reclamándole a la dictadura el libre funcionamiento de los partidos. Era, desde el golpe de Estado, un ciudadano proscripto, con sus derechos recortados. Claramente, Víctor Hugo nunca lo tuvo en cuenta.

Coincidiendo con Rapela

Lo más significativo ocurrió en 1978 y quedó registrado por el propio VHM en El Intruso.
Cansados de sus “ataques sistemáticos”, en julio de 1978 los dirigentes de la AUF decidieron quitarle a Víctor Hugo la autorización para relatar durante un mes y medio.
En el libro Un grito de gol de Rosenberg, publicado en 1999, el periodista-relator declara que “el régimen militar había apoyado la medida. En este país nadie se hubiera animado a hacer nada si no le hubiesen hecho un guiño positivo los militares”.
Pero tal afirmación es desmentida por él mismo en El Intruso.
Dado que VHM era el periodista más popular del país, la decisión de suspender su derecho a relatar provocó un escándalo. En forma insólita, en un país donde había miles de presos y destituidos por razones políticas y nadie decía nada, de golpe volvió a hablarse de libertad de trabajo. En el diario El País -según consigna el propio VHM en su primer libro-, Julio César Espínola, un integrante del Consejo de Estado (el órgano títere de la dictadura colocado en lugar del Parlamento) dijo al otro día que la medida era “un atropello”. Y el ex presidente de facto Alberto Demichelli afirmó que la Constitución amparaba a VHM.
El mismo día El País publicó una entrevista a Víctor Hugo.
-¿Y su libertad de trabajo? –le preguntó el periodista.
-Voy a luchar por ella, de acuerdo con las leyes de mi país… -respondió.
En otro pasaje, Víctor Hugo afirmó, conmovido:
-En este momento se me ha ocurrido pensar en mi país. Lo único que le faltaba a los dirigentes del fútbol era comprometer su imagen, por una simple revancha.
En aquellos años, políticos como Wilson Ferreira recorrían el mundo denunciando la falta de libertades, los presos políticos, la tortura, los desparecidos. Y a Víctor Hugo Morales le preocupaba la imagen del país porque él no podía entrar al estadio.
El mismo pensamiento tenía el temido general Julio César Rapela, jefe del Esmaco, el Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas.
Tal como se relata en El Instruso, el militar recibió a Víctor Hugo y le aseguró que la decisión de la AUF no tenía nada que ver con el gobierno o el poder militar. Por el contrario, el gobierno estaba preocupado por sus consecuencias. “Mire (…) este asunto para nosotros es importante sólo en la medida en que afecte la imagen del país”, le dijo Rapela. “Porque no es posible que se afecte la imagen del país por una cuestión de intereses”.
VHM concurrió a aquella entrevista junto con Carlos Giacosa, el conductor de Telenoche 4. “Ustedes pueden tener la seguridad de que si las leyes los amparan, serán amparados”, les dijo el general.
Finalmente, el 19 de julio de 1978 el presidente de facto Aparicio Méndez revocó la decisión de la AUF y lo autorizó a volver a relatar.
Ante esta decisión Víctor Hugo –según escribió el 20 de julio en Mundocolor- sintió vergüenza. Pero no por haber tenido que ser amparado por un gobierno que violaba todos los derechos que él mismo invocaba.
“Sentí una cierta vergüenza por haber distraído (a) nuestros gobernantes en un tema infinitamente menor al que les ocupa día a día”, escribió.
Agregó: “El gobierno nacional no me ha condecorado, ni respaldado. Debió actuar muy por encima de eso (…) Sería veleidoso suponer que conocen mis crónicas. Por eso las felicitaciones están de más, son casi absurdas. Yo no fui respaldado en mi prédica. Apenas (pero eso sí, grandemente) fui defendido en los mismos derechos que usted goza…”
¡Los mismos derechos que usted goza!
Como dijo el propio Víctor Hugo a la revista Noticias hace un par de semanas: no se trata de ser un héroe frente a una dictadura, pero nadie te obliga a ser alcahuete.

