28.9.11

Mi carpeta de frases de Peñarol

Hace años, con el fin de un día reunirlas algún día en un libro, comencé a atesorar citas literarias y frases de grandes hombres o de celebridades que hablaran de Peñarol. Tengo decenas, quizás cientos, de piezas de colección reunidas en una carpeta llena de recortes, fotocopias y papeles de los más diversos.
Tengo a Andrés Calamaro diciendo: “Siempre tuve la camiseta de Peñarol”. A Joaquín Sabina explicando que es hincha de tres colores: el Atlético Madrid en España, Boca en Argentina y Peñarol en Uruguay. A Flores Mora protestando por el “disparate” que es permitir que un clásico termine empatado.
Tengo también, por supuesto, los versos que Pedro Leandro Ipuche le escribió a Peñarol cuando cumplió 50 años y que comienzan así:
“En un claro villorio de cuento
Donde el rey es el ferrocarril
Sorprendieron la luz de una tarde
Once obreros de humor infantil”
Y también el poema que Omar Odriozola, el autor de “Uruguayos campeones”, le escribió al mágico Piendibene. Sus últimos versos son notables. Odriozola viene hablando del Maestro, pero su pasión aurinegra aflora en el remate:
“Tú tienes de uruguayo hidalguía y honor
Lo demás que hay en ti, lo tienes de Ateniense
Yo, cuando en el sosiego de mi existencia quieta,
Dejo volar mis blancas palomas de poeta
Recuerdo aquella tarde, cuando al ponerse el sol,
Salimos del Parque Central, entusiasmados,
Comentando el partido, y escuchando aquel grito,
Que traía la brisa de allá, del infinito,
Y que siempre recuerdo: ¡Peñarol…!  ¡Peñarol…!”
En mi carpeta, las citas se mezclan y podemos saltar sin escalas del gol de Piendi al Divino Zamora al de Diego Aguirre en Santiago, en la final de la Libertadores de 1987. La revista Guambia le preguntó muchos uruguayos célebres cómo habían vivido aquel increíble desenlace de la Copa Libertadores. Luis Alberto Lacalle, por entonces legislador y todavía no presidente, nacionalófilo de alma, confesó que no pudo reprimir el grito de “¡Viva Peñarol!” cuando observó azorado el agónico gol frente a un televisor en Punta del Este. El genial actor Alberto Candeau, gran peñarolense, relató que vio los noventa minutos reglamentarios por televisión, pero luego no pudo ver el alargue porque debía concurrir a un ensayo. Candeau marchó a sus obligaciones cargado de pesimismo porque temía una derrota, y ese oscuro presentimiento fue creciendo a medida que pasaban los minutos y no oía gritos ni festejos de ningún tipo. Al final, como sabemos, llegó la locura del triunfo. Y el gran actor narró que salió a festejar en la calle y en público, como miles de peñarolenses anónimos. “Para mí tiene el mismo nivel de lo ocurrido en Maracaná”, declaró.
FIFA, Peñarol, CurccPero de aquella nota de Guambia, mis respuestas preferidas las dieron tres hinchas de otros cuadros, dos de Nacional y uno de Liverpool.
Hugo Batalla respondió: “Yo digo, qué pena no ser hincha de Peñarol, mire que es un cuadro que sabe darle satisfacciones a la gente que lo sigue”.
Jorge Batlle vaticinó: “Yo soy hincha de Nacional, pero con todo esto creo que las futuras generaciones van a ser peñarolenses”.
Y el diputado cívico Julio Daverede relató, muy sincero: “Soy bolsilludo de alma, así que no concibo salir a festejar un triunfo de Peñarol, hasta tuve la esperanza de que no se consumara el triunfo. El partido lo vi en la plaza principal de Paysandú, estaba por empezar el Congreso de la Juventud de la Unión Cívica y los muchachos conectaron los televisores ahí mismo. Después tuve que presenciar todo el desfile de los hinchas sanduceros. Nunca me imaginé que Peñarol podía tener tantos adeptos en esa ciudad”.
A la jornada siguiente de aquel memorable partido, el diario El Día tituló a toda primera plana: “¡Solo Peñarol!”.
También conservo un ejemplar de la revista Tres, de 1997, publicado días después de que Peñarol obtuviera su segundo quinquenio. La publicación le preguntó entonces a algunos reconocidos parciales de Nacional qué pensaban de la consagración aurinegra, obtenida como se recordará, luego de ganar dos clásicos consecutivos que se iban perdiendo por dos goles.
Roberto Musso, el principal compositor y cantante del Cuarteto de Nos, respondió: “El día del primer clásico iba rumbo al Chuy escuchando el walkman. Cuando estábamos 2 a 0 yo baboseaba. Después del primer tiempo se me fue la señal. Me bajé en Castillos y todo el mundo estaba gritando el gol de Peñarol. Cuando me dijeron que era el 4 a 3 pregunté: ‘¿Qué, hacen goles que valen tres?’. Me parece que hay algo de psicología. Si lo del 4 a 3 pasara una vez, tá, pero que en 15 días pase dos veces te da para pensar que hay algo más. No sé si es la mística de Peñarol o qué…”
Sin embargo, pese a la satisfacción que me provocan leer estos dichos que aluden a gloriosos episodios, dos de los mayores tesoros de mi carpeta refieren a esos días tristes en los que Peñarol pierde. Son dos piezas de antología por cuanto resumen a la perfección los sentimientos que despiertan los colores amarillo y negro.
Uno es un relato de Paco Espínola (1901-1973):
“Una tarde estaba solo en mi casa. Mi familia había ido para San José; yo tomaba mate y por radio trasmitían un partido de fútbol. Puse atención. Jugaban Peñarol y Nacional. Di vuelta el mate, traje agua nueva y me quedé escuchando. Resulta que Nacional ganó por goleada. No me acordé más del asunto y me vestí para cenar en casa de mi hermana. Cuando estaba en la calle, empecé a sentir una tristeza bárbara. No sabía qué me pasaba.
Mi familia estaba bien, yo lo mismo. Pero seguía tan triste que decidí no ir a lo de mi hermana, para no amargarle la noche.
Me fui hasta el Parque Rodó, cada vez más triste. Pedí una tirita de asado y en el momento que me la trajeron, me di cuenta de que estaba triste porque yo era hincha de Peñarol, vaya a saber desde cuándo”.
El otro es un fragmento de la novela Los regresos del escritor Anderssen Banchero (1925-1987):
“Unas cuadras antes de llegar a la casa del Profesor, se metió en un boliche para cobrar coraje con una caña. En el aparato de radio bramaba Carlos Solé, igual que hacía un montón de años, como si estuviera relatando un partido eterno que se jugara en un eterno domingo soleado. El bolichero y el único parroquiano –un viejo que miraba las tablas del piso y parecía musitar una plegaria- tenían caras de dolientes. Cuando el bolichero lo estaba sirviendo, una pelota pegó en el palo y el tipo regó con caña el mostrador alrededor de la copa y no le prestó atención cuando Juan Pedro le preguntó por la casa del Profesor.
Carbonero historia Peñarol HaberkornDecidió proseguir la búsqueda por su cuenta, con la única referencia de un balcón asomado de un primer piso sobre un arbolito único en la cuadra.
Era el segundo tiempo en el estadio, perdía Peñarol (se enteró por la radio en el café) y en la soleada ciudad desierta se respiraba un aire de desconcierto, culpabilidad y catástrofe”.
Dejo para el final a una de mis preferidas. Será porque durante muchos años no falté nunca a la Olímpica y tuve siempre como rito el concentrar mi vista en el túnel, cuando no existía la contaminante manga publicitaria por la que salen hoy los futbolistas, para ser el primero en ver aparecer a Peñarol en el campo de juego. Siempre pensé que ese afán mío por no perderme ese instante mágico era tan solo una manía personal. Pero un día, cuando me topé en una revista a Jaime Roos hablando de lo mismo, me di cuenta que no era yo, sino un fenómeno global e inexplicable.
Le preguntaron en una entrevista a Roos, reconocido hincha fanático de Defensor, si alguna vez había subido a un escenario a cantar con la camiseta de Peñarol.
 Respondió:
“No, vos sabés que cuesta eso. Ya me han dicho de todo, porque dije que el himno de Peñarol es el mejor, y dije que la camiseta de Peñarol cuando entra a la cancha tiene un no sé qué. Habría que consultarlo con un pintor a ver cómo se dan los colores amarillo y negro en la retina, o cómo pegan en el cerebro, ¿no? Pero a mí siempre me impresionó cuando salía Peñarol a la cancha, siempre me impresionó…”
Tiene razón Jaime. Impresiona. Pega. Conmueve.
En la retina. En el cerebro. En el alma.

