5.12.12

Tupas famosos, tupas olvidadas


Hay que sobreponerse al título, Las rehenas, y al molesto uso de esa pseudo palabra en cada página, porque más allá de la bobera de lo políticamente correcto llevado al extremo (si hay rehenas, ¿también hay rehenos?), el contenido es muy interesante.
El libro, cuyos autores son Marisa Ruiz y Rafael Sanseviero, cuenta la historia de 11 mujeres que integraron el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros y que, durante la dictadura militar, fueron consideras rehenes del régimen y en lugar de permanecer presas en una cárcel fueron llevadas de cuartel en cuartel, semiaisladas y cambiando de lugar de reclusión cada poco tiempo.
MLN, tupamaros, mujeres tupamaras
Nueve tupamaros hombres fueron rehenes y hoy son celebridades, ex guerrilleros famosos, incluyendo al presidente de la República y a uno de sus ministros: Mujica, Fernández Huidobro, Rosencof, Manera, Marenales, Zabalza, Engler y los fallecidos Sendic y Wasem Alaniz.  En cambio a la inmensa mayoría de estas 11 mujeres no las conoce nadie.
De eso trata el libro, de ellas, sus historias, lo que vivieron, lo que piensan hoy y las razones por las cuales los rehenes son pop stars y ellas desconocidas absolutas.
Ellas se llaman: Alba Antúnez, Cristina Cabrera, Gracia Dri, María Elena Curbelo, Raquel Dupont, , Lía Maciel, Elisa Michelini, Miriam Montero, Estela Sánchez, y Flavia Schilling. También la fallecida Yessie Macchi.
Una importante diferencia entre ellos y ellas, es que los rehenes vivieron en ese régimen de rotación cuartelaria, y en condiciones de reclusión extremas, desde setiembre de 1973 hasta abril de 1984. La rotación de las mujeres, en cambio, se detuvo en 1976, cuando Yessie Macchi quedó embarazada en un cuartel y los militares decidieron que ya era suficiente y las llevaron a todas al penal de Punta de Rieles, junto a las otras presas.
¿Esa diferencia justifica la gigantesca desproporción entre la presencia pública, política y mediática de los hombres y las mujeres rehenes?
Algunas de ellas parecen creer que sí. Raquel Dupont declara: "A mí no me castigaban ni me pegaban como a los compañeros, ¡porque hay que ver lo que han sido los rehenes compañeros! Porque cuando dicen: 'Vos también fuiste rehén', yo contesto: '¡Ah!, pero no me digas que vas a comparar".
Sin embargo, otras de las ex rehenes son mucho más críticas de la historia oficial tupamara y del magro lugar que a ellas, como mujeres, les ha tocado ocupar. Dice Lía Maciel:
"Si tu le preguntás al Ñato quiénes son las mujeres que estuvieron de rehenes te contestaría: '¿Qué? ¿Cómo? ¿Mujeres rehenes?' Capaz que se inspira y te dice: 'Ah, sí, Yessie Macchie'. Estoy segura de que no sabe".
El libro incluye testimonios tan cuestionadores del edulcorado y heroico relato oficial del MLN que por momentos recuerdan a los recogidos en Historias tupamaras.
Allí se denuncia, por ejemplo, el fuerte sesgo sexista de la guerrilla tupamara. Las pruebas de ingreso eran más duras para las mujeres. Los hombres hombres presos dirigían la guerra desde la cárcel, mientras las mujeres presas ni siquiera eran consultadas sobre temas menores.
Impresiona el caso de Cristina Cabrera, cuyo inicio en el MLN remite a la dura historia de Juan José Cabezas, a quien le explotó una bomba en las manos porque los jefes de la organización le habían encomendado fabricarlas sin saber muy bien cómo. "Como yo siempre fui una buena artesana -cuenta Cabrera- me dieron un encuadre de servicios y allá marché a hacer bombas que no servían para nada".
Cabrera relata una historia insólita, cómo por ser una guerrillera clandestina terminó trabajando de mucama en la casa de una familia pro tupamara.
"Cuando pasé a la columna de 'los importantes' (...) ellos eran los grandes jefes y tu eras indio allá abajo y no les importabas nada. Estando clandestina me llevaron a una casa y la señora decía: 'Ah, qué suerte, bueno, encargate de esto' y me usaba de empleada doméstica. Yo sin problemas porque total como estaba encerrada hacía las cosas sin drama. Pero cuando decía que tenía una tarea del MLN querían que antes les hiciera todas las labores de la casa. Esas señoras compañeras pedían una 'estrella' -como nos llamaban a las de la última fuga- en verdad para tener una doméstica".
Cabrera continúa:
"A eso sumale el machismo, porque siendo esposa de alguien estabas a salvo, pero mujer sola y clandestina era lo peor que te podía pasar, porque eras un ser despreciable o tenías que estar dispuesta a ver con quién te ibas a acostar para sobrevivir. Fue tan duro que tuve ganas de suicidarme...Me fui a Kibón a pegarme un tiro pero no pude. Así era el estado de desconcierto que tenía. Y después me mandaron a hacer vigilancia todas las comisarías para que me agarraran, porque lo que querían era deshacerse de mí y de muchas otras que éramos disidentes ahí adentro".
En el libro -publicado por Fin de Siglo- también aparece el delirio mesiánico bélico tupamaro, la loca apuesta que llevó a la organización a declarar la guerra al Ejército en 1972. Alba Antúnez cuenta su impresión de una reunión donde se discutió si era necesario ir a una tregua o a una escalada de violencia, tal como finalmente ocurrió: (notarán que a las citas del libro les falta edición, están demasiado apegadas a la grabación original. Es un detalle que no las arruina, pero las afea): "En abril sí es cuando se intensifica todo tanto, en ese año de discusiones impresionantes llega un punto en que se debaten dos grandes líneas adentro de la organización. La '72', que es un enfrentamiento armado con las consecuencias de cada uno. Y otra línea que es una semitregua como la que se había hecho para las elecciones. Y bueno, se discutieron mucho esas dos líneas, y yo recuerdo de haber salido de una reunión de esas, que le dije a un compañero que ahora está muerto: '¡Esto así va a ser un baño de sangre!'...y salí rodándome las lágrimas, ¡lo que nunca me había pasado!".
Los testimonios también echan por tierra varios mitos de la vida en prisión durante la dictadura. Stella Sánchez narra los días que pasó con muchas otras apresadas en la Escuela de Armas y Servicios:
"...la psicosis era grande. Empezaron a correr rumores, que fulanita era traidora, que menganita se había acostado con un milico, que zutanita estaba rayada, que a aquella le habían robado el hijo, a otra le habían robado el compañero, que había discusiones por quién tomaba el comando ahí adentro... por todo. El clima era desconfianza, de persecución. Ahí nos empezamos a dar cuenta de que habían terminado con la organización y de cuántas limitaciones teníamos como personas".
Graciela Dri agrega una anécdota tragicómica: llegó al cuartel del 9no. de Caballería proveniente del 6to. de Caballería. Venía de pasarlo mal, pero no fue bien recibida por sus compañeras. "Te robaban las cosas, no te querían dar de comer (...) Decían que no convidaban porque (la comida) tenía valor afectivo".
El otro boquete que el libro abre es en el relato que pinta a todos los militares con la misma brocha: todos igualmente bestias y torturadores. De los testimonios se desprende que hubo unidades donde estas mujeres fueron torturadas y recibieron un trato infamante. Pero no siempre fue así.
Miriam Montero relata la tortura que recibió en el batallón Florida, no aclara en qué fecha. Allí padeció lo que se llama el "submarino seco", que es particularmente cruel, porque la víctima es atada a una tabla y así se la vuelca en un tacho con agua, lo que "hace que el torturador pierda la medida de la respuesta del torturado porque no siente la fuerza que el primero hace hacia arriba". A Flavia Schilling la manoseaban y la usaban para entrenar un perro policía, una experiencia que también otras padecieron. Pero no todas las unidades ni todos los oficiales tuvieron este tipo de conductas deplorables.
Cuenta Cristina Cabrera:
"En Artillería 1 me ataban para dormir; en el 9no (de Caballería) el problema eran los perros (...) Los oficiales de Caballería son la última lacra del mundo, tienen una relación asquerosa con sus caballos y son machistas, se emborrachan y eso es lo complicado (...) Por ejemplo, cada media hora te abrían la puerta y te metían un perro adentro del calabocito". Pero en otras unidades "por suerte nos dejaban leer, hacíamos palabras cruzadas, pensarlas y después hacerlas, hacíamos yoga, después con lo que podía hacía artesanías, con cajas de fósforos, con lo que sea".
En otro pasaje, Cabrera relata la relación casi amistosa que llegaron a tener ella y otras detenidas con los soldados de una unidad del arma de Ingenieros.