"Un tal Tarigo"

Quizás por todo lo anterior, las referencias a aquel período profesional de VHM sean tan escasas en su nuevo libro. Sus reflexiones sobre el periodismo en la dictadura también son pocas y pobres. Cuando nombra a Enrique Tarigo, un abogado y periodista que –él sí- fue un verdadero héroe en la lucha por la democracia, lo hace en forma casi despectiva: “había un tal Tarigo”, escribe. Y de su actuación personal de aquellos años faltan demasiadas páginas de El Intruso que hoy es mejor no recordar.
No solo a los tupamaros y a los militares les falta sinceridad para hablar de aquellos años. Víctor Hugo podría hacer un ejercicio de memoria e introspección antes de seguir repartiendo y quitando carnéts de dignidad de prensa.

Relato Oculto. Las desmemorias de Víctor Hugo Morales. La dictadura.Artículo de Leonardo Haberkorn. Fue publicado también por el semanario Voces en su edición del 24 de abril de 2010.
Más y más completa información sobre este tema, en el libro "Relato Oculto".

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16.3.10

La isla de la hipocresía

Almodóvar, Ana Belén y Víctor Manuel han firmado un manifiesto que exige al gobierno de Cuba que libere a todos sus presos políticos. La carta, que está disponible en internet, ya ha sido firmada por más de 33.400 personas y por varias celebridades como Mario Vargas Llosa, Fernando Savater y Antonio Muñoz Molina.
Sin embargo las firmas de Almodóvar, Ana Belén y Víctor Manuel tienen un significado especial porque los tres artistas españoles son personas identificadas con las ideas progresistas y de izquierda. No debería sorprender: es imposible ser progresista y apoyar a una dictadura cruel que encarcela y lleva a la muerte a quienes piensan distinto.
En 2003, entrevistado en radio Caracol de Colombia, ni más ni menos que Pablo Milanés dijo:
“En Cuba hay errores que tenemos derecho a criticar (...) pero cuando uno lo hace se siente solitario. Hay miedo y tensión y es absurdo, porque no se puede seguir siendo revolucionario y teniendo ideas estalinistas de presiones sobre el pensamiento y la libertad".
"A Fidel le critico la falta de libertad de expresión porque hay tantas cosas bonitas aseguradas por la revolución que, cuando ves que es capaz de encarcelar a un agente durante 20 años porque habló dos o tres mierdas, no lo concibes".
Estalinismo. Miedo. Veinte años de cárcel por hablar. No lo digo yo. Lo dijo uno de los máximos íconos de la Revolución Cubana.
Pero parece que las noticias tardan en llegar a América del Sur.
De visita en Cuba, Lula eligió honrar a la dictadura y burlarse de sus presos políticos. Los comparó con los delincuentes comunes que protestan en las cárceles de San Pablo. La reciente muerte en prisión del preso político Orlando Zapata -tras 85 días de huelga de hambre- no logró matizar su hipocresía y su ignorancia.
El brillante periodista brasileño Elio Gaspari recordó esta semana en O Globo un incidente que retrata hasta qué punto llega la hipocresía de Lula, siempre citado como ejemplo en Uruguay:
En 1998 unos peligrosos delincuentes brasileños que habían secuestrado al empresario Abilio Diniz comenzaron una huelga de hambre en la prisión. Lula, entonces en la oposición, llamó por teléfono al presidente Fernando Henrique Cardoso e intercedió por los secuestradores: “Olha, Fernando, você vai levar para a tua biografia a morte desses caras".
En cambio, Lula pasó por La Habana de banquete en banquete sin realizar el más mínimo gesto de apoyo al periodista cubano y preso de conciencia de la dictadura, Guillermo Fariñas, que hoy sigue en huelga de hambre.
