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21.11.12

Georgina, la grabación y los servicios secretos

Tras la audiencia judicial a la que Víctor Hugo Morales no asistió y con ello dio por terminada su pretensión de realizarnos un juicio penal, Luciano Álvarez y yo tuvimos que dar una especie de improvisada conferencia de prensa.
Víctor Hugo Morales, juicio, libro, Relato Oculto
La audiencia a la que faltó el relator. Foto de Nicolás Garrido.
En ella, Georgina Mayo, periodista de la Televisión Nacional, sostuvo al formular una pregunta que la ya famosa grabación de un discurso pronunciado por el relator en el batallón Florida en 1977 nos fue proporcionada por los "servicios secretos" del Ejército.
Si la colega hubiera leído Relato Oculto sabría que su afirmación (¿de dónde la sacó?) es falsa. Porque entre las páginas 108 y 116 se cuenta con lujo de detalles, y con los nombres y apellidos de todas las fuentes, la historia de esa grabación.
En el libro se dan muchos más detalles, pero lo fundamental, estimada Georgina, puede resumirse así:
La grabación no fue realizada por oscuros agentes secretos de la dictadura. Fue hecha en una fiesta a la que concurrieron unas 300 personas y decenas de artistas reconocidos, entre ellos el por entonces ya famoso cantante de tangos Enrique Dumas. La reunión se hizo dentro del propio cuartel para despedir al entonces mayor Juan Carlos Grosso (hoy coronel retirado) que se iba en misión de paz a Cachemira. Buena parte de los 300 concurrentes eran militares: para empezar estaba presente el batallón Florida en pleno. El resto eran amigos de los militares y artistas invitados. Para los "servicios secretos" esa reunión hubiera sido un fiasco: allí hubo cualquier cosa menos actividades opositoras.
La grabación se prolonga durante casi tres horas. Hay pocos discursos. La mayor parte de la cinta está ocupada por actuaciones de artistas, uno tras otro. Casi todos ellos son cantantes de tango, pero también hay una banda de jazz (la de Santiago Luz), una de lo que entonces se llamaba música beat, un conjunto folklorico y una cuerda de tambores con la que se cerró la fiesta.
La grabación existe, estimada Georgina, porque en aquellos tiempos en los cuales filmar una fiesta entera era algo muy complejo y caro, los amigos del entonces mayor Grosso decidieron grabar al menos el audio para que le quedara como recuerdo. Los viejos cassettes estaban en su apartamento. Y fue él mismo quien nos los prestó, no los "servicios secretos".
Puedes ir a una biblioteca, pedir el libro, y verás estos y muchos otros datos. De todos modos, reproduzco aquí tres pasajes de la cinta que permiten ver el tono de la velada:

El mayor Grosso agradece a los presentes por la muestra de amistad hacia a su persona y al Ejército todo:
http://www.goear.com/listen/2cd066f/grosso-grosso

El famoso cantante de tangos argentino Enrique Dumas, hoy fallecido, canta una versión de Cambalache con alusiones políticas propias del momento que se vive en el Río de la Plata:
http://www.goear.com/listen/f0d5085/cambalache-enrique-dumas

La actriz Ximena, que por entonces integraba el elenco de Decalegrón, hoy también fallecida, presenta a Víctor Hugo Morales, quien hace un discurso en honor a su amigo, el mayor Grosso:
http://www.goear.com/listen/b883ce6/discurso-victor-hugo-morales



20.11.12

Denunciante renunciante

La Justicia archivó la denuncia penal que Víctor Hugo Morales realizó contra Luciano Álvarez y contra mí por el contenido del libro Relato Oculto.
El juez Gabriel Ohanian tomó tal decisión luego de que el relator no se presentó en el juzgado a respaldar su propia denuncia.
El abogado de Morales, Pablo Donnangelo, no pudo explicar su ausencia y sostuvo que en las 24 horas previas al juicio, el relator dejó de responder sus mensajes y llamadas telefónicas.
El siguiente video emitido por Telenoche 4 permite ver escenas de la audiencia judicial y las declaraciones posteriores de los involucrados... que asistieron a la cita judicial.