"En Ingenieros 1 (...) tenía una edición buenísima con la tropa... Que no son milicos, todos tienen un oficio y trabajan ocho horas en un oficio y ocho horas de milico, pero tienen cabeza de gente, no de milico... y además tienen otro nivel cultural... Entonces de noche cuando ya no había más oficiales tocábamos la armónica, cantábamos, ellos nos pasaban por la ventanita (...) algún choricito que hacían... coca cola, nosotros les pasábamos alguna torta que nos hubiera mandado nuestra familia, se conversaba, sabíamos todos de fútbol, nos poníamos al día con el mundo gracias a la guardia".
Cabrera también cuenta que el trato sanitario variaba según la unidad militar. "Los cuidados de la salud en algunos cuarteles era más fácil y en otros no. Por cada vez que pasaba por Caballería, los tres meses de Caballería me costaban una internación".
Los autores, sin embargo, dejan pasar este punto (que también aparece en Milicos y tupas): el de los distintos comportamientos entre los militares. Quizás porque no hace al centro de su obra, por mero prejuicio ideológico o porque contradice su propio discurso, Ruiz y Sanseviero apenas se limitan a apuntar: "Sobran los motivos para que algunos cuarteles sean unánimemente recordados por la crueldad militante de oficialidad y tropa contra las prisioneras, mientras que los recuerdos sobre otros sean matizados y tal vez contradictorios".
El tema, sin embargo, merecía otro tratamiento, si se pretende avanzar en una historia que no esté contada en blanco y negro.
La odisea de las rehenes no terminó cuando las llevaron al penal de Punta de Rieles con el resto de las tupamaras prisioneras porque, según recoge el libro, fueron recibidas en la cárcel con desconfianza por sus propias compañeras y tratadas en muchos casos como traidoras. Cuando volvió la democracia y los tupamaros fueron liberados, los rehenes dieron una famosa conferencia de prensa, pero las rehenes no fueron invitadas. Luego, con la excepción de Yessie Macchi, todas ellas fueron olvidadas.
No piense el lector que se trata de un libro escrito desde la derecha. Por el contrario, tiene cierto sesgo en sentido opuesto. Por ejemplo, se insiste en hablar de "la muerte de los cuatro soldados" acribillados por el MLN el 18 de mayo de 1972 como si hubieran tenido un infarto dentro del jeep y no hubieran sido asesinados (Ruiz y Senseviero citan más de una vez a Milicos y tupas, lo que agradezco, pero parece que no repararon en las páginas que van desde la 79 a la 93, donde se aclara lo que pasó con esos cuatro desafortunados). O también cuando se habla de "injerencia de sectores colorados y blancos" en el golpe de Estado, pero se omite toda referencia al apoyo que el Partido Comunista dio los golpistas en febrero de 1973 (Sanseviero fue diputado comunista, dato que curiosamente no incluye en sus datos biográficos en la solapa del libro).
El balance, más allá de los detalles señalados, es muy valioso. Se trata de un libro que no tendrá mucho espacio en los medios y cuyas partes más reveladoras seguramente serán silenciadas, tal como le pasó a Historias tupamaras.
La carrera hacia el bronce eterno de los guerrilleros heroicos no gusta de este tipo de sinceramientos.

el.informante.blog@gmail.com

7 comentarios:

  1. Excelente Leonardo lástima que tus publicaciones las realizas cada tanto, sos un gran periodista, adelante, saludos.

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  2. La ciencia lingüística nos muestra que no existen pseudopalabras (va todo junto); las palabras cambian o son modificadas por necesidades expresivas. Siempre fue así desde que existe la escritura. En este caso, probablemente se quiso subrayar la oposición de género con el famoso grupo de "los rehenes", con más énfasis que el mero artículo determinante.

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    1. Como periodisto, no sabe cuánto aprecio su aclaraciono.

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    2. yo como soy pseudo boludo (va serparado) no entiendo ni el motivo y el efecto de tu comentario... :P

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  3. Bueno profe! quien puede resistir la tentación de aclararte algo cuando sos uno de los mejores periodistos uruguayes?
    Saludos. Lilian Ascorreta

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  4. muy bueno ,lo tuyo ,excelente periodismo de investigacion ,ya no existen en Uruguay

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