Tras Lula, los que se burlaron de los presos políticos fueron los presidentes de Bolivia y Uruguay, Evo Morales y José Mujica.
Evo, haciéndose eco de la campaña de difamación del gobierno cubano, dijo que Zapata era un “delincuente”. Mujica planteó el asunto como una confabulación del mundo rico contra un país pequeño y pobre. “El mundo rico siempre se arroga el derecho de imponer y juzgar a los demás y no acepta la más mínima responsabilidad y juicio en sus propias filas”.
“Sería bueno –agregó- que el mundo rico se diera cuenta que estamos en una humanidad distinta, diversa, contradictoria, con culturas distintas y que todos debemos ser respetados, pero tal vez nos falta mucho todavía”.
Evo no dijo la verdad. Zapata no era un delincuente. No estaba en la cárcel por robar o matar. Fue detenido en 2003 y condenado a tres años de prisión por “desacato”, “desórdenes públicos” y “resistencia”. Luego se lo sometió a cargos de “desobediencia” y “desórdenes en establecimientos penitenciarios”. Por esos “delitos” –todos típicos cargos de una dictadura- Zapata cumplía una pena de ¡36 años de prisión! Son muchos más años de cárcel que los que recibe un asesino múltiple en Uruguay.
Amnistía Internacional dijo: “El hecho de que Orlando Zapata Tamayo, al verse ante una pena de prisión tan prolongada, sintiera que el único camino que le quedaba era matarse de hambre como protesta constituye una denuncia terrible de la constante represión que sufren los disidentes políticos en Cuba”.
Mujica tampoco dijo la verdad. Las protestas por la libertad de todos los presos políticos en Cuba no forman parte en modo alguno de una batalla entre pobres y ricos. Lo más triste de todo es que Mujica lo sabe.
Zapata Tamayo era un humilde plomero y albañil negro, pobre de toda pobreza. Las fotos de su velorio en una modestísima vivienda conmueven a todo aquel que no tenga ciegos los ojos y el corazón. La oposición cubana, por lo demás, se debate en una lucha muy desigual contra el todopoderoso gobierno de la isla. He visto a la blogger Yoani Sánchez pedir a través de su twitter que alguien en algún lugar del mundo pague una carga para el celular de algún periodista independiente, para que pueda seguir informando. Si alguien tiene dinero en Cuba para agasajar a los presidentes e intelectuales amigos, esos son los dueños del circo y no los desgraciados opositores.
Mujica sabe también que los reclamos por la libertad de los presos políticos cubanos no solo vienen de Europa o de Estados Unidos. Somos miles lo que lo reclamamos desde el mundo pobre. Y eso desde 2003 incluye al propio Pablo Milanés, aunque Lula, Evo y Pepe miren para otro lado. Además, ¿desde cuándo pedir por la libertad los presos políticos es un asunto de ricos o de pobres, de blancos o de negros? ¿Cuando Amnistía Internacional pedía durante la dictadura por los presos políticos en Uruguay estaba mal? ¿Cuando también en la dictadura el rey de España abogó por los rehenes tupamaros estaba mal? Nunca pensé que el propio Mujica pudiera tener estas confusiones.
La carta pidiendo por la libertad de los presos políticos en Cuba se puede firmar en http://orlandozapatatamayo.blogspot.com/p/carta.html
Como Almodóvar, Ana Belén y Víctor Manuel, yo firmé.
Claro, también se puede no firmar. Nadie va a meter 36 años preso a los que no firmen. Eso sí: después, por favor, no me vengan a hablar de derechos humanos, izquierda, progresismo y democracia.
Se puede estar en contra de todas las dictaduras, o se puede estar solo en contra de algunas.
Se puede estar siempre en contra de que haya presos políticos, o se puede estar en contra solo a veces.
Es triste y da vergüenza ver la opción elegida por Lula, Evo y Mujica.