Tras el fin del caso, Morales dijo al diario El País que no vino a Montevideo debido a "un alto nivel de contractura y de estrés". Sin embargo, horas más tarde achacó su ausencia a un cólico nefrítico y a sugerencias de "políticos amigos".
Desde el momento en que me enteré de la noticia de la demanda dije dos cosas: a) que confiaba en la Justicia uruguaya y b) que todo lo que dice Relato Oculto es cierto y está documentado.
Ha quedado claro.

14.11.12

Un mundo sin Gloria (La crónica que inspiró a Garo)


Un mundo sin Gloria es el título del primer disco solista de Garo Arakelian, ex alma mater del grupo de rock La Trampa. El título refiere a una de las canciones del álbum, llamada Gloria, inspirada en la siguiente crónica, publicada originariamente en 2006 en la revista Rumbosur e incluida en el libro Crónicas de sangre, sudor y lágrimas. Este texto de periodismo narrativo cuenta la triste historia de la agente policial Gloria Cor, cuyo suicidio fue fugaz noticia en aquel momento. El título con el cual se publicó la crónica, tanto en la revista como en el libro, es justamente Un mundo sin Gloria (Obviamente, Garo lo usa con autorización). El estribillo de la canción, que cuenta con los coros de Laura Gutman, se puede decir que está escrito por la propia Gloria, ya que, como verán, reproduce pasajes de la carta que la agente dejó.
Lo que sigue es el artículo completo:

***


Gloria Cor se pegó un balazo el sábado, pero los diarios recién dieron la noticia el lunes. “Funcionaria policial se mató porque no podía pagar la luz. Inspectores de UTE la denunciaron judicialmente y tenía temor de ser procesada”, dijo Últimas Noticias en un titular relegado a la página 9. La nota no decía el nombre de Gloria: la llamaba “G.E.C.M., de 38 años de edad”. Decía que “acuciada por problemas económicos y presionada por inspectores de UTE que la acusaban de obtener el suministro de energía eléctrica en forma irregular”, se había matado con un balazo “en el tórax”.
Es parte de la verdad, pero no toda. La historia de Gloria Elena Cor Machado es más compleja, más triste, más dramática de lo que dijeron las breves crónicas dedicadas a su muerte. La historia de la agente Cor, que murió el sábado 22 de mayo con un balazo en el corazón, resume muchos de los dramas con los que la sociedad uruguaya convive con indiferencia.

***

Gloria nació en una familia muy pobre. Eran seis hermanos que vivían en Las Piedras; su padre cuidaba caballos, su madre cobraba una pensión por incapacidad debido a un defecto físico en un brazo.
Miguel Cor, un hermano de Gloria que hoy trabaja como electricista en la Jefatura de Policía de Montevideo, cuenta que eran chicos cuando su madre los abandonó. “Se fue con un hombre, él le dijo que con los hijos no la quería y ella nos dejó”.
Gloria tenía entonces seis o siete años. La partida de su madre acentuó la precaria situación de la familia. “Salíamos a pedir comida a la calle”, recordó Miguel Cor. “Íbamos a la feria de Las Piedras a pedir o recoger fruta y verdura para comer”.
A Gloria no le gustaba hablar mucho de su infancia, pero algo le contó a una amiga policía. Pedir le daba mucha vergüenza. “Fue una niñez muy pobre, muy triste”, relató su ex compañera.
Tras unos años, el padre de Gloria decidió ir a vivir a la casa de su madre, en Zapicán, Lavalleja. Tres hermanos marcharon con él, entre ellos Gloria y Miguel. Los otros fueron dados en adopción y hoy llevan otro apellido.
En Zapicán su padre comenzó a trabajar cuidado caballos en el campo, mientras los niños eran criados por su abuela. Miguel recuerda que a veces se quedaban solos, cuando su abuela se tomaba el tren a Rio Branco para traer comida barata de Brasil y unos kilos de más para vender en la zona. Seguían viviendo en la pobreza.
“Aquellos niños se criaron casi solos. Y haber pasado una infancia tan dura le dejó a Gloria ese carácter tan peleador, tan guerrero que tenía”, recuerda su amiga policía.
Por eso todavía le cuesta creer que se haya matado.