Publicado el 28 de setiembre de 2011 en la revista "120 años", publicación oficial del Club Atlético Peñarol en su 120 aniversario, distribuida ese día en todos los diarios de circulación nacional.










18.9.11

Probá saludar

Hace unas semanas recibí un mensaje de correo electrónico. Lo firmaba una "licenciada en ciencias de la comunicación" desconocida para mí, egresada de una universidad que no es la que yo trabajo.
En su mensaje, esta mujer me pedía, con total confianza, que la ayudara a localizar a un uruguayo famoso al que ella sabía que yo había entrevistado hace años. ¿Sabía cómo localizarlo? ¿Podía ayudarla? Aunque jamás había tenido contacto alguno conmigo, ni siquiera en las redes sociales, la licenciada me tuteaba.
Pero ese no era el problema, sino el modo en que comenzaba su mensaje. No había formalismo ni saludo alguno. No decía ni "Estimado Haberkorn", ni "Disculpe la molestia", ni "Buen día", ni siquiera "Hola". Solo decía "Leonardo" y ahí ya me zampaba el pedido.
Luego se despedía con un desconcertante: "Disculpá la joda".
Recordé este episodio leyendo el más reciente artículo del blog del gran periodista y escritor español Arturo Pérez Reverte, dedicado a los españoles que ya ni siquiera son capaces de decir "Hola" o "Buenos días". Sobre quienes así andan por la vida, escribió Pérez Reverte:
"No creo que deban atribuirse siempre a grosería o mala voluntad. Muchas veces se trata sólo de incertidumbre y timidez social, fruto de una educación deficiente: la inseguridad de no tener claros, desde niños, los usos elementales de cortesía y convivencia. Y no deja de ser contradictorio, en esta España saturada de demagogia idiota, buen rollito y compadreo cantamañanas, que despreciemos de ese modo las fórmulas que, precisamente, ayudan a que la sociedad de los seres humanos sea soportable".
Donde dice España poner Uruguay.
Y listo.

15.9.11

Deporte, periodismo y periodismo deportivo

El martes 13 me tocó dar la bienvenida, en nombre de la Universidad ORT, al Primer encuentro rioplatense de historia del fútbol del 900, organizado por la empresa Tenfield y realizado en el auditorio, repleto, de nuestra Escuela de Comunicación y Diseño. A mi lado estaba sentado el ministro de Deporte y Turismo Héctor Lescano, que habló luego.
Lo que dije fue lo siguiente:  

Sr. Ministro de Turismo y Deporte, Héctor Lescano:

Hermanos argentinos que nos visitan, profesores, estudiantes y público en general.