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Respecto a la firma de Almodóvar, Ana Belén y Víctor Manuel: http://www.elmundo.es/elmundo/2010/03/16/cultura/1268728401.html
Artículo de Elio Gaspari sobre Lula:
http://www.gabeira.com.br/noticias/temas/politica-externa/1979-farinas-qdeclaracoes-de-lula-foram-hipocritasq

9.3.10

El viento que mece la penillanura

Historias Tupamaras, Pascasio Báez, Pírez Budes
Uno de los seis mitos del MLN que trato en Historias tupamaras es el que dice que el asesinato del peón rural Pascasio Báez fue un error inexcusable del cual fueron responsables solo unos pocos tupamaros extraviados.
Porque según la historia oficial tupamara, hay dos posibilidades. O bien los únicos culpables fueron los integrantes del pequeño grupo de guerrilleros que se escondía en la tatucera Caraguatá, que Báez tuvo la desgracia de descubrir. O bien la responsabilidad del crimen fue de un único integrante de la dirección del MLN, Mario Píriz Budes, quien está acusado de traidor o de haber sido un infiltrado de las Fuerzas Armadas en la guerrilla.
Tales explicaciones faltan a la verdad, buscan limpiar el nombre de muy importantes tupamaros que estaban en la dirección del MLN cuando se decidió asesinar a Báez y, lo que es peor, eluden un reflexión honesta sobre las dramáticas consecuencias que siempre apareja el uso de la violencia como arma política. Si uno quiere sumergirse en las honduras que implica abrazar la violencia para cambiar la sociedad, puede ver la magnífica película El viento que mece la cebada (o el pasto, el prado o las espigas, según la traducción) del británico Ken Loach sobre el conflicto de Irlanda. Pero en la literatura oficial tupamara no va a encontrar nada en este sentido.
La realidad es que la decisión de matar a Báez no fue un acto inconsulto del grupo de la tatucera, ni tampoco una decisión solitaria de Píriz Budes. En mi libro aporto testimonios de otros tupamaros más lúcidos o más honestos, seguramente menos cínicos, que permiten entender cómo fue posible que el MLN asesinara -y luego “desapareciera”- a un pobre hombre indefenso, inerme y totalmente inocente.
Eso, por lo menos, nadie lo discutió nunca: Pascasio Báez fue asesinado siendo inocente.
O mejor dicho: nadie lo discutió nunca hasta ahora.
Por eso me resultó sorprendente leer una nota al pie en el recientemente editado libro Una historia de los tupamaros, del sociólogo francés Alain Labrousse.
El autor se basa para historiar el caso de Báez en lo que le declaran los entonces tupamaros Néstor Sclavo y Gloria Echeveste, dueños de la estancia donde estaba la tatucera, presentes allí cuando ocurrió todo.
Labrousse deja en claro que de la dirección del MLN participó de la decisión de asesinar a Báez. Pero, en una llamada a pie de página, una de sus entrevistadas pone en duda que Báez fuera efectivamente un peón rural. Anota: “La prensa evocó el asesinato de un ‘peón’. Gloria Echeveste dice que en realidad se trataba de un hombre que hacía de todo en la casa”.
Luego viene lo más sórdido. Echeveste agrega que Báez “era alcohólico e informante de la Policía”.
El mensaje subyacente, apenas disimulado, es que no fue algo tan horrible haber asesinado a Báez.
Parece que no bastó con secuestrar, matar a sangre fría y desaparecer al desgraciado peón para que su familia no pudiera encontrarlo nunca. Ahora se lo enchastra después de muerto.
¿Qué pasaría si un día de estos apareciera un militar de la dictadura diciendo que tal o cual desaparecido mereció su cruel e injustificable destino por borracho o mujeriego?
Qué escándalo, ¿no?