***

Gloria Cor dejó tres hijos: María Elena, de 22 años, S., de 12 y M. de 9.
Gloria tuvo a María Elena siendo apenas una adolescente. No fue un embarazo deseado, sino producto de una violación. Fue su propio padre el responsable. Gloria tenía apenas 15 años.
“Yo nací a raíz de una violación de su padre”, cuenta María Elena, en su modesta casa de Nuevo París donde viven ocho personas. “Mi madre me lo contó cuando yo tenía siete años, para que aprendiera a cuidarme de los hombres”.
Miguel, el hermano de Gloria, dice que su padre estuvo preso “tres o cuatro años” por  embarazar a Gloria, pero sostiene que ella “era virgen cuando quedó embarazada, porque no llegó a haber penetración, fue un roce...”.
No es eso lo que Gloria le contó a su hija, a su esposo y a sus mejores amigas. Todos ellos relataron cuánto sufría Gloria por el  trauma de la violación.
“Ella me explicó que decidió tenerme porque yo no tenía la culpa de lo que había pasado”, cuenta su hija María Elena. “Ella parecía muy fuerte, pero eso nunca lo pudo superar”.
Cuando su padre fue preso, Gloria fue internada en el Iname y, cuando salió, vino a Montevideo donde comenzó a trabajar como empleada doméstica con cama. Su hija, mientras tanto, era criada por su abuela en Lavalleja.

***

Gloria trabajó de empleada en varios hogares y en una peluquería de Malvín. Durante unos cinco años fue mucama en el apartamento de la familia Riani, en la rambla. “Era una gurisa bárbara, muy trabajadora, muy alegre. Nunca la veías triste, tenía mucho ímpetu y energía”, recuerda Rodolfo Riani. “Era divina con los chiquilines y de confianza total: le podías dejar la llave o lo que fuera con total tranquilidad”.
Los Riani sabían que Gloria tenía una hija llamada María Elena, pero no conocían su historia.
Cuando María Elena cumplió 7 años, su abuela ya no pudo cuidarla porque quedó ciega, y la niña vino a vivir con Gloria a Montevideo.
“Al principio vivíamos en pensiones, yo pasaba mucho tiempo sola en una pensión en el Centro. Después ella pudo alquilar un apartamento en la calle India Muerta. No teníamos muebles y dormíamos en un colchón en el piso. Ella trabajaba día y noche para poder comprar las cosas de la casa”, recuerda su hija.
María Elena admira la tenacidad que su madre siempre puso para salir adelante, pero la convivencia entre ellas nunca fue fácil. “Ella me decía que yo le recordaba lo que le había hecho su padre. Me maltrataba. Me pegaba”. Más de una vez le gritó:
-¡Yo tendría que haberte abortado!
Después de cada ataque Gloria se disculpaba con su hija. María Elena tenía 12 cuando su madre le contó con detalles cómo había sido la relación con su padre, para que su hija se pusiera en su lugar y entendiera las razones de su conflictiva relación: la amaba y la rechazaba al mismo tiempo.
Gloria tenía una ilusión: ser policía. “Tenía vocación”, dice su hermano Miguel. A los Riani les contaba siempre que ella soñaba con ser funcionaria policial. Divirtiéndose con los niños de la familia, solía ponerse una gorra y jugar a que era un agente de la ley.
Agente de policía Gloria Cor
Gloria Cor, la policía que se cansó
de luchar contra el viento
Se anotó en la Escuela Nacional de Policía en 1990 y en 1992 cumplió su sueño: Gloria recibió su uniforme y su arma de reglamento.
“Ella amaba este trabajo”, dice la agente Adriana Puricelli, que conoció a Gloria en la escuela policial, donde se hicieron amigas inseparables. “El uniforme le daba una identidad, para ella ponérselo era ser alguien digno de respeto. Llegaba a su casa y sólo hablaba de los procedimientos. Para ella la Policía era todo”.
La actual jefa de Policía de Paysandú, la inspectora Cristina Domínguez, tuvo años atrás a Gloria trabajando a sus órdenes en la Comisaría de la Mujer, en Montevideo. La recuerda como una buena agente, “muy trabajadora, muy sacrificada, muy ordenada, muy prolija en su apariencia física”.
Sin embargo, Domínguez tuvo que hacer que Gloria fuera derivada a otra dependencia policial: no podía encargarse de las mujeres que llegaban denunciando una violación. “Me di cuenta de que no podía atender a otras víctimas que habían pasado por su misma situación, porque revivía todo lo que ella había vivido”, dice Domínguez. “Era algo que tenía a flor de piel”.

