28.9.11

Mi carpeta de frases sobre Peñarol

Hace años, con el fin de un día reunirlas algún día en un libro, comencé a atesorar citas literarias y frases de grandes hombres o de celebridades que hablaran de Peñarol. Tengo decenas, quizás cientos, de piezas de colección reunidas en una carpeta llena de recortes, fotocopias y papeles de los más diversos.
Tengo a Andrés Calamaro diciendo: “Siempre tuve la camiseta de Peñarol”. A Joaquín Sabina explicando que es hincha de tres colores: el Atlético Madrid en España, Boca en Argentina y Peñarol en Uruguay. A Flores Mora protestando por el “disparate” que es permitir que un clásico termine empatado.
Tengo también, por supuesto, los versos que Pedro Leandro Ipuche le escribió a Peñarol cuando cumplió 50 años y que comienzan así:
“En un claro villorio de cuento
Donde el rey es el ferrocarril
Sorprendieron la luz de una tarde
Once obreros de humor infantil”
Y también el poema que Omar Odriozola, el autor de “Uruguayos campeones”, le escribió al mágico Piendibene. Sus últimos versos son notables. Odriozola viene hablando del Maestro, pero su pasión aurinegra aflora en el remate:
“Tú tienes de uruguayo hidalguía y honor
Lo demás que hay en ti, lo tienes de Ateniense
Yo, cuando en el sosiego de mi existencia quieta,
Dejo volar mis blancas palomas de poeta
Recuerdo aquella tarde, cuando al ponerse el sol,
Salimos del Parque Central, entusiasmados,
Comentando el partido, y escuchando aquel grito,
Que traía la brisa de allá, del infinito,
Y que siempre recuerdo: ¡Peñarol…!  ¡Peñarol…!”
En mi carpeta, las citas se mezclan y podemos saltar sin escalas del gol de Piendi al Divino Zamora al de Diego Aguirre en Santiago, en la final de la Libertadores de 1987. La revista Guambia le preguntó muchos uruguayos célebres cómo habían vivido aquel increíble desenlace de la Copa Libertadores. Luis Alberto Lacalle, por entonces legislador y todavía no presidente, nacionalófilo de alma, confesó que no pudo reprimir el grito de “¡Viva Peñarol!” cuando observó azorado el agónico gol frente a un televisor en Punta del Este. El genial actor Alberto Candeau, gran peñarolense, relató que vio los noventa minutos reglamentarios por televisión, pero luego no pudo ver el alargue porque debía concurrir a un ensayo. Candeau marchó a sus obligaciones cargado de pesimismo porque temía una derrota, y ese oscuro presentimiento fue creciendo a medida que pasaban los minutos y no oía gritos ni festejos de ningún tipo. Al final, como sabemos, llegó la locura del triunfo. Y el gran actor narró que salió a festejar en la calle y en público, como miles de peñarolenses anónimos. “Para mí tiene el mismo nivel de lo ocurrido en Maracaná”, declaró.
FIFA, Peñarol, CurccPero de aquella nota de Guambia, mis respuestas preferidas las dieron tres hinchas de otros cuadros, dos de Nacional y uno de Liverpool.
Hugo Batalla respondió: “Yo digo, qué pena no ser hincha de Peñarol, mire que es un cuadro que sabe darle satisfacciones a la gente que lo sigue”.
Jorge Batlle vaticinó: “Yo soy hincha de Nacional, pero con todo esto creo que las futuras generaciones van a ser peñarolenses”.
Y el diputado cívico Julio Daverede relató, muy sincero: “Soy bolsilludo de alma, así que no concibo salir a festejar un triunfo de Peñarol, hasta tuve la esperanza de que no se consumara el triunfo. El partido lo vi en la plaza principal de Paysandú, estaba por empezar el Congreso de la Juventud de la Unión Cívica y los muchachos conectaron los televisores ahí mismo. Después tuve que presenciar todo el desfile de los hinchas sanduceros. Nunca me imaginé que Peñarol podía tener tantos adeptos en esa ciudad”.
A la jornada siguiente de aquel memorable partido, el diario El Día tituló a toda primera plana: “¡Solo Peñarol!”.
También conservo un ejemplar de la revista Tres, de 1997, publicado días después de que Peñarol obtuviera su segundo quinquenio. La publicación le preguntó entonces a algunos reconocidos parciales de Nacional qué pensaban de la consagración aurinegra, obtenida como se recordará, luego de ganar dos clásicos consecutivos que se iban perdiendo por dos goles.