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11.2.10

Diez mentiras de la democracia uruguaya

1) “El pueblo decide”.
Lo correcto sería decir que el pueblo decide a veces y entre cierto menú de posibilidades elegidas más arriba. El reciente caso de la frustrada candidatura de Daniel Martínez a la Intendencia lo demuestra: está claro que la mayoría lo quiere de intendente, pero un puñado de personas decidió que ni siquiera podrá ser candidato.
2) “Primero está el país. Después está el partido. Luego los intereses personales”.
Muy lindo, pero si esto fuera cierto no tendríamos SIEMPRE una oposición que rechaza TODO lo que hace el gobierno de turno.
3) “Cada cinco años se premia al que hizo bien las cosas y se castiga al que las hizo mal”.
Podría ser verdad si tantos uruguayos no estuvieran encadenados de por vida a su voto. Demasiados tienen una adhesión más religiosa que racional a los partidos, y eso permite que los políticos hagan las cosas mal, o muy mal, sin pagar ningún costo: la gente los sigue votando porque una religión no se abandona nunca. Así el Partido Colorado se mantuvo en el poder durante ¡casi cien años! Hoy en el Frente Amplio muchos apuestan a lo mismo. Y hasta con una heladera de candidata seguirán ganando.
4) “Hay que pagar los impuestos porque con ellos se hacen las obras”.
Una verdad a medias. Con los impuestos en Uruguay se hacen muchas cosas, pero las obras no califican en los primeros lugares: cualquiera puede ver el presupuesto de la Intendencia de Montevideo si le queda alguna duda. Hace unos días escuché al intendente suplente de Canelones repetir este argumento en una radio con inusitado fervor: sostenía que es obligación de todos los habitantes de Canelones empadronar sus autos en el departamento, porque con ese dinero se hacen las calles y los caminos canarios. El periodista que lo entrevistaba, como es habitual, se tragó la perorata sin decir ni mu. Pero yo durante más de una década pagué la matrícula de mi auto en Canelones y como premio tuve las peores calles del mundo. Hoy están mejor, pero eso no garantiza que el dinero que se paga se use en lo que se debe. Por ejemplo: la cuadra donde vivo está a oscuras desde hace ya tres meses. Sin embargo, la Intendencia de Canelones me cobra cada mes una tasa de alumbrado público. Según el criterio del intendente, el dinero se debería usar para arreglar las luces. Pero lamentablemente no es así. El dinero se usa para pagarle el sueldo a William, el funcionario que atiende el teléfono en la sección de reclamos de Alumbrado Público. Ya soy amigo de William, hablamos muy seguido, es muy amable. Pero las luces nunca las arreglan.
5) “La corrupción en Uruguay es menor que en Argentina”.
Es cierto que no se conoce ningún presidente uruguayo que se haya enriquecido de un modo tan brutal y obsceno como lo ha hecho el matrimonio Kirchner durante estos años en que se han pasado el poder de uno a otro como si fuera una pelota. Pero, si eso ocurriera aquí, ¿quién lo denunciaría? ¿Qué medio de comunicación se atrevería a investigarlo? ¿No tenemos corrupción o es que nadie se atreve a mirar debajo de la alfombra? Basta recordar el vergonzoso despido de Jorge Lanata de Canal 12 apenas nombró a tres o cuatro “intocables”. Unos años antes, en medio del escándalo del Banco Pan de Azúcar, cuando el ex presidente Luis Lacalle tuvo que ir a declarar a un juzgado ninguno de nuestros canales se enteró.
6) “La unidad de la clase trabajadora”.
El gran latiguillo del Pit-Cnt. No hay una única clase trabajadora en Uruguay. No pertenecen a la misma clase un tipo que se parte el lomo en un taller y un portero del Banco República que no hace nada pero gana seis veces más. La unidad del Pit-Cnt oculta una lucha de clases que existe en Uruguay: la de un sector de empleados públicos altamente privilegiados y el resto: empleados privados, subempleados, desempleados. Para mantener los privilegios de los primeros, los otros son explotados. Hace pocos días el personal contratado de Meteorología paró porque cobran un sueldo de entre 6.500 y 7.500 pesos, “cantidad que está muy por debajo del mínimo establecido para los funcionarios públicos”, y porque no tienen “compensación por horario nocturno” ni reciben de regalo una “canasta de fin de año”. Es cierto, es poco. ¿Pero cuántos trabajadores privados trabajan doce horas por día por sueldos mucho menores y no tienen siquiera dónde protestar? ¿Canasta de fin de año de regalo? ¡Por favor!
7) “La enseñanza pública es un orgullo para el país”.
Los políticos de todos los partidos se sienten orgullosos de la enseñanza pública uruguaya, pero por las dudas envían a sus hijos a colegios privados. La enseñanza pública uruguaya es un orgullo exclusivo para los pobres.
8) “El éxito de las empresas públicas es el éxito del país”.
Este mito está muy arraigado y es machacado por la propaganda. Un ejemplo es la campaña: “se mueve Ancap, se mueve Uruguay”. Pero una cosa es la propaganda y otra la realidad. Como toda organización, cualquier compañía, pública o privada, busca su propio beneficio. Empresas como Ancap y UTE nacieron de la nada y en poco más de un siglo se han hecho poderosas, ricas, tienen un sólido patrimonio y miles de empleados que ganan los mejores salarios del país. En el mismo lapso, Uruguay pasó de ser un país rico a ser un país pobre. Entonces, ¿cómo es posible?
9) “Somos todos iguales ante la ley”.
Más o menos iguales, pero algunos van presos al Comcar y otros a Cárcel Central.
10) Nuestros políticos son “dirigentes políticos”.
Falso. Nosotros tenemos políticos, ministros, más de cien legisladores y un presidente. Pero tenemos muy pocos “dirigentes”, si es que tenemos uno. Cada vez más, nuestros políticos dicen lo que la gente quiere oír. Antes de tomar cualquier decisión, consultan las encuestas. Luego hablan y actúan según lo que ellas les dictan. Jamás tratan de “dirigir” a la gente, sino que por el contrario siempre repiten lo que la gente quiere oír, según indican las encuestas. Por eso se produce el milagro de nuestras campañas electorales en las que todos repiten la misma nada. Si alguien quiere ver lo que es un verdadero “dirigente” político puede ir al cine a ver Invictus, la última de Clint Eastwood, excelente como todas las suyas. En la película hay una escena memorable, en la que Nelson Mandela (interpretado por Morgan Freeman) se para frente a una asamblea de dirigentes del deporte de Sudáfrica y les dice EXACTAMENTE LO CONTRARIO a lo que todos quieren oír. Arriesga su prestigio, su liderazgo, sus votos. Lo arriesga todo, en contra del consejo de sus asesores, para DIRIGIR al país hacia donde él cree que es mejor. Eso es ser un dirigente. Lo otro es ser un papagayo de las encuestas. Y papagayos ya tenemos bastantes.