No es casualidad que este Primer Encuentro Rioplatense de historia del fútbol del 900 se desarrolle en el auditorio de la Facultad de Comunicación y Diseño de la universidad Ort.
A diferencia de lo que suele ocurrir en la academia, nuestra universidad siempre ha mirado al deporte como una actividad de importancia central para la sociedad en la que vivimos.
En 2003 ORT inauguró la que hasta el momento es la única carrera universitaria de periodismo deportivo en Uruguay,  y una de las muy pocas en América latina.
Lo hicimos en el convencimiento de que el deporte necesita de periodistas profesionales capaces de captar su riqueza y su complejidad, y poder transmitírsela a la gente.
Hoy cuando desde los más diversos ámbitos, incluido el gobierno y el propio presidente de la República, se plantea que el Uruguay –y el mundo- atraviesan una crisis de valores, y se proponen soluciones a veces desconcertantes, el deporte está allí, disponible, esperando que alguien recuerde el enorme potencial que tiene como formador de seres humanos.
Practicando deporte se aprende el valor del desarrollo personal y social, se cultiva el afán de superación, se aprende cuánto de esfuerzo y de dedicación son necesarios para mejorarse a uno mismo. En el deporte uno se integra socialmente, aprende a respetar al otro, al compañero y al adversario. (A diferencia de lo que suele ocurrir en las campañas electorales, en los campos de juego de todos los deportes, uno aprende que el rival es un adversario, no un enemigo).
En el deporte se aprende a tolerar las frustraciones, la derrota. Se aprende a aceptar las reglas y los fallos de la Justicia (si será importante esto, que los jóvenes que no practican deporte la idea más cercana que tienen de la Justicia es la de los jurados de Bailando por un Sueño). En el deporte se aprende el valor de la autodisciplina, del trabajo en equipo, la solidaridad, la cooperación, la lealtad. En el deporte hay un correlato entre talento, esfuerzo y recompensa. Ya lo dijo el genial escritor francés Albert Camus, que había jugado de golero en sus años jóvenes:
“Después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.
Lo contradictorio hoy es que, a pesar de ocupar un espacio considerable en los medios de comunicación, el deporte es presentado casi siempre amputado de todas estas virtudes.
El deporte hoy es la inmediatez por conocer un resultado, las imágenes que se repiten hasta el hartazgo y los dinerales, las cifras en euros o dólares con seis ceros a la derecha, que reciben los más afortunados deportistas profesionales.
Hay una visión reducida, miope, estrecha, limitada y muy empobrecedora del fenómeno deportivo.
¿Por qué ocurre esto? Es difícil encontrar una única respuesta. Creo que no podemos olvidarnos que durante décadas la academia despreció el deporte y que muchos lo consideraron el opio de los pueblos. Eso hace que falten miradas desde el ámbito universitario sobre una actividad, que pese a todos sus detractores, es central en nuestras vidas.
La omisión de la academia en investigar y explicar el fenómeno deportivo deja la pelota en la cancha de nosotros, los periodistas.
Los periodistas somos los responsables de contarle a la gente lo que pasa, pero en el deporte lo somos por partida doble, ya que otros actores que también participan en el relato social han renunciado a su tarea.
Es por eso que es tan necesario formar nuevos y mejores periodistas deportivos: porque la sociedad necesita que alguien retrate el deporte en toda su maravillosa complejidad, en todas sus facetas, con todo lo que tiene de sublime más allá de cuántos euros le paguen al último pase de la liga italiana.
 Conocer la historia del deporte es parte de ese proceso de rescate, y eso es lo que hace tan importante este encuentro en el que todos nosotros estamos participando. La historia del deporte es una historia de valores, cuando el tiempo decanta lo accesorio de lo importante, nadie va a venir a contarnos cuántos pesos ganaba el mariscal Nasazzi, ni qué auto o qué heladera tenía.
Pero no lograremos pintar el complejo retrato del deporte que está haciendo falta si no tenemos un mejor periodismo deportivo.
Ser periodista deportivo no es distinto a ser un periodista político. Se necesitan las mismas cosas. Una enorme curiosidad, ganas de saber y de querer conocer más. Más sobre todo y no solo sobre fútbol, porque hay que entender que la realidad y la vida no están dividas en compartimentos estancos. Un periodista tiene que manejar bien su idioma y tener una sólida cultura general, algo que todavía no se consigue en Google. Un buen periodista tiene que oír más y hablar menos. Tiene que entender que informar es más importante que opinar. Tiene que ser honesto. Tiene que abandonar sus prejuicios. Tiene que ser siempre desconfiado, escéptico, crítico; audaz a veces, paciente otras.
Hay que entender que el periodismo es independiente o no es. El periodismo al servicio de una institución, de un partido o de un gobierno es propaganda, no periodismo. El periodismo al servicio de una empresa es publicidad. Cuando se vende, un periodista deja de ser periodista.
El periodismo debe servir al público y solo al público.
Los dueños de los medios deberían asumir esta verdad incuestionable, si es que deciden trabajar en periodismo. Sus medios de comunicación nunca serán respetados, jamás gozarán de credibilidad, si el público detecta que los términos naturales de la ecuación periodística se han invertido, en beneficio de intereses políticos, empresariales o corporativos.
Hay que entender que del mismo modo en que no podemos aspirar a construir una democracia sólida sin el aporte de un periodismo plural e independiente, tampoco lograremos tener un deporte sólido si no se comprende el rol fundamental que un periodismo tiene en esa construcción colectiva.
El deporte uruguayo ha escrito páginas gloriosas que ustedes van a explicar mejor que yo y que hoy constituyen algunos de los mejores modelos que tiene para rescatar una sociedad que se está quedando sin espejos.
Para que podamos seguir escribiendo páginas que estén a la altura de aquellas, para que la gente las conozca y para que capte cuánto hay de ejemplar detrás de cada una de ellas, se necesita del trabajo de los investigadores y de los periodistas.
Ese es nuestro desafío.

19.7.11

Calles de Montevideo: Sobre héroes, peces y tumbas

Menta esquina Diamante. Pez espada esquina Lenguado. Tucán esquina Centauro. Apolo XI esquina Sputnik I.
Sí, aunque pocos las conozcan, esas son esquinas de Montevideo. Porque a pesar de su incontenible tendencia a nutrirse de nombres de políticos, doctores y militares, el nomenclátor montevideano todavía tiene un lugarcito para las sorpresas y hasta para el buen gusto.
En las calles de Montevideo, Don Quijote se une a Dulcinea. Estados Unidos se cruza pacíficamente con Cuba, Las Artes se encuentran con Las Ciencias, y Bolivia tiene una amplia salida al mar.
Los que creen que en la capital uruguaya es todo Doctor Mengano esquina General Zutano, deberían visitar Santa Catalina, un barrio donde las calles llevan nombres de peces y flores. Si el lector se decide, puede parar un taxi y decirle al taxista: “Pez Espada esquina Lenguado”. Y el coche lo dejará justo allí.
En Santa Catalina están las calles Roncadera, Lisa y Mochuelo. También Clavel, Dalia, Margarita, Rosas y Pensamiento.
Hay otros barrios con nomenclátor atípico. En Punta de Rieles están las constelaciones y los signos del horóscopo: Osa Mayor es paralela a Osa Menor, Capricornio se cruza con Géminis. Hay una avenida de los Astros y otra del Zodíaco.
En Peñarol, la ciudad rinde tributo a científicos e inventores: Newton, Pasteur, Fulton, Marconi, Watt, Volta. En Colón están la Pinta, la Niña y la Santa María que –paradojalmente-comparten el barrio con Sputnik I y Apolo XI.
En el llamado Barrio Gori las calles son aves, con la particularidad de que los nombres incluyen el nombre y el sustantivo: El Benteveo, El Chingolo, El Churrinche, etc.