***

El otro sueño de Gloria era progresar en la vida, pero pronto descubrió que no sería fácil lograrlo siendo policía.
Con un sueldo insuficiente, Gloria hizo lo que hacen todos los agentes: servicio 222.
Hacer 222 significa trabajar de agente (generalmente vigilando alguna institución pública o privada) después de las ocho horas de tarea laboral habitual. El sueldo se duplica, pero también las horas de trabajo.
Haciendo jornadas de 16 horas, llegando a su casa extenuada y sólo con deseos de dormir, la relación entre Gloria y su hija se complicó aún más. Golpeada, María Elena llegó a escaparse de su hogar y se refugió en el Instituto Nacional del Menor.
-Los psicólogos del Iname le dijeron que los problemas eran de ella, no míos, que ella tenía que ver a un psicólogo. Pero nunca quiso -recuerda María Elena.
“Gloria, precisás ayuda. Tenés que ir a un psicólogo”, le decía su amiga Adriana Puricelli. “Pero ella no aceptaba auxilio. Era muy orgullosa y, para afuera, siempre aparentaba que era fuerte y que estaba todo bien”.
Cumpliendo el servicio 222, Gloria había conocido otro mundo: el de los policías que viven separados de sus familias, sin ver nunca a sus esposas e hijos. Un ambiente donde la infidelidad y los divorcios son cosas de todos los días.
“¿Cómo va a durar una pareja en la policía? Trabajás ocho horas, después te vas a hacer otras seis horas al 222: son 14 horas de trabajo. Agregale una hora para ir al primer trabajo, media hora para ir de ese trabajo al lugar del 222 y otra hora para volver a casa: son 16 horas y media. Cuando el policía llega de noche a su casa, no tiene ganas de hablar, ni de atender a sus hijos, ni de tener relaciones sexuales, es algo abrumador...”, relató una oficial que prefirió que no se publicara su nombre.
Álvaro Sosa, secretario del sindicato policial, dice que “el 222 es una inmensa trampa. El policía entra a trabajar porque no tiene otro modo de sobrevivir. Deja de concurrir a su casa. Más tarde o más temprano, eso le cuesta la separación de su pareja. Luego se termina divorciando, consigue otra pareja y ahora tiene dos hogares que mantener. Eso lo obliga a tomar otro 222. Esa es la norma”.
Todos los policías entrevistados –ocho, entre agentes y oficiales- coincidieron en este punto.
“El mayor índice de divorcios del Uruguay lo tiene la policía”, dice el agente Héctor Giménez. “Con pocos ingresos, con la necesidad económica de hacer horarios extremos, poco o ningún contacto con la esposa y los hijos, la infidelidad es muy frecuente. Las parejas se separan, los hijos terminan creciendo solos y muchos son víctimas fáciles para la pasta base o terminan siendo lo que llamamos infanto-juveniles”.
Precisamente, haciendo el 222 Gloria conoció a Giménez.