Artículo de Leonardo Haberkorn
el.informante.blog@gmail.com

2.1.10

Segunda carta de Salvador Banchero

A propósito de la entrada anterior, sobre el cruce de opiniones entre la periodista Lorena Bello y el humorista y comunicador Salvador Banchero, me acabo de enterar de que Banchero envió una carta de disculpas a Bello por los exabruptos personales que antes le había dirigido. La carta fue enviada poco después de la carta original, y antes de que yo publicara la entrada anterior, pero lamentablemente recién tomé conocimiento de su existencia ahora.
"Sé que fui totalmente desmesurado en mi respuesta", dice Banchero en su segunda carta dirigida a Bello. "Reitero mis más sinceras disculpas por ello entonces. Pero por sobre todas las cosas quiero pedirte disculpas por otra cosa que creo no me tiene a mi a secas como único responsable sino también a mi incapacidad para medir contextos: evidentemente tomaste mi comentario sobre el 'paseo de tetas' como una lectura poco elegante de 'andabas loqueando o revolcándote entre bastidores', pero la verdad es que era fundamentalmente una contraposición entre la imagen de un muchacho que ni siquiera había visto una y otra que ya las tenía consigo, nada más que eso, porque a pesar de que me lleves dos añitos son esos los que hacen una diferencia clara entre lo que puedo haber pasado yo y lo que podés haber pasado vos (era la diferencia entre poder estar o no estar). Igualmente sé que atacar a una mujer con su edad tiene muy mala prensa, pero como yo realmente vivo en función de una igualdad plena de género no hago distinciones por respeto. Pero bueno, igual es una grosería como vos decís con razón, pasa que yo soy un grosero cuando me dan ganas de serlo y hoy me dieron ganas. Ahora ya ves que estoy mucho menos belicoso".
Agrega: "Estiro mi mano en señal de reconocimiento por lo que considero un muy disfrutable intercambio de barbaridades".
La carta completa puede leerse en:
http://www.facebook.com/notes/laurita-romero/confesiones-de-una-persona-horrible/203950243190