***

De todos modos, y en general, hay que lamentar el desorden y la poca imaginación que reinan en la nomenclatura capitalina.
No es fácil saber por qué, con tantas calles sin bautizar y otras muchas con nombres repetidos, las autoridades municipales han insistido tanto en cambiar las denominaciones tradicionales de la ciudad.
En Montevideo hay dos calles Ruben Darío. Dos Bernabé Michelena. Dos Elías Regules. Dos República Argentina. Dos Melo. Dos Tauro. Dos Perseverancia. Dos Las Violetas, además de otra Violeta. Hay una calle Perú y una rambla República del Perú. Lo mismo pasa con México.
Aunque en la capital uruguaya falta una Avenida del Perro, dedicada al mejor amigo del hombre, hay en cambio tres calles que homenajean a un mismo y diminuto animal: la calle Colibrí, la calle Picaflor y la calle Mainumbí, que no quiere decir otra cosa que picaflor en guaraní.
Eso no es nada. En la última edición de la guía telefónica figuran cuatro calles Espacio libre, tres Pública, seis Servidumbre, cinco Servidumbre de paso y cinco Abrevadero. Y hay decenas de calles denominadas Oficial.
Además de las repeticiones ya anotadas, en Montevideo hay calle Ceibo, otra Ceibos, otra Ceibal y otra Flor del Ceibo. Hay una calle Calaguala y otra Calaguada, pero ambas refieren a un mismo arroyo de Lavalleja. Volteadores y Voltígeros rinden tributo a un mismo batallón oriental que luchó en Monte Caseros y que se conocía indistintamente con un nombre u otro. También las calles Presidente Oribe y Manuel Oribe aluden al mismo prócer.
Curiosamente, hay dos calles que homenajean a Lorenzo Batlle pero ninguna lleva su nombre completo: una se denomina General Batlle y la otra Presidente Batlle.
Pese a tantas repeticiones, es notoria la tendencia a rebautizar calles, preferentemente con nombres de políticos o allegados a la política: en 1960 había tres calles con el apellido Batlle. Hoy hay ocho.

***

 Hay calles que conservan nombres tradicionales, incluso centenarios. La calle Figurita se llama así por un antiguo almacén con ese nombre que había en el lugar. Pero la mayoría de los nombres han sido elegidos con el correr de los años para homenajear a distintas figuras o sucesos.
Así, por ejemplo, pese a que los primeros pobladores de Montevideo consideraron enemigos a los charrúas, hoy la ciudad rinde tributo a muchos de ellos, como Abayubá, Anagualpo, Cabarí, Caracé, Senaqué, Tabobá, Tacuabé, Terú, Vaimaca, Yamandú, Yandinoca y Zapicán.
Hay muchas otras calles dedicadas a celebrar a los primitivos habitantes del país: Arachanes, Bohanes, Chaná, Guenoas, Indígenas y Minuanes son solo algunos pocos ejemplos.
En este rubro habría que incluir también a la calle Urambia, aunque quién sabe. En su Nomenclatura de Montevideo de 1977, Alfredo Castellanos dice que su nombre se debe a un personaje de la obra Los Charrúas del escritor Pedro Benavente. Pero en la edición anterior de su obra, en 1960, el propio Benavente sostenía que el nombre era un homenaje a una ¡localidad de Tanganika!
El criterio para homenajear a veces es curioso. Prácticamente no hay una ciudad de Francia que no tenga una calle en Montevideo: Amiens, Biarritz, Burdeos, Cannes, Ciudad de París, Deauville, Havre, Lyon, Marsella, Nancy, Nantes, Nimes, Niza, Orléans, Reims, Saint Gobain, Tolon y Versailles. (Uno se pregunta si en París habrá calles llamadas Fray Bentos, Paysandú, Pando y Solymar). También hay calles que recuerdan otros sitios de la geografía gala, como Alsacia, Marne, Sena o Somme. Y también está Lutecia, primitivo nombre de París. Además de una calle Francia y otra República Francesa.
En cambio no hay una calle Porto Alegre. En realidad hay pocas calles en honor a la geografía brasileña. Y de las que hay algunas contienen errores de ortografía, como la calle que recuerda al estado de Paraíba, que aquí fue rebautizado Parahiba.

***

Claro que en materia geográfica todavía no está dicha la última palabra. Todavía hay muchos países que no han ingresado al nomenclátor montevideano. Algunos de los últimos en hacerlo fueron incorporados en 1991 cuando alguien, en una decisión de evidente coherencia, bautizó las calles del pobrísimo barrio Casabó con nombres de pobrísimos países africanos: Gambia, Sierra Leona y Etiopía, entre otros.
No figuran todavía muchos otros países, como buena parte de los estados del Caribe. Existe sí una exótica esquina Islas Fidji y Nueva Guinea en el Cerro. Y también calles que recuerdan a países que ya no existen como Prusia o Checoeslovaquia.
Pero el caos de la nomenclatura montevideana no es mundial sino planetario. Es difícil explicar porqué todos los planetas tienen su calle y –para deshonra de los eventuales marcianos- Marte es el único que no.
Y más difícil aún decir porque hay dos calles Urano (y ninguna dedicada a a la Luna).
De todos modos, no hay que ir tan lejos en el universo para encontrar lo inexplicable en el nomenclátor capitalino.
Por ejemplo, nadie hasta ahora ha sabido esclarecer el origen del nombre de la calle Chon. Y lo mismo pasa con la misteriosa Humachirí. Los estudiosos tampoco han encontrado una razón para que una calle lleve un nombre tan triste como Castigo. Pero allí está.
En guaraní
Si hablamos de lo inexplicable, habría que decir que en Montevideo hay muchas calles bautizadas a medias.
Hay una calle dedicada al arco iris, llamada apenas Iris, como si alguien pudiera adivinar la mitad que falta.
Hay calles llamadas solo por el apellido, como la calle Sánchez que nadie sabe a qué Sánchez celebra. Por el contrario hay calles con nombre pero sin apellido, como Andrés y Margarita, en Colón. Lo mismo le pasa a la calle Robinson, que recuerda a Robinson Crusoe aunque nadie puede advertirlo debido a que le falta el apellido, que debe haber naufragado en alguna oscura isla de la burocracia departamental.
Hay cosas, en cambio, que parecen no tener explicación y la tienen. La calle ¡Hopa hopa! recuerda una poesía del Viejo Pancho. La calle Miní refiere al antiguo nombre en portugués de la laguna Merín. Y Bobi –explica Castellanos- es una calle que rinde homenaje a un poblado paraguayo.
Justamente, en Montevideo hay una gran cantidad de calles con nombre guaraní. Algunas reproducen nombres de la geografía uruguaya, como Buricayupí (cerro de Paysandú) o Bolacúa (arroyo de Artigas). Otras son localidades paraguayas, como Caacupé o Carapeguá. Y el resto refiere a personas, animales, vegetales y sucesos varios, como Caiguá o Mandiyú.
Para la mayoría de los habitantes de la ciudad estas calles tiene un significado misterioso y desconocido. Difícilmente los vecinos de Comandiyú sepan que así se llamó un indio guaraní que siguió a Rivera.
Más difícil es que alguien imagina el significado del nombre de la calles de Sayago que se llama Tangarupá que –cuenta Castellanos- en guaraní quiere decir “lecho o cama de una mujer vulgar”.