Roberto Musso, el principal compositor y cantante del Cuarteto de Nos, respondió: “El día del primer clásico iba rumbo al Chuy escuchando el walkman. Cuando estábamos 2 a 0 yo baboseaba. Después del primer tiempo se me fue la señal. Me bajé en Castillos y todo el mundo estaba gritando el gol de Peñarol. Cuando me dijeron que era el 4 a 3 pregunté: ‘¿Qué, hacen goles que valen tres?’. Me parece que hay algo de psicología. Si lo del 4 a 3 pasara una vez, tá, pero que en 15 días pase dos veces te da para pensar que hay algo más. No sé si es la mística de Peñarol o qué…”
Sin embargo, pese a la satisfacción que me provocan leer estos dichos que aluden a gloriosos episodios, dos de los mayores tesoros de mi carpeta refieren a esos días tristes en los que Peñarol pierde. Son dos piezas de antología por cuanto resumen a la perfección los sentimientos que despiertan los colores amarillo y negro.
Uno es un relato de Paco Espínola (1901-1973):
“Una tarde estaba solo en mi casa. Mi familia había ido para San José; yo tomaba mate y por radio trasmitían un partido de fútbol. Puse atención. Jugaban Peñarol y Nacional. Di vuelta el mate, traje agua nueva y me quedé escuchando. Resulta que Nacional ganó por goleada. No me acordé más del asunto y me vestí para cenar en casa de mi hermana. Cuando estaba en la calle, empecé a sentir una tristeza bárbara. No sabía qué me pasaba.
Mi familia estaba bien, yo lo mismo. Pero seguía tan triste que decidí no ir a lo de mi hermana, para no amargarle la noche.
Me fui hasta el Parque Rodó, cada vez más triste. Pedí una tirita de asado y en el momento que me la trajeron, me di cuenta de que estaba triste porque yo era hincha de Peñarol, vaya a saber desde cuándo”.
El otro es un fragmento de la novela Los regresos del escritor Anderssen Banchero (1925-1987):
“Unas cuadras antes de llegar a la casa del Profesor, se metió en un boliche para cobrar coraje con una caña. En el aparato de radio bramaba Carlos Solé, igual que hacía un montón de años, como si estuviera relatando un partido eterno que se jugara en un eterno domingo soleado. El bolichero y el único parroquiano –un viejo que miraba las tablas del piso y parecía musitar una plegaria- tenían caras de dolientes. Cuando el bolichero lo estaba sirviendo, una pelota pegó en el palo y el tipo regó con caña el mostrador alrededor de la copa y no le prestó atención cuando Juan Pedro le preguntó por la casa del Profesor.
Carbonero historia Peñarol HaberkornDecidió proseguir la búsqueda por su cuenta, con la única referencia de un balcón asomado de un primer piso sobre un arbolito único en la cuadra.
Era el segundo tiempo en el estadio, perdía Peñarol (se enteró por la radio en el café) y en la soleada ciudad desierta se respiraba un aire de desconcierto, culpabilidad y catástrofe”.
Dejo para el final a una de mis preferidas. Será porque durante muchos años no falté nunca a la Olímpica y tuve siempre como rito el concentrar mi vista en el túnel, cuando no existía la contaminante manga publicitaria por la que salen hoy los futbolistas, para ser el primero en ver aparecer a Peñarol en el campo de juego. Siempre pensé que ese afán mío por no perderme ese instante mágico era tan solo una manía personal. Pero un día, cuando me topé en una revista a Jaime Roos hablando de lo mismo, me di cuenta que no era yo, sino un fenómeno global e inexplicable.
Le preguntaron en una entrevista a Roos, reconocido hincha fanático de Defensor, si alguna vez había subido a un escenario a cantar con la camiseta de Peñarol.
 Respondió:
“No, vos sabés que cuesta eso. Ya me han dicho de todo, porque dije que el himno de Peñarol es el mejor, y dije que la camiseta de Peñarol cuando entra a la cancha tiene un no sé qué. Habría que consultarlo con un pintor a ver cómo se dan los colores amarillo y negro en la retina, o cómo pegan en el cerebro, ¿no? Pero a mí siempre me impresionó cuando salía Peñarol a la cancha, siempre me impresionó…”
Tiene razón Jaime. Impresiona. Pega. Conmueve.
En la retina. En el cerebro. En el alma.