1.1.10

Una carta desdichada

Aunque se trate de un asunto de aparente poca importancia, vale la pena dedicar unas líneas al cruce de opiniones entre la periodista Lorena Bello y el humorista y comunicador Salvador Banchero.
Los dos se pelean en internet a raíz de un recital que el grupo de rock Los Traidores ofreció en el Teatro de Verano del Parque Rodó.
El concierto fue transmitido por Océano FM, la radio donde trabaja Banchero (es uno de los dos conductores del muy exitoso programa Justicia Infinita; el otro es Gonzalo Cammarota).
Justamente Banchero y Cammarota fueron los conductores de la transmisión radial del recital, deficiente según Lorena Bello.
La periodista escribió en internet una dolida carta relatando los errores que detectó en la emisión. Según ella “la transmisión de Océano FM desde el festival del Teatro de Verano dejó en evidencia la ignorancia de sus conductores, confirmando el vacío y la agonía del periodismo musical”. En su carta, Bello dice todas las canciones que cantaron Los Traidores fueron mal anunciadas: “La muerte elegante” lo fue como “La Muerte”; “Bailando en la oscuridad” como “Bailando”; “Solo fotografías” como “Fotografías”; “Viviana es una reaccionaria” como “Viviana”; “Profunda medianoche” como “En la profunda”; “Enemigo del mundo” como “Enemigo” . Y “Fundas plásticas” fue presentada como “Canción rebelde”.
En base a eso, Bello acusó a los conductores de exhibir una “ignorancia infinita”.
La carta de Bello trasunta un algo excesivo sentimiento de alarma por los errores del programa radial. Viendo el asunto en perspectiva, uno no puede sorprenderse. Ese –y no otro- es el nivel habitual de los medios de comunicación uruguayos también en asuntos mucho más importantes que un concierto de Los Traidores. Basta recordar cuando un informativo dio la noticia de que Uruguay abandonaba el Mercosur. O cuando un diario publicó el primera plana que los piqueteros de Gualeguaychú habían comprado misiles. Hace pocos meses los tres noticieros de los canales privados –Telemundo, Subrayado y Telenoche- acusaron ante todo el país a un pobre hombre de haber violado y matado a su hijita, cuando la pobre niña había muerto de una infección y el pobre padre, perseguido por los reporteros de nuestros canales, era solo una sufriente víctima más de la tragedia. Y a ninguno de los responsables de los tres noticieros se les movió un pelo.
Aunque Bello hace bien en protestar -porque la rebaja de calidad a la que nos someten los medios no debería ser tolerada en silencio como en general ocurre- todo este asunto del recital de Los Traidores sería solo una anécdota si no fuera por la respuesta que escribió Salvador Banchero.
Su carta comienza diciendo que “Lorena Bello tiene razón, cometimos errores… no hay problema en reconocerlo”. Pero por desgracia no termina allí.
Banchero, en una explicación que está de moda, aduce que ni él ni su compañero son periodistas y que eso los exculpa de lo deficiente de su trabajo.
“Nosotros nunca fuimos, ni somos, ni seremos ‘periodistas musicales’ (…) sólo somos unos señores que trabajan en el mundo del entretenimiento fundamentalmente desde el humor”.
Está claro que Banchero es humorista y no periodista (aunque en una entrevista en La República le preguntaron si es humorista o comunicador, y él respondió: comunicador). Pero si acepta hacer un trabajo de periodista, de conductor, de informador o de comunicador, debería hacerlo bien. O de lo contrario, dejar que lo haga otro.
Banchero va más allá todavía: “Puedo afirmar que a nosotros el ‘periodismo musical’ nos es tan ajeno como el golf o el cricket (…) Podemos cometer uno o dos mil quinientos errores sin necesidad de autoflagelarnos…”
Y agrega: “A nosotros, a Justicia Infinita, el ‘periodismo musical’ (o cualquier otro, dicho sea de paso) como dicen los españoles ‘nos la suda’, no nos interesa, no es nuestro terreno…”
Lo escrito de puño y letra por Banchero sirve como retrato perfecto de un espíritu que cada día gana más espacio en los medios de comunicación en el Uruguay de hoy. A cualquiera le confían cualquier tarea para que la haga de cualquier manera. Y el resultado, por pésimo que sea, a nadie le importa nada.
Como si lo escrito no fuera ya suficiente bochorno, Banchero se mete también con la vida personal de la periodista que señaló sus errores:
Lorena Bello es una chica con problemas… si hubiese una teletón para personas con grandes resentimientos seguro la conocerían todos porque sería la cara elegida para representarla todos los años, pero como no hay, casi todo el mundo no tiene la más pálida idea de quién es esta señora”.
Y, cayendo a un nivel imposible ya de justificar, se mete con la vida sexual de Lorena Bello: “Nosotros todavía no habíamos visto ni una teta y con seguridad las tuyas ya se paseaban entre todos los bastidores de la escena rockera nacional”.
Finalmente le aconseja que se mate: “Aceptá mi consejo y seguí la lógica del rock que tanto venerás, el de verdura: consumite rápido. Comprate un revólver o un frasco de pastillas que seguro será más glamoroso…”.
Tantos exabruptos no parten de cualquiera. Salvador Banchero es una figura importante de los medios de comunicación. El diario El País lo definió junto con Cammarota como los “referentes de una generación” de jóvenes. Su carta, la de un referente, es solo un signo más de hasta qué punto Uruguay se ha vuelto un país analfabeto en materia de debatir, discutir y argumentar.
A diferencia de él, que quiere que Lorena Bello se mate, yo quiero que Salvador Banchero viva muchos años. Que se dedique al humor. Que si todos los días va a reírse del trabajo ajeno, trate de hacer un poco mejor el propio. Y que, por favor, no escriba más cartas.

Artículo de Leonardo Haberkorn
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