***

Hay calles que parece decirnos una cosa pero quieren decir otra. Apóstoles recuerda a un pueblo misionero donde Andresito venció a los portugueses. Y Mahoma no tiene que ver con el profeta sino con una deformación del nombre Ohonas, una tribu india del Paraguay.
Hay infinidad de otros ejemplos: la calle Arquímedes recuerda un banco de arena del Río de la Plata. Y El Aguacero no rinde tributo a ese fenómeno meteorológico tan frecuente en la ciudad, sino a un periódico que existió en el siglo pasado.
Es que las cosas propias de la ciudad están, en general, ausentes de su nomenclátor.
No hay calles en Montevideo que recuerden a sus trabajadores: no hay avenidas del Almacenero, del Farmacéutico, de Psicólogo o del Albañil (en Durazno sí la hay). En cambio hay varias calles que recuerdan oficios rurales nada propios de la selva de cemento, como las calles del Guasquero, del Labrador y del Sembrador. Y los caminos llamados del Alambrador, del Tropero y del Esquilador.
Hasta el fútbol, primera pasión ciudadana, tiene una presencia modesta. Existen las calles Amsterdam, Colombes, Maracaná, José Nasazzi, José Piendibene y Carlos Solé, pero no muchas más. Hay una calle Spencer, pero no recuerda a Alberto, sino a un filósofo y sociólogo inglés que nació en 1820 y murió en 1903. Y la calle Gambetta no refiere a Schubert Gambetta, el Mono, sino a León Gambetta, un abogado y político francés que vivió entre 1838 y 1882.
¿Por qué León Gambetta tiene una calle en Montevideo? Vaya uno a saber. En las calles, llenas de nombres y apellidos, hay homenajes justos y otros injustos. Pero a muchos de ellos se los ha devorado el tiempo.
¿Quién recuerda que Goes era el apellido de dos hermanos portugueses que llevaron siete vacas y un toro desde Brasil a Paraguay, posibilitando que luego Hernandarias trajera aquí el ganado? ¿Quién conoce que la calle Jenner celebra al inventor de la vacuna antivariólica? ¿Y la calle Ehrlich al Premio Nobel de Medicina de 1908?
Hay en cambio algunas calles con nombres que no necesitan expliación. Como las calles Mediodía o Firmamento. O como Honor, Igualdad y Justicia. Y como Piratas, una insólita calle que –anota Castellanos- existe “en recuerdo de los numerosos piratas ingleses, franceses, daneses, etc. que desde antes de la fundación de Montevideo vinieron a nuestras costas atraídos por la fabulosa riqueza ganadera”.
Justamente estas calles tiene el tipo de nombre que los ediles siempre eligen eliminar, cuando se les ocurre incorporar un nuevo nombre y apellido a la nomenclatura ciudadana. Así se fueron, desde 1960 a la fecha, las calles Médanos, Pampas, Puma, Caridad, Constancia y Horizonte.
En ese lapso, a cambio de un puñado de fechas, nombres y apellidos, Montevideo perdió su Combate y cerró su Industria.
Eliminó su Paraíso y su Porvenir. Borró incluso la Armonía, la Fe y la Esperanza.
Pérdidas demasiado grandes para una ganancia que rápido será devorada por el tiempo.

Publicada en el suplemento Qué Pasa del diario El País el 9 de setiembre de 2000. Incluida en el libro Historias Uruguayas

16.6.11

"Milicos y tupas": críticas en la prensa

Críticas recibidas por "Milicos y tupas":

Guillermo Zapiola en El País:

Crítica del semanario Brecha a cargo del periodista Salvador Neves (reproducida con autorización):

Milicos y tupas. Semanario Brecha. Salvador Neves


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Surda (Suecia):

Otros trabajos periodísticos sobre Milicos y Tupas en prensa, radio, televisión e internet:
http://leonardohaberkorn.blogspot.com/2011/05/milicos-y-tupas-entrevistas-resenas-y.html


Dedicando ejemplares tras una conferencia
organizada por la librería de Punta Shopping.



14.6.11

Engler desmiente a La República: "Yo no dije que eras deshonesto. Yo no dije que el libro es un mamarracho".

Respecto a la nota publicada ayer por el diario La República sobre el libro Milicos y tupas con el título de "Engler: es deshonesto el libro de Haberkorn" he recibido el siguiente mensaje del doctor Henry Engler:

"Leonardo: Sobre los titulares de La República: Yo no dije que eras un deshonesto. Yo no dije que el libro es un mamarracho. Yo escribí que no iba a opinar sobre el libro porque lo leí rápido una sola vez y no suelo opinar a la ligera. Mamarracho deshonesto es lo que algunos pseudoperiodistas hicieron de rearmar textos que están en el libro para que parezca como que yo sabía que los presos torturaban. Ahora que desmiento eso aparecen titulares traídos de los pelos donde otra vez se me hace decir cosas que no dije! No es esto una ambiente enfermo? Obviamente no se puede opinar en el Uruguay de hoy, ni siquiera desmentir cosas sin que se deforme el contenido!
 Henry Engler"

Engler Milicos y tupas, deshonesto, libro, Haberkorn

Engler envió también un desmentido que se publicó en La República el 23 de junio, en pequeño tamaño, en una página interior:
http://www.larepublica.com.uy/editorial/459110-tiene-la-palabra-telefono-2487-9546-fax-2487-3824