***

Giménez vive hoy en El Pinar, en una de esas modestas viviendas que construye el Ministerio de Vivienda llamadas “núcleos básicos evolutivos”.
En realidad, casi nunca está allí: como trabaja 14 horas diarias no puede perder tres horas más de ómnibus para ir y volver a El Pinar. “Salgo de casa el domingo de noche y vuelvo el viernes de noche o el sábado de mañana. Duermo tirado en algún banco en el 222 o en la comisaría”. Cuando fue ubicado para ser entrevistado para este reportaje, Giménez dormía en una silla en una oficina.
La vida de Giménez no era muy distinta cuando conoció a Gloria hace más o menos 13 años. Los dos hacían 222 cuando se conocieron. Gloria era soltera y muy atractiva. Giménez estaba casado con su actual esposa, pero eso no impidió el romance.
Adriana Puricelli intentó convencer a su amiga de que no le convenía esa relación con un policía casado, pero Gloria no la escuchó: “Ella tenía una gran carencia de afecto, que le venía de la infancia. Buscaba el amor, se enamoraba. Siempre hubo hombres que se aprovecharon de eso”.
Poco después, Gloria quedó embarazada y Giménez volvió con su esposa.
La llegada de una nueva niña, S., aumentó las necesidades económicas. Gloria y sus hijas ya no dormían en el piso. Cuidando cada peso Gloria había progresado y había amueblado su pequeño apartamento alquilado. “Trabajaba las veinticuatro horas”, cuenta su hija María Elena. Su sueño ahora era tener su propia casa.

***

“Vos tenés un ángel aparte”, le decía su amiga Adriana Puricelli cuando Gloria pudo comprar por fin su propio hogar, en la calle Bernardo Guzmán, en Nuevo París.
La casa en la que Gloria vivía –en la que se mató- tiene dos dormitorios, cocina, living y baño, todo un lujo para tantos policías que viven en pensiones y asentamientos. Era una vivienda en un pequeño complejo de propiedad horizontal edificado por el Banco Hipotecario, a pocas cuadras de la avenida Garzón, pero frente a un cantegril. El Ministerio de Vivienda era quien pagaba la entrega inicial, luego restaban muchas cuotas: Gloria tenía que pagar 35 años de cuotas, sin importar que poco después de inauguradas las casas ya tuvieran rajaduras, humedad, filtraciones de agua, según relatan los vecinos.
La situación económica de Gloria no era fácil. Había tenido otro hijo, un varón al que llamó M., y seguía siendo soltera. Además, a pesar de haber aprobado hacía ya años el examen para ascender en el escalafón policial, seguía siendo una agente de segunda.
El agente Giménez, con quien Gloria mantuvo una amistad después del romance, le aconsejó que no comprara la casa: “Yo le dije que no lo hiciera porque esos planes son un cáncer, te cobran una cuota que un policía no puede pagar”.
Efectivamente, Gloria no tardó en atrasarse en los pagos. El dinero no le daba y, como todos los policías, había comenzado a sacar préstamos cuyas cuotas de pago le descontaban del sueldo, que cada vez quedaba más reducido.
Para no perder la casa, decidió que también le descontaran del salario la cuota del Banco Hipotecario.
Con sus ingresos cada vez más recortados por cuotas y pagos, Gloria siguió el camino de miles de policías: el de transformarse en esclavos del 222 y los préstamos usurarios.

