7.1.10

Victoria al fin

Crónicas de una derrota, José Jorge Martínez. Trilce
José Jorge Martínez murió en junio de 2003. Tras su fallecimiento se publicaron sus memorias, tituladas Crónicas de una derrota.
El título no es casual. Martínez vivió en vida varias derrotas y con lenguaje preciso las cuenta, entrelazándolas, en su libro.
Movido por ideales de igualdad, fue anarquista de joven ("era entonces altamente principista, creía tener credenciales para actuar como fiscal de la humanidad toda") pero pronto descubrió que la Federación Anarquista Uruguaya, con su desorganización y sus contradicciones, nunca lograría cambiar el Uruguay.
Con reparos, se alistó en el Partido Comunista.
El PCU tampoco fue la panacea ("por supuesto, el Partido no era un ateneo de discusiones: tenía sus principios y si alguien tenía discrepancias sobre ellos, mejor se fuera con el viento fresco") pero allí permaneció toda su vida.
Como militante comunista, se vio enfrentado a la dura represión militar desatada luego del golpe de Estado de 1973. El Partido tenía aires de ser una organización poderosa y bien aceitada, pero no lo era. "En cuanto a la clandestinidad, digamos civil, fue penosa. Hubo algunas previsiones logísticas pero a la gente se la lanzó al sacrificio. Las únicas instrucciones fueron que si nos detenían negáramos todo, incluso la pertenencia la Partido: sensacional. Yo, por ejemplo, miembro de Comité Central, no había hecho el más tonto cursillo: ignoraba si en la clandestinidad convenía transitar de día o de noche, por calles concurridas o calles desiertas...".
Obviamente, cayó preso. Martínez cuenta su vida en la cárcel y en los cuarteles de la dictadura con objetividad. No esconde los momentos de desconcierto ni los de alegría, como cuando pudo por primera vez salir a hacer un trabajo fuera de su celda y gozó del primer instante de privacidad en años. "Estoy solo: es la primera vez en cinco años que estoy toda la mañana solo. Me siento liberado, me doy cuenta que estar toda la vida acompañado en todo, hasta para cagar, crea tremenda dependencia y también un hastío, es como si uno tuviera todas las desventajas de un matrimonio y ninguna de las ventajas".
Pasó ocho años preso.
"¿Qué me deja a mí la cárcel? Nada, joda, pura joda, la cárcel es una sucesión de derrotas seguras, permanentes, diarias. Pensé dejar de fumar, así podré decirme que al menos gané algo; los compañeros con los que he hablado me dicen que estoy loco, que va a ser para peor, que los nervios me van a estallar sin control; puede ser: pero no pierdo nada con probar, así voy a tener algo distinto para pensar. Sí voy a dejar de fumar y de golpe, mejor. Nada de cuotas porque, si no, es peor. Mañana regalo el tabaco y chau".
Martínez fue torturado con salvajismo para que delatara a algunos camaradas. Pese a su resistencia, lo insoportable del dolor, lo prolongado del tormento —la picana en los genitales, en las encías...— hizo que, al fin, diera a sus torturadores los nombres de algunos colaboradores de El Popular. Eran parte de la plantilla de ese medio de prensa comunista: los torturadores ya los conocían desde antes. Todo el horror había sido gratuito.
Al salir de la cárcel, las derrotas no terminaron.
Martínez permaneció en el Partido Comunista y asistió al derrumbe absoluto de la Unión Soviética. "El estalinismo había acumulado horrores sin cuento (...) Todo eso lo sabíamos, o lo intuíamos, o lo sospechábamos. Pero creíamos que sí era verdad lo del ‘hombre nuevo’. Era lo más difícil de lograr y lo más maravilloso, y resultó un mito. Tal hombre no existía...".
Como si fueran pocas derrotas, Martínez acumuló otra. Antes de la dictadura fue subdirector de El Popular, y luego de ella, encargado de la sección internacional de La Hora, ambos órganos del Partido Comunista. En estos trabajos, sus ansias de informar siempre fueron cercenadas por el superior interés del partido. A esa derrota profesional, Martínez le dedica un tramo de su libro digno de ser tenido en cuenta por los que todavía hoy creen que el periodismo debe servir más a un partido que a la verdad y al público.
"El Partido creía que necesitaba un órgano diario para ‘dar la línea’ y así La Hora sumó todas las desventajas de ser órgano partidario y ninguna de sus ventajas.
La prensa partidaria siempre se había concebido como prensa al servicio cerrado del Partido, no al servicio de la verdad u otras zarandajas por el estilo. Vamos a entendernos: la objetividad periodística no existe; prensa significa selección y selección implica subjetividad. Si yo dedico cuatro páginas a la información policial, cinco a la deportiva y una a la económica, no soy objetivo. Si destino una página al último discurso de Tabaré Vázquez y media columna al de Sanguinetti, no soy objetivo. Si no publico los suicidios, no soy objetivo. El enfoque, el encaramiento, de las noticias es subjetivo, ideológicamente guiado.
Pero debe haber límites a la subjetividad. Uno primero es que el necesario sesgamiento no caiga en la falsedad tácita o expresa. Si digo que Jruschov renunció porque estaba enfermo y así lo informó la TASS, no sólo deformo los hechos sino, lo que es peor, arriesgo hacer cundir el descreimiento en el lector. La masa partidaria había cambiado: en 1956 Acción publicó el deschave secreto de los crímenes de Stalin hecho en el XX Congreso del PCUS y el Partido dijo que eso era factura de la CIA: los comunistas no lo leyeron. Treinta años después, cuando en un congreso del PIT-CNT, un comunista invocó los buldozer como forma de resolución de las controversias y el 40% de los delegados se retiró, y al día siguiente La Hora lo tildó como una apoteosis de la unidad, la mayoría del Partido buscó desesperadamente en otros diarios la verdad que se le ocultaba. (...)
Ese es el quid. En 1970 uno compraba El Popular con orgullo pues al hacerlo acreditaba ser un opositor del gobierno. En 1990 uno compraba La Hora Popular con vergüenza porque era un tarado que se tragaba ruedas de molino como hostias.
Los periodistas éramos conscientes de la penosa situación y se requería una buena dosis de masoquismo para serlo".
Es evidente que tampoco como periodista las cosas le rodaron bien a Martínez, aunque su libro póstumo lo revela como un cronista excelente.
Martínez dice, en el epílogo de su obra, que nada debería agregar al relato de sus vivencias. "Son solamente algunos recuerdos que abonan una derrota política y una derrota personal: no existió el hombre nuevo ni fui el que fantasée a los 20 años. Solo fuimos hombres, a secas".
"¿Por qué escribí todo esto?", se pregunta. "Tal vez porque consideré que era mi obligación ante las generaciones del 2020 prestar mi testimonio sobre estos tiempos convulsos y así ayudarlas a hacer las cosas mejor de lo que las hicimos nosotros".
Desde ese punto de vista, el libro de Martínez, publicado por Ediciones Trilce, es un valioso y honesto testimonio de los años más oscuros del Uruguay. Una victoria, entre tantas derrotas.

Artículo de Leonardo Haberkorn
Publicado en el suplemento Qué Pasa del diario El País, el 17 de enero de 2004.
el.informante.blog@gmail.com

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