13.6.11

Respuesta a Caballero y a Liscano

1
El señor Caballero, secretario de Fernández Huidobro, arremete contra Milicos y tupas por segunda vez desde La República. Su artículo se titula “Los insultos de Haberkorn 2”.
Ahora básicamente me achaca dos cosas.
La primera es no poner el nombre del teniente V., quien según relatan varios de mis entrevistados mató al tupamaro Nelson Berreta cuando intentaba fugar, y poco tiempo después hizo lo mismo con el amante de su mujer.
Un reclamo similar me hizo el escritor Carlos Liscano en un mail privado que decidió hacer público y terminó en las páginas de… El Bocón.
De un modo más directo uno (Caballero) y más sinuoso el otro (Liscano), ambos dan a entender que yo protejo al teniente V.
“Haberkorn mantiene oculto el apellido de este doble asesino, lo protege como Agosto y se hace cómplice del pacto de silencio que impide a la Justicia avanzar en el esclarecimiento de las violaciones a los derechos humanos ocurridas durante la dictadura cívico-militar”, escribió Caballero.
El secretario de Fernández Huidobro, en su desesperado afán por desacreditar el libro, se equivoca. Es imposible decir con un mínimo de honestidad que el libro sea “cómplice” de cualquier pacto de silencio.
La principal (y obvia) razón por la que no pude nombrar en el libro el apellido completo del teniente V. es porque dos de mis entrevistados no lo dijeron: uno no quiso nombrarlo (y yo no pude obligarlo; soy periodista, no torturador) y otro no lo recordaba.
Dudé si eliminar la historia, pero opté por mantenerla sin el nombre del teniente.
Milicos y tupas - respuesta a Roberto Caballero y Carlos LiscanoPero ahora que otros han llamado al teniente por su apellido, ya no tengo ningún problema en citarlo.
Caballero escribe en La República: “El apellido del teniente, según me han informado, era Velazco”.
Liscano, en El Bocón, es más preciso: “Velasco (lo escribe con s) le disparó a Fructuoso con una Thompson 45. No le dio en la pierna, como dice el mentiroso de Agosto. A nosotros nos hicieron levantar a las seis de la mañana en La Paloma para decirnos que lo habían matado de un tiro en el omóplato. Es decir, el gordo Velasco tiró a matar contra un hombre que ni siquiera podía correr porque estaba esposado en la espalda. Fructuoso quería que lo mataran. Velasco, su compañero de escuela, le hizo el favor”.
Como se ve, no tengo ningún inconveniente en nombrar al teniente Velasco o Velazco una vez que una fuente se hace cargo.
Es más: a partir de la próxima edición de Milicos y tupas, la quinta, incluiré las citas de Caballero y de Liscano con el nombre completo del teniente Velasco o Velazco en las páginas donde se alude al caso.
Ahora la información quedará completa. Mucho más completa de lo que nunca estuvo. Porque -aunque Caballero y Liscano omitan decirlo- nunca nadie antes publicó tanta información sobre los casos que involucraron al teniente Velasco o Velazco.
Lejos de favorecer cualquier pacto de silencio, Milicos y tupas aporta al respecto nuevos y categóricos testimonios de testigos directos. El libro es lo contrario a lo que pregona el secretario de Fernández Huidobro en su desesperado intento por desacreditarlo.
“Esta es una virtud del libro: Leonardo recoge testimonios, pero testimonios de actores que por lo general no hablan, no dan testimonio. Hay pactos de silencio respecto a acontecimientos absolutamente claves que no involucran solo a los 'combatientes', con grandes comillas, sino que involucraron a la sociedad toda. Pero, sin embargo, los 'combatientes' no hablan. Este pacto de silencio, al menos parcialmente, es roto por alguno de los protagonistas. Y esto es importante. Es muy importante”.

2
Caballero y Liscano confunden al público en otro punto. Ambos omiten decirle a los lectores de La República y El Bocón que hay muchas otras personas que no son nombradas en el libro, no solo el teniente Velasco o Velazco.
Muchos no son militares, sino que por el contrario son tupamaros. No son nombrados, en algunos casos, porque mis entrevistados no quisieron o no pudieron hacerlo, como ya dije. En otros casos por no haber podido ser ubicados para que dieran su versión de la historia.
En cambio, tuve un criterio más flexible con gente que hizo cosas corajudas, admirables, valientes. Nombro, a pesar de no haberla podido ubicar, a una señora tupamara llamada Cristina Arnábal, que hizo frente a los militares cuando torturaban al contador León Buka. Nombro al teniente Ronchera, ya fallecido, que es recordado por nunca haber torturado ni abusado de nadie dentro del cuartel. Y así a muchos otros. Traté de nombrar a los que de un lado y del otro tuvieron actitudes valerosas, íntegras, virtuosas.
“En el libro hay, sobre todo, muchos relatos de humanidad inesperada”, dice la crítica que Brecha le dedicó al libro, escrita por el periodista Salvador Neves.
Agrega: “Esas memorias faltaban para que el relato de nuestro pasado reciente vaya dejando de ser cantar de gesta y empiece a ser historia”.
Guillermo Zapiola en El País anotó: “la revisión de la historia reciente parece haber salido, definitivamente, de la infantil etapa de la ‘literatura de las virtudes’ o el mero denuesto, para tratar de entender lo que pasó realmente y ayudar a pensar”.
Eso es lo que, con mayor o menor acierto, procuré hacer.
Relatos en blanco y negro, historias sin grises ni matices, cuentos de hadas, denuestos, cantares de gesta, teorías de uno o dos demonios, chapoteos en el barro, escritos llenos de manija, odio, rencor, cálculos y medias verdades, ya hay suficientes. 
Y siempre hay un pasquín dispuesto a publicar uno más.

3
Caballero llega al ridículo al afirmar que “Haberkorn también defiende al Goyo Álvarez”.
El ex dictador está preso y yo me alegro de que así sea. Ya fue condenado por 37 casos de homicidios especialmente agravados.
Además, también enfrenta un procesamiento por el homicidio del tupamaro Roberto Luzardo. Lo acusan de haber ordenado que no se le brindara asistencia médica en el Hospital Militar.
Resulta que uno de mis entrevistados, el contador Carlos Koncke, una persona que habla dando la cara, poniendo su nombre y apellido, que estuvo allí internado y que pagó su adhesión al MLN con la cárcel y la tortura, me declaró que él vio como Luzardo sí era atendido en ese hospital.
¿Qué tenía yo que hacer como periodista? En base al rechazo y la aversión que me provoca el Goyo Álvarez (y estoy seguro de que Koncke comparte el sentimiento) ¿tenía que borrar esa parte del testimonio? ¿Tenía que mentir? ¿Pretende Caballero que publique o oculte las cosas que me declaran, según me caigan simpáticas o antipáticas?
No, Caballero. El buen periodismo tiene otros códigos. No se cambia lo que declaran los entrevistados. No se clasifican las verdades. No se edifican castillos de arena contando lo que conviene y enterrando lo que no.
No soy secretario de nadie. No tengo que atenerme a verdades oficiales. No le debo lealtad a ninguna leyenda rosa.  