***

Gloria anotaba cada gasto en una libretita, no fumaba, no tomaba. Lo que cobraba lo usaba para su casa y sus hijos. “Ya tengo mi casa, sólo me falta el Fitito”, le decía a su hija María Elena.
Tenía visto un autito anaranjado y soñaba con comprarlo, pero el dinero nunca alcanzaba. Para empezar, la cuota de la casa era de 2.700 pesos, demasiado para su sueldo.
Gloria finalmente se había casado, pero su matrimonio con el agente Ariel Arballo tampoco la ayudó a mejorar económicamente ni a solucionar sus problemas familiares.
Como todo policía, Arballo no estaba casi nunca en su hogar y los hijos de Gloria quedaban solos casi todo el día. Muchas veces Gloria llegaba extenuada a medianoche y encontraba que la casa era un completo desorden. “Los niños no habían hecho los deberes, no habían tendido las camas, no habían barrido la casa...”, recuerda Miguel, el hermano de Gloria.
Los ingresos de Arballo eran –son- escasos. Como tantos policías, Arballo es divorciado y con varias parejas anteriores. Es padre de diez hijos y a cuatro de ellos les pasa dinero de acuerdo a retenciones dictadas por la Justicia que se le descuentan del sueldo. Esas quitas, más las originadas en préstamos tomados en cooperativas policiales y casas de crédito, hacen que de su salario quede poco y nada.
“Hoy mi sueldo es de 200 pesos por mes”, dice Arballo. Su aporte a la familia se limitaba entonces al dinero que podía sacar del 222. “Salgo a las siete de la mañana y vuelvo a las diez y media de la noche, y me quedan 3.000 o 4.000 pesos”.
Arballo cuenta que fue él quien decidió “colgarse” del tendido de la UTE para no tener que pagar la electricidad que consumían: “Después de la crisis de 2002 las tarifas subieron tanto que de pagar 600 pesos por mes pasamos a pagar el doble. Ya no nos daba la plata”.
Estuvieron muchos meses sin abonar la electricidad hasta que un día llegó una inspección de la UTE y constató el robo de energía. El caso pasó a la Justicia y ellos firmaron un convenio con la empresa para ponerse al día.
“Intentamos cumplir con el acuerdo, pero no pudimos hacerlo por mucho tiempo, porque nos fijaron una cuota de 3.700 pesos por mes, entre el consumo y la deuda”, cuenta Arballo. “Tratamos de todas maneras de que nos fijaran una cuota más baja para poder pagarla, pero nos pasaban de una oficina a otra. Una vez me tuvieron dos horas esperando. Escribimos muchas notas, pero nadie nos dio una respuesta”.
Después de unos meses, Arballo decidió conectarse nuevamente.