3 comentarios:

  1. Nací en 1964, por lo que empecé a tener conciencia del fútbol, en la larga noche que duró del 68 al 72. Aunque teníamos un cuadrazo, con Mazurkiewicz, Ermindo Onega y Figueroa, nunca podíamos con aquel fabuloso equipo, de Manga Ubiña, Ancheta, Montero Castillo, Cubilla y Artime. Tenía un muy amigo mìo de Nacional, y era común que me quedara en su casa, a dormir algún fin de semana. El padre nos llevaba los sábados a ver algún partido de la B, y los domingos, a ver al odiado/admirado, Nacional. Un sábado perdimos un clásico, (otro más), y a la mañana siguiente, yo desayunaba triste, en la casa de mi amigo. Entonces el y su padre, me explicaron, que podía cambiarme de equipo, que con solo decidirlo podía dejar de ser de un cuadro perdedor, para pasar a formar parte del bando ganador. La idea me sedujo, al fin y al cabo, en mis ya 6 años de vida, a duras penas había visto sacar algún empate, mientras que del otro lado, eran todo triunfos. No había terminado de desayunar, cuando la idea empezó a tomar cuerpo en mi, sería de Nacional, sería igual que mi amigo, estaría del lado de los que gastan las bromas, y me burlaría de los perdedores, igual que se habían burlado siempre de mi. Terminé de desayunar con la idea asumida, ya era un hincha de Nacional. Subimos al auto para ir al parque, y yo me empezaba a acomodar, a ese sentimiento nuevo, de ser, de Nacional. Miraba por la ventan, y veia la calle distinta, si bien nada había cambiado afuera, habia una novedad en el universo, ahora yo era de Nacional.
    Llegamos a la plaza y yo caminaba firme con la nueva identidad, mi amigo fue para las hamacas, pero yo me distraje con dos pibes que remontaban una cometa. Me quedé al lado, a mirarlos, uno de ello en cuclillas sostenía la cometa, el otro, le daba las indicaciones, “tironeá, tironeá“...“dale más piola...dale, dele...“ y miraba preocupado para el costado. Es que algunos metros más allá, otros pibes remontaban una bandera de Nacional, y la de estos dos pibes, era amarilla y negra, con el escudo de Peñarol. Entonces, me parecío que había llegado el momento, la oportunidad esperada de estrenar mi flamante adhesion a Nacional, y le dije a los pibes....“ la otra cometa está mas alta, porque tiene los mejores colores“ Los pibes no me dieron mucha bola, seguían concentrados en remontar la suya, tres o cuatro segundos después, el que estaba en cuclillas, sin desviar la vista de la cometa me dijo...“tas loco.....estos colores, son lo más grande que hay“ Lo escuche angustiado, y miré los colores recortados contra el cielo, sentí la inequivoca conexión, la familiaridad y el cariño, que me llegaba desde el alma. No contesté y me alejé mirando el piso, abatido. Asumí que ahi habían terminado mis 10 minutos de cambio de cuadro. No entendía mucho de sentimientos y de razón, pero ahi mismo, con 6 años, me di cuenta que, era inutil el esfuerzo, había nacido, hincha de Peñarol.

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  2. Soy hijo de un ex jugador e hincha de Nacional y cuando era todavía muy chico (cuatro o cinco años), mi padre me llevaba con él los fines de semana a ver a su cuadro. A él se le había acabado el fútbol activo cuando debió operarse de los meniscos en una época en que esa operación era casi la finalización de una carrera. Lo cierto es que mi padre me había comprado una insignia de Nacional (en aquellos años no había gorras y no era común que la gente se vistiera con camisetas de su equipo). Cuando íbamos al estadio antes de salir de casa me ponían la insignia en la solapa del saco o en el bolsillo de la camisa. Lo cierto es que tres o cuatro veces en el año también veía a Peñarol. Y un día hermoso, de esas tardes en que el verde de la cancha brilla mucho más que otros días y las marcas blancas relucen al sol, asomó el equipo de los tricolores. La entrada de Nacional me penetró tanto en la retina que aún me parece revivir ese momento: ¡qué lindos eran los colores: las casacas blancas, los pantalones azules, las medias de tres colores! ¡Y esos jóvenes futbolistas riendo al sol y jugando como niños y sacándose fotos! Pero de pronto entró Peñarol y no se qué pasó por mi cabeza de niño pero lo cierto es que ese hubo como un cambio en el universo. Tuve que sacarme la insignia de Nacional y me di cuenta que nunca había sido hincha de ningún equipo. Pero esa tarde se me aclaró el pensamiento pero me di cuenta que yo había sido siempre hincha de Peñarol. Le entregué la insignia a mi padre y le dije que lo sentía pero yo era hincha de Peñarol. Los amigos de mi padre se rieron y uno me preguntó desde cuándo había cambiado. Pregunta demasiado grande para mis cuatro o cinco años.

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    1. ¡Impresionante! Muchas gracias por compartirlo.

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