4
Caballero cita en mi contra una carta del tupamaro Juan Pedro Montero, que vive en España.
Es una carta muy curiosa: por un lado Montero se muestra enojado por el libro pero admite que no lo leyó y que solo lo comenta de oídas (lo cual ya lo dice todo). Aduce que yo debí intentar contactarlo en España, pero yo sí le escribí un mail en 2009, del cual conservo copia disponible para cualquier interesado. Fue Montero quien prefirió no responderme. Si lo hubiera hecho, su testimonio estaría hoy en Milicos y tupas.
Por lo demás, Montero confirma en su carta los puntos básicos que relata el libro respecto a las cosas que ocurrieron en el cuartel de La Paloma durante la tregua entre militares y tupamaros.
En su primer artículo contra mi libro (Los insultos de Haberkorn 1), Caballero señalaba que era una “infamia”, una “mentira rastrera”, una “basura”, una “inmundicia”, una “cloaca”, una “calumnia”, una “canallada” y una “bazofia literaria” sostener que hubo tupamaros que torturaron junto con los militares.
¡Ahora cita la carta de Montero que precisamente confirma que esa dura realidad sí existió!
Montero escribe: “Entre los centenares de prisioneros torturados presuntos integrantes o colaboradores del MLN (T), sólo un reducido grupo —menor a cinco personas— participaron en ese juego maléfico de colaboración para la tortura”.
Es lo mismo que dice el libro. Hubo tupamaros que torturaron. El libro nunca dice que fueran la mayoría ni mucho menos. Yo siempre pensé en un par de casos. Montero lleva ahora la cifra a cinco.
Lo que resta ahora es que Caballero explique cómo, en los días que transcurrieron entre “Los insultos de Haberkorn 1” y “Los insultos de Haberkorn 2”, lo que era una “infamia”, una “mentira rastrera”, una “basura”, una “inmundicia”, una “cloaca”, una “calumnia”, una “canallada” y una “bazofia literaria”, pasó a ser una realidad.
Quizás lo aclare en “Los insultos de Haberkorn 3”.
Yo ya no le responderé.
Punto final.

6.6.11

Los libros que no le gustan a Fernández Huidobro

Lo que sigue es un fragmento de la entrevista que me realizó el diario El País a propósito de Milicos y tupas. La pregunta de la periodista Magdalena Herrera refiere a las críticas que Fernández Huidobro y su colaborador Roberto Caballero le realizaron al libro a través de La República y Montevideo.com:

-Roberto Caballero y Eleuterio Fernández Huidobro descalificaron por completo su libro diciendo que es "una mentira tan flagrante que cae sola", entre otras cosas. Más allá de las conclusiones, que las sacará cada lector, ¿por qué cree que Milicos y Tupas despierta tanto enojo de parte de personas de mucho peso en lo que fue el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, y que hoy integran el MPP?

-Caballero es un colaborador de Fernández Huidobro, así que no se trata de dos críticas sino de la misma. El primero que salió a descalificar fue Caballero y le aclaré que no es conmigo con quien tiene que discutir, sino con las personas que dan su testimonio en mi libro, gente seria e intachable. Luego apareció Fernández Huidobro en persona. Dice que no leyó el libro pero se permite criticarlo, lo que de por sí ya habla de la seriedad de sus cuestionamientos. Pero está claro que exhibir ese tipo de debilidad lógica no le preocupa. Lo que a Fernández Huidobro le interesa es enchastrar la cancha, y cuanto más mejor, para que el público no lea el libro, para descalificarlo a priori. Dice que no soy un periodista serio, pero hace unas semanas el diario que ahora dirige me ofreció ser su secretario de redacción. Por suerte hay testigos de la reunión. Dice que el libro es una "basura" porque solo consulté a tres personas y miente. Las personas consultadas son decenas. Sobre el caso de algunos tupamaros que torturaron junto a los militares, a los detenidos por presuntos delitos económicos, le pregunté a Henry Engler, que sí estuvo en el cuartel de La Paloma y no como Fernández Huidobro, que habla sin haber estado, sin haber leído, sin ningún fundamento. ¿Por qué oculta ese dato a sus lectores? Pero no me sorprende. Eso es lo que siempre hace. Ese es su modus operandi: atacar con la máxima prepotencia, no importa cuán grande sea el disparate. Cuando el periodista Federico Leicht publicó su libro Cero a la izquierda, una biografía de Jorge Zabalza, Fernández Huidobro afirmó, con gran bajeza, que Leicht era un "policía en actividad" y que la obra era "un libro de la Policía". Cuando el periodista Alfredo García publicó Pepe Coloquios lo acusó, sin pudor, de ser una "víbora" y "un viejo tramposo conocido". Ahora simplemente me tocó a mí. Cada vez que aparece un libro que lo incomoda actúa igual. Que la gente saque sus propias conclusiones.