***

La situación familiar tampoco ayudaba a Gloria. Le pesaba que sus hijos crecieran solos, como ella. Temía por su hija S., que estaba llegando a la adolescencia. M., el menor, sufría de convulsiones. Lo atendía en el Hospital Policial, donde a veces los turnos con un especialista pueden demorar meses. Más de una vez, perdió la hora que tenía con el médico porque no recibió autorización de sus superiores para ausentarse del trabajo. “Eso la deprimía mucho”, relató su hermano Miguel.
Gloria estaba enamorada de Arballo, pero –como suele ocurrir con las parejas policiales- ya habían tenido sus separaciones. Según Arballo, se habían alejado por conflictos económicos. “Tuvimos un problema, pero lo solucionamos. Después, decidimos buscar un lugar donde los dos pudiéramos hacer el 222, para estar juntos al menos en el trabajo. Hacía seis o siete meses que los dos hacíamos el 222 en la Intendencia y estábamos viéndonos más”.
Adriana Puricelli, la amiga de Gloria, sostiene que la pareja se había separado porque Arballo tenía otra mujer. En la carta que Gloria dejó tras su suicidio alude a esa relación, pero Arballo dice que esa mujer –una prostituta- es sólo una amiga.
De todos modos, Gloria y su marido ya se habían reconciliado cuando llegó el triste desenlace de esta historia.
La situación económica de la familia era apremiante. “A veces Gloria compraba de a un morrón, de a una zanahoria. Le decía al almacenero: ‘mire que cuando cobre el 222 le pago’. Y le pagaba. El lujo que se daba era comprar un refresco de diez pesos los fines de semana”, cuenta la agente policial Cunha, que vive en el mismo complejo de viviendas en el que vivía Gloria.
Cunha llora cuando lo cuenta, pero no se asombra. En la Comisaría de la Mujer, donde trabaja, ya tuvo una compañera policía que, como no tenía dinero ni para alquilar una pieza, vivía en el edificio de una escuela abandonada, iluminándose con un mechero.
Gloria nunca dejó de pagar las cuentas del almacén, pero cada vez estaba más endeudada. “Era impresionante cómo hacía para estirar la plata. Sacaba de un lado y con eso pagaba parte de lo que debía en otro y si le sobraba algo, ese poquito lo integraba a otra deuda. Y así seguíamos”, cuenta Arballo. “Pero yo ya tenía cinco préstamos y ella otros cinco: teníamos cuotas en el República, en Cash, en Pronto...”
El 5 de mayo, Gloria tuvo que comparecer ante un juez penal por la denuncia que UTE le había hecho por robo de energía: ella era la responsable por ser la dueña de casa. El juez no la procesó, pero le advirtió que la próxima vez sí lo haría.
Gloria sabía que su casa estaba otra vez conectada ilegalmente al tendido eléctrico. El agente Giménez, el padre de S., cuenta que Gloria lo llamó por teléfono tras aquella audiencia judicial. “Ando mal, estoy muy cansada, la verdad es que estoy podrida de tantos problemas, te juro que hay días que me dan ganas de matarme...”, le dijo.
Giménez le respondió que se dejara de embromar, que tenía dos hijos chicos que seguir criando.
Unos días después les cortaron el agua, por falta de pago, dice Miguel, el hermano de Gloria. “Ella quiso renovar el préstamo en el Banco República para pagar, pero no pudo”.
Pocos días después, la mañana del 20 de mayo, los inspectores de UTE volvieron a la casita de la calle Bernardo Guzmán y tomaron fotos de la nueva conexión ilegal a la electricidad. “Gloria pensó que la iban a procesar con prisión”, dice Arballo. Si eso ocurría, ya no podría seguir siendo policía.
Unas horas después, Ariel Arballo escuchó el balazo cuando entraba a su casa.
La carta que dejó Gloria decía:
“Perdoname Arielito ya no doy más, que no te echen la culpa, el problema soy yo. Que me perdone la S. que le arruiné el cumple, al M. que se porte bien, cuidalo, no lo dejes en banda. Te corresponde parte de la casa mientras vivas y no traigas a la puta a vivir acá. A la María y a la Mili un besote, y a mis hermanos también y al Ángel y Matías (sus sobrinos) que perdonen mi cobardía de ser segunda mamá. Te amo y los amo a todos, sólo espero que me perdonen: me cansé de luchar contra el viento. No te enojes por ser yo tan cobarde. Yo sé que vos me amás. Y pedile a Dios que me perdone y me lleve al cielo, no creo haber sido tan mala. No dejes que todo se venga abajo. Cuidá lo que hicimos. Hasta luego”.

***

La prensa le dedicó poco espacio al suicidio de la policía “G.E.C.M.”. Unos días después ya nadie habló del asunto.
Quizás habría valido la pena detenerse un segundo en esta historia.
Hoy los niños que viven debajo de la línea de pobreza, como vivieron  Gloria y sus hermanos, son más del 50%.
El abuso sexual infantil crece año a año. “Cada vez hay más casos, aunque no sabemos por qué”, dijo la doctora Graciela Palomino, que integra la Comisión de Maltrato Infantil de la Sociedad de Pediatría del Uruguay. Otra integrante de la comisión definió la situación como una “epidemia oculta”.
En diciembre había 27.179 policías en Uruguay. La inmensa mayoría de ellos hace jornadas de trabajo de 12, 13, 14 horas diarias.
Muchos viven en asentamientos. Oficialmente, no se sabe cuántos son, pero Isabel Rodríguez, directora de la Caja Policial, puso un ejemplo: tras el temporal del 23 de agosto de 2005 un centenar de familias de policías se quedaron sin hogar porque el viento había derribado sus ranchos de cartón, chapa, bloques sin unir.
No hay cifras oficiales de cuántos policías viven bajo la línea de pobreza, pero una comisión que asesoró al ministro del Interior antes de asumir el cargo, manejó que son el 90%.
“Los policías viven en una situación de sobreexplotación que recuerda a Los Mensú de Horacio Quiroga”, dice Álvaro Sosa, del Sindicato Policial. “Probablemente son los funcionarios públicos en peores condiciones. Muchos viven en asentamientos, en condiciones infrahumanas, porque no pueden pagar un alquiler. Duermen en las terminales de ómnibus y cenan un pancho, que es lo que se pueden pagar. Los índices de alcoholismo y divorcios en la policía son más altos que en cualquier otro sector del Uruguay. Y la cantidad de internaciones psiquiátricas son alarmantes”.
Gloria Cor no fue el único policía que se suicidó en 2006. Según un registro parcial que llevan las autoridades, antes hubo por lo menos otros dos casos y cinco intentos fallidos. En 2005 tres policías se suicidaron y otros diez lo intentaron. Pero el registro no es exhaustivo. El Sindicato Policial, por ejemplo, sabe de una policía se mató en Rivera agobiada por las deudas y su caso no figura en la estadística oficial.

***

Miguel Cor, el hermano de Gloria, no pudo terminar de leer la carta que ella dejó. Su esposa había muerto de cáncer seis meses antes. Es él quien cuida hoy a S.y M., los dos hijos chicos de Gloria, junto a sus dos hijos. Para poder mantener a los cuatro niños día por medio, hace ocho horas en el 222. Esos días sale de su casa a las 6.45 de la mañana y vuelve a las 23.15.
María Elena, la hija mayor de Gloria, dice que todavía no asume que su madre haya muerto: “¿Por qué llegó a hacer esto, si siempre luchó contra todo?”
Tiene una hija de ocho meses. Vive junto a su pareja, su hija y otras cinco personas en una casita muy modesta lindera a un cantegril, frente a donde vivía Gloria. La casa está en obras: la están arreglando. El dinero viene de un hermano de su pareja, al que le va muy bien en su trabajo... en España.
María Elena está cursando primer año en el liceo nocturno. Lo hace porque quiere ser policía como su madre: “Yo quería trabajar junto a ella”.
El policía Héctor Giménez, que conoció a Gloria en el 222, lamenta la situación de S., la hija que tuvo con ella y hoy tiene 12 años. “Por un error mío, esa niña ahora tiene que crecer sin madre y sin un padre a su lado”. También lamenta no haber visto crecer a las dos hijas de su matrimonio. No está nunca en su casa y de golpe descubrió que la mayor, de 16 años, había dejado de ser una niña. “Un día me encontré con que en mi casa había otra mujer”.
Ariel Arballo, el esposo de Gloria, dice que perdió al amor de su vida. “Era una excelente persona, todos la querían, se hacía querer por todo el mundo”. Cree que la UTE se ensañó con él y su esposa, cuando al mismo tiempo hace la vista gorda con las decenas de viviendas “colgadas” del tendido eléctrico que hay en el cantegril de enfrente.
Crónicas de sangre, sudor y lágrimas. Libro Leonardo Haberkorn. Garo Arakelian
Presentación del libro
De camino al velorio de Gloria, su amiga Gloria Puricelli vio como esos vecinos colocaban una escalera, sin disimulo, y conectaban ilegalmente otra casa al tendido de UTE.
El padre y la madre de Gloria vinieron a Montevideo para el velorio de su hija. La madre llegó de Buenos Aires: familiares y amigos de Gloria la oyeron quejarse de las molestias y gastos que le provocó el viaje.
El padre de Gloria llegó de Lavalleja. Todos lo vieron, toda la noche, junto al cuerpo de su hija. “No se movió un segundo de al lado del cajón”, cuenta María Elena. Estuvo allí todo el tiempo. Le acariciaba la frente, la besaba. Le pedía que por favor lo perdonara.



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