31.5.11

Sin insultar a nadie

La República me dedicó una nota hace unos días. La firma un tal Roberto Caballero, quien solo se identifica como integrante de la CAP-L y a quien, según me dicen, se lo conoce por haber sido o ser secretario de Eleuterio Fernández Huidobro.
En menos de una carilla de texto, Caballero califica a mi libro Milicos y tupas como “infamia”, “mentira rastrera”, “basura”, “inmundicia”, “cloaca”, “calumnia”, “canallada” y “bazofia literaria”.
Además, y por si la idea no quedó del todo clara, el texto es ilustrado con un contenedor de basura de aspecto pestilente del cual emergen varias letras, destacándose por sobre todas ellas las iniciales LH.
El artículo debería titularse “Insultando a Haberkorn”, pero en un curioso modo de invertir las cosas lleva el paradojal título de “Los insultos de Haberkorn”.
Para responder no descenderé a los abismos desde donde laboran el secretario y el ignoto ilustrador. Tampoco me permitiré el comentario obvio respecto al curioso caso de quienes olfatean “cloacas” y basurales desde las páginas de La República.
Simplemente diré una cosa:
A Caballero le molesta que en Milicos y Tupas se cuente que en 1972, en el cuartel de La Paloma, algunos tupamaros torturaron junto a los militares a civiles detenidos por presuntos delitos económicos.
Pero yo no dije nada al respecto. Quien narró que hubo tupamaros torturadores no fue Leonardo Haberkorn. Quienes lo hicieron son varios ex tupamaros, gente intachable, seria, confiable, personas que pagaron con la cárcel y la tortura su adhesión al MLN y que hoy no tienen ninguna razón para mentir. Personas que, para tranquilidad de Caballero, siguen teniendo ideales de izquierda. Personas que se permiten decir lo que saben y piensan con libertad, quizás porque no son secretarios de nadie.
Todos los que han leído el libro, que ya son miles, saben que esto es así. También pueden atestiguar que en Milicos y tupas éste es un tema colateral y que al respecto se citan otros libros anteriores, que tuvieron menos repercusión, pero en los cuales también existen testimonios adicionales en idéntico sentido.
Una última cosa. Para Milicos y tupas tuve la suerte de mantener una larga entrevista con Henry Engler, uno de los ex integrantes de la dirección del MLN y persona tan representativa del movimiento tupamaro como el jefe del señor Caballero.
A Engler le realicé todas las preguntas que correspondían. Y aunque en un único punto eligió mantener silencio, por lo general sus respuestas me resultaron inteligentes y sinceras.
A diferencia de Caballero, Henry Engler sí estuvo preso en el cuartel de Artillería de La Paloma, donde transcurren los acontecimientos narrados en Milicos y Tupas. Cuando habla, no repite lo que otros le dijeron, sino que habla de lo que vivió en carne propia.
Le dije a Engler que tenía testimonios de tupamaros que contaban que otros tupamaros habían torturado. Me respondió:
-Es espantoso, espantoso. Inadmisible. El MLN siempre descartó la tortura. Eso fue una deformación. El Che Guevara siempre decía: “hay que endurecerse sin perder la ternura”.
Quizás Caballero se salteó esa página.
Es la 187.

Para conocer la opinión de Gerardo Caetano sobre Milicos y tupas: http://leonardohaberkorn.blogspot.com/2011/05/gerardo-caetano-milicos-y-tupas-rompe.html


22.5.11

Milicos y tupas: opinan los lectores

Estos son algunos de los comentarios que quienes ya leyeron Milicos y tupas dejaron en mi Facebook. Los reproduzco con su autorización.



  • Carol Hugo Basterga 
    Tuve suerte!! Me lo regalaron para el día de la madre.Hoy, ya casi lo terminé.Apasionante, atrapante y en algunos tramos se me hizo un nudo en la garganta, por verificar una vez más cuánta mentira hubo y hay todavía en este país.Con testimonios como estos que colaboran notablemente con el esclarecimiento de los hechos todos tenemos una visión más aproximada a la verdad de la historia reciente.Cuánta sangre derramada sin sentido!! Para unos y otros y para todos nosostros "el fin NO justifica los medios".



  • Robert Orguet impresionante, no pude parar de leerlo. lo recomiendo atodos los que quieran una cara diferente de un mismo acontecimiento
    16 de mayo a las 6:34 ·  ·  1 persona



  • Domingo Mendívil Wilson La compré en América Latina (18 y Juan Paullier), para lo cual debí esperar a que la registraran, porque recién había llegado, ayer a las 14 horas. Me atrapó. Terminé de leerla en la madrugada de hoy. No cabe duda de que es algo diferente. Es la primera vez en que tupas, militares y otros actores hablan de los mismos hechos. Vale la pena.
    14 de mayo a las 20:56 ·  ·  1 persona



  • José Luis Bringa Es un buen trabajo de investigación, nos enteramos que había más pactos entre militares y tupamaros. La gran mayoría del país de rehen de éstos dos grupos.
    14 de mayo a las 10:08 ·  ·  1 persona



  • Celia Wohlwend Anoche apague la luz a las tres!!! Buenazo el libro, que bueno el interes de la gente en el tema, seguramente va a encontrar no solo una faceta diferente de la historia, asi haya tenido poca o mucha informacion, la haya vivido o no, tenga una posicion tomada o no, sino va a aterminar con un concepto diferente del HOmbre. Ademas me gustaria compartir que en mi expriencia en la venta de libros TUPAS Y MILICOS puede considerarse un fenòmeno, por la expectativa creada, la avidez de comprarlo ni bien salio la primera edicion, la ansiedad hasta que salio la segunda por parte de los que llegaron tarde y los comentarios que retornaron a nosotros y que vimos en este medio. Es un fenomeno como libro, como trabajo periodistico y como hecho polìtico. Y ademàs me gustò leerlo, y sentì un gran alivio. Gracias Leonardo!!!
    14 de mayo a las 9:13 ·  ·  2 personas



  • Ines Pradines Puig 
    Anoche termine el libro, me quedo una sensacion de que queria mas, no hubiera dormido con tal de seguir. Es sumamente esclarecedor,el asesinato de los 4 soldados con declraciones de testigos, ahuyenta la teoria de que fue un montaje. Me gusta porque se adentra en la sicologia de las dos partes, hay que leerlo claro sin preconceptos, pues sino volvemos a lo mismo. Es recomendable para todos , divulgarlocreo que es casi un deber...........eso si.......no lo presto jeje, es un libro de consulta. Me congratulo de tener en el pais un periodista y escritor de este porte.



  • Jorge Machado Obaldia 
    Ayer de noche, la compré el viernes, lo terminé.
    Felicitaciones.
    Es un libro atrapante, vibrante.
    Encierra una tragedia porque es trágico lo que le ha sucedido a este país.
    Como bien dicen dos de los entrevistados, si se peleó para esto hubiera sido mejor no hacerlo.
    Y, realmente, tengo la impresión de que todo ese dolor, toda esa sangre derramada, todos mis años de juventud vividos bajo una dictadura instaurada y todos los años que me quedan de vida en un país lleno de odio... no sirvió para nada.
    Hoy hay más gente en la calle, se han ido más jóvenes y seguirán haciéndolo, seguimos llenos de odio, arrastrándonos hacia el futuro en lugar de correr hacia él.
    A los que todavía tienen alguna duda sobre si comprarlo o no, les digo: no caminen, corran a una librería y, cuando lo terminen, díganles a los que tengan cerca que lo lean, que lo difundan.
    Ese es el único atisbo de esperanza que todavía tengo: que la gente SEPA.
    Un libro como este es, entonces, un instrumento para la esperanza.

    15 de mayo a las 15:32 ·  ·  7 personas


  • Anita La Pitimini está muy bueno, Leonardo, se termina tan rápido, queda el deseo de más...Felicitaciones, es ameno y didáctico, si cabe la expresión, me trajo muchísimos recuerdos.
    17 de mayo a las 21:27 ·  ·  2